miércoles, diciembre 12 |

MUNDOS PARALELOS


¡Está vivo!, después de mil noches maldiciendo y llorando arrodillada en esa tumba cubierta de recuerdos y flores marchitas, la verdad quebró la lápida donde supuestamente descansaba en paz.

Era una tarde dorada, tranquila, el viento danzaba y silbaba indiferente a su dolor. Vestida de negro esperaba respuestas mudas. Incompleta, con la sensación de vacío veía el anillo que tenía en el dedo.

¿Dónde estuviste?, ¿por qué te fuiste? Dejaste  congelado el reloj de mi vida. Permanecí por muchas semanas encerrada en mi tristeza, esperando despertar de una pesadilla que asfixiaba mi realidad.

Él miraba la tumba y las lágrimas resbalaban sobre su rostro, pero no daba explicaciones, su silencio la desesperaba, la enojaba. Esperó tanto tiempo para tenerlo frente a frente, sin embargo, él no daba la mínima señal de iniciar una conversación con ella. Estaba ido, como ajeno al mundo en el que ella vivía.

Respóndeme a estas dos preguntas y olvidaré todo, podremos comenzar de nuevo: ¿Me extrañaste?, ¿aún me amas?

Gabriel alzó la mirada al cielo despejado y suspiró profundamente esperando encontrar alguna respuesta a su presente incompleto. Emociones diluidas en confusión  era el trago amargo que tomaba aquella tarde.

El tono de su voz cayó al piso y ya no pudo ponerse de pié. El dolor que sentía en el pecho la superaba en peso. El final era tácito, no podía retrasar la despedida. Lo mejor era lo peor para ella. Se acercó y le dio un beso en los labios, sintió la calidez de su cuerpo cuando lo abrazó.

La oscuridad de su vestido cambió a un blanco impecable, sintió un fuerte dolor en el abdomen, bajó la mirada y una mancha de sangre se expandió rápidamente en la tela satinada, todo daba vueltas, el dolor de cabeza era insoportable y la temperatura descendía cada vez más rápido.

Los recuerdos eran piezas de rompecabezas buscando su complemento. El periodo de amnesia terminó y el choque frontal con su presente la dejó estática. El asalto en el banco, el disparo, los rostros difuminados, las voces desconocidas y los ojos tristes de Gabriel fueron las imágenes que impactaron en su memoria y la despertaron del autoengaño.

Sí, ¡él está vivo!, pero ella no.
lunes, octubre 29 |

DE VISITA


El tiempo se detuvo fuera de esa puerta. Ingresó y los años comenzaron la cuenta regresiva sin llegar a cero, después de muchas lunas llenas se sintió en casa, todo a su alrededor le era conocido y cómodo.

Hace diez años la magia pintó las paredes de ese lugar y la inocencia patinó en los alrededores.  Su niñez y adolescencia dejaron huella en cada esquina. 

Mientras la capilla dormía la siesta, una vieja amiga, coleccionista de libros y lectores, la invitó a sentarse y leer el último ejemplar. Conocía cada pasadizo y ambiente solitario. Respiró la frescura de un pasado que aún perfumaba su presente confuso.

Rostros marchitos por el tiempo la reconocieron y le regalaron una sonrisa cansada pero cálida. Las miradas no la incomodaron, por el contrario, le recordaron que siempre que ella quisiera podía regresar, las puertas estarían abiertas, no necesitaba de una llave porque su colegio era su segundo hogar.

Se despidió de la pequeña que corría en el patio. Todo era menos complicado en ese entonces. Sintió un poco de nostalgia y se fue. 

Las puertas se abrieron y el muro de la realidad le recordó que el tiempo no necesita de un reloj. 
domingo, octubre 21 |

CUMPLEAÑOS INFELIZ


Caminaba desértico y un poco taciturno. Tiempo después vi el borrador del original. Aquella luz, algarabía, color, misterio y encanto se perdieron en el vacío de los años. ¿Por qué tanta nostalgia?, ¿qué le pasó? Ahora su mirada esquiva el cariño y sus manos acarician el dolor. Saludó al barman y se sentó en la barra.

¿Álvaro? – pregunté – podía equivocarme de persona, era mejor estar segura antes de acercarme más. Alzó la cabeza y me observó detenidamente por algunos segundos, se quedó pasmado como si hubiera visto un fantasma, me sentí algo incómoda pero por lo menos sabía que era él y no su sombra.
¡Qué sorpresa!, no te reconocí, han pasado muchos años – respondió – Sonrió por compromiso, me dio un beso en la mejilla y me invitó a tomar asiento. El frío se sentía en el ambiente y una conversación superflua era lo más próximo entre nosotros.

Luego de algunos minutos la confianza ingresó por la ventana y se acomodó en la silla vacía que nos acompañaba. Lo vi derramar algunas lágrimas, miró el cielo escarchado y suspiró tratando de contener las palabras que se peleaban por salir de su boca.

Me dejó, me mintió por tanto tiempo y yo… - no terminó la frase – No sabía qué decirle, todo fue inesperado, Álvaro siempre tuvo todo bajo control, nada podía salir mal, sin embargo aquella noche trataba de recoger los pedazos de vida y reconstruir su presente.

Se disculpó y fue a los servicios. Miré el reloj, mis amigas no tardaban en llegar y lo mejor era despedirme. Luego de algunos minutos regresó un poco más relajado, pero era imposible esconder esa mezcla de tristeza y rabia que presionaban su corazón.

Me contó toda su historia, no pregunté, estaba de más escarbar en su dolor, solo escuché atenta, sabía perfectamente que lo único que Álvaro quería era a alguien que lo escuche. Suficiente había tenido con el “que pena que no funcionara”, “las cosas pasan por algo”, “ya llegará alguien mejor”, “el mundo no se acaba”, etc., todos se pusieron de acuerdo en decir el mismo parlamento.

Sin planificarlo se rencontraron en el mismo lugar donde se conocieron. Muchos años después nuevamente era testigo de ese cruce de miradas desconocidas que en algún momento fueron cómplices.

Hola – dijo dirigiéndose a él – Carla era mi mejor amiga y ex enamorada de Álvaro. Ese amor fue de película y me sentí mal cuando terminaron por las razones que en ese momento no valía la pena recordar. Mis amigos se trataban como dos extraños que cumplían con un saludo porque me encontraba presente.

Estamos en la mesa del fondo, te esperamos – dijo – Sabía que el hecho de acercarse la incomodaba, así que me puse de pie y me despedí. De repente, Carla dejó su zona segura y se acercó, le sonrió y le dijo feliz cumpleaños. Lo había olvidado por competo, era 03 de agosto. Un débil gracias se diluyó en el ambiente.
lunes, octubre 8 |

PUNTO FINAL


El timbre del teléfono obliga a Manuel a dejar su cómoda cama para contestar, pero él simplemente lo ignora, no tiene fuerzas, no tiene ganas, lo único que quiere es quedarse y arroparse con la colcha, dejar el tiempo pasar. Sabe que su jefe debe odiarlo por no presentarse a la exposición y aparente cierre de contrato, ¡al diablo!, estaba harto de recibir órdenes.

Cinco años de carrera, dos de maestría y continuaba en una oficina más pequeña que el baño de visitas, veía las mismas caras, escuchaba las mismas quejas del personal, pero todos continuaban fieles a un trabajo que les daba de comer, ¿de ves en cuando es bueno ayunar?, se preguntó.

Aún la recordaba, no entendía por qué nunca la extirpó de su cabeza, era un tumor que se incrustó en su vida desde la universidad. Ella era un ángel, la única mujer que pudo enloquecerlo, desorientarlo, enamorarlo, una adolescente distinta a las que se cruzaron en su camino, la idolatró, la idealizó, simplemente era perfecta para él.

Manuel imaginó una familia junto a ella, se proyectó a la época senil, los dos en una casa de campo viendo el atardecer y recitándole versos otoñales, sin embargo ella no pensaba igual. Alicia nunca lo amó como él a ella, al día siguiente se sintió mal porque le tenía un gran estima y verlo derrumbado la afligía, pero no podía cambiar el curso de su decisión, era lo mejor y él tenía que entenderlo, continuar fingiendo algo inexistente no era justo para ninguno de los dos.

Lloró, le rogó que volvieran, no soportaba vivir lejos de ella, se sentía el ser más insignificante del mundo. Ella no quería regresar, le pidió que la dejara tranquila, no volvería a retomar el tema, solo podía ofrecerle su amistad, pero algo más no estaba en discusión.

Por varios años se mantuvo lejos de ella, pero nunca perdiéndola de vista. Un día Alicia se fue, y él se enteró muy tarde, nunca le dijo adiós. No tuvo más alternativa que continuar con su vida, y es así como una historia termina.

Una vida tan monótona, escribió hasta tener las manos adormecidas y los ojos rojos, era su único desfogue a la realidad que lo encarcelaba. El alcohol y el cigarro lo acompañaban en las noches, lo anestesiaban, lo tranquilizaban y le impedían pensar con claridad.

Ese periodo pasó y no le quedó alternativa que regresar a la vida común y corriente que todos llevan. Debía pasar la página y continuar. Se estableció en una empresa y pasó algunos años trabajando para otros. Guardó su cuaderno de notas, era para adolescentes, ya no para él.

Se levantó de su cama, no se peinó, tomó las llaves y salió sin destino. Caminó por horas sin un rumbo definido, solo necesitaba pensar y encaminar su vida, había perdido mucho tiempo y era momento de pensar en él.

Pasó por una iglesia, unas monjas reunían donaciones para una causa, le dio curiosidad, hace mucho tiempo que no pisaba el templo, se apartó de Dios desde que ella se fue.

Un niño corría por las escaleras, tropezó y cayó, Manuel se acercó e intentó ayudarlo y lo cargó para llevarlo donde se encontraban las hermanas, tenía la rodilla con sangre y no dejaba de llorar.
Las mujeres con hábito le agradecieron el gesto, él sonrió y se alejó lentamente. Inesperadamente una voz angelical pronunció tímidamente su nombre. Esa melodía infantil, inocente y dulce lo acarició. Manuel – dijo -.

No había cambiado mucho, sus ojos avellana y sus labios cereza en forma de corazón quedaron grabados en su memoria desde que tenía 17. La única diferencia era ese traje negro y blanco.

Después de mucho tiempo todas esas ideas absurdas y odios se desvanecieron, sintió paz. Sonrió, dejó su donación y se fue.
domingo, octubre 7 |

CAJA DE RECUERDOS


En un rincón del estante más alto, una pequeña caja guarda sin candado  lo más valioso de su habitación. Amistades marchitas, amores de papel, cartas inconclusas, poesía que aún llora, cócteles dulces, tragos amargos, relatos maquillados, fotografías sin fecha ni lugar, conversaciones entre personajes que jamás saldrán de un libro, promesas inertes, boletos de viaje, facturas con frases escritas en un bar, besos de etiqueta negra, roja, azul… y la lista no termina.

Que facilidad tiene la mente de viajar a su antojo por las calles del pasado. Reconoce muchos rostros y evita a aquellos con sonrisa congelada. Camina guiándose de su mapa mental, conoce muy bien el lugar. Ella se sienta en una de las bancas del parque que frecuentaba hace años y observa el panorama en sepia.

La vio, traía esos jeans sueltos, un polo sin estampado y el cabello suelto. En ese momento, sentimientos y emociones enterrados impactaron como disparos en su presente. El pasado le era distante pero no ajeno.
¿Cuánto tiempo permaneció sentada?, horas, días, meses, años, no tenía un reloj y tampoco un calendario, pero si un cronómetro, cuando ella quisiera podía detener el recuerdo y volver al presente en tan solo algunos segundos.

El momento fue interrumpido por el timbre de la puerta, era extraño, ella no acostumbraba a recibir visitas entre semana, todos sabían que trabajaba hasta tarde. Le molestó ser interrumpida y decidió no atender. Sin embargo, la insistencia fue tanta que la persona que se encontraba detrás de la puerta golpeó con más fuerza y dejó su dedo presionado en el botón del timbre.

Tiró su almohada, se levantó y maldijo al desconocido que no la dejaba tranquila. Enojada abrió la puerta y al verla se tragó sus palabras, la temperatura descendió y una sola pregunta salió de sus labios como una flecha, ¿tú aquí?

La muchacha extendió su mano y le pidió que la siguiera. Durante años permanecieron distanciadas, pero era momento de la reconciliación, ¿por qué continuar separadas si una era el complemento de la otra?
Mayra dudó por algunos segundos, no estaba segura de mejorar la situación con Alejandra, siempre la consideró una chica inmadura, indecisa y confiada, pero le agradaba su ternura, su sinceridad, su desbordante alegría. La siguió.

Al inicio había una fuerte tensión en el ambiente, era complicado rencontrarse después de años y olvidar todo lo que había sucedido, aún no la perdonaba por aquel incidente, incluso la culpaba de su situación actual, sabía que todo hubiera seguido otro rumbo si Alejandra tomaba otra decisión.

Ella influyó en Mayra y lo sabía perfectamente, pero no quería hablar de todo lo negativo tras la ruptura, ella estaba ahí para mostrarle que fue la mejor decisión que tomó aquella tarde de noviembre. De solo recordar ese día, sintió que la chalina le presionaba el cuello, pero continuó caminando.

Alejandra no dejaba de sonreír, jugaba con su cabello al compás de la conversación, y cuando no sabía qué responder o estaba nerviosa, se mordía sutilmente los labios moviendo los ojos de izquierda a derecha tratando de esquivar a las preguntas incómodas.

Mayra adoraba la manera de ser de Ale, era una chica sin ataduras, sin preocupaciones, en su andar no había piedra que la detuviera a conseguir sus objetivos, pero aquel concepto que tenía de ella cambió radicalmente cuando compró un boleto de avión y sin decir más se fue. No llevó mucho equipaje, solo lo necesario, porque no pensaba en regresar por lo que dejó en aquella ciudad que veía minúscula desde la ventana del avión.

Alejandra dejó de sonreír, la miró con tristeza y le dijo: disculpa por decepcionarte, sé que esperabas más de mí, pero escapó de mis manos y no tuve alternativa, lo siento”. Mayra la observó con cierta nostalgia y luego de un suspiro respondió: “¿regresaste para recordarme tu estupenda decisión?

Mayra fue muy dura con la tierna Ale, siempre la golpeó con sus palabras luego de su partida, no hubo día en el cual no le restregara en la cara el inesperado viaje. No tenía idea del daño que le hacía, sin embargo los reclamos continuaron a lo largo de los años. Llegó un momento en el que Alejandra desapareció, no dejó dicho a nadie donde iría. Simplemente se fue.

Ahora Mayra estaba perdida, no sabía que rumbo seguir, caminaba porque aún tenía fuerzas para continuar. A su alrededor habían muchas intersecciones y desvíos que la llevaban hacia lo desconocido y el miedo de pisar en falso la atormentaba, no la dejaba tranquila cada noche en la que se preguntaba ¿qué demonios estoy haciendo?

Sabía que no podía retroceder al vacío, solo debía continuar caminando entre espinas. Tropezó y el dolor fue insoportable, pero no se rindió y avanzó. Estaba perdida, todo era extraño e indiferente y tenía miedo a ser presa de su confusión.

¡Suficiente Alejandra!, no quiero recordar todo lo que pasó, a estas alturas de mi vida no tiene sentido abrir heridas que ya cicatrizaron. ¿Qué quieres de mí?, ¿por qué regresaste cuando todo estaba perfecto?

El silencio fue su carta de presentación. Alejandra la miró, no quería  decir algo que pudiera dañar a Mayra, se acercó, la abrazó con todas sus fuerzas y le susurró: vine para quedarme, ahora si entiendes el porqué de mi ausencia, no te arrepientas de haber tomado ese boleto de viaje a lo desconocido, todo pasó porque a la vuelta de la esquina te esperaba algo mejor y ahora lo sabes, solo que no lo reconoces porque aún sigues enojada conmigo. Regresé porque tengo que mostrarte algo.

Alejandra sacó de su bolso un álbum de fotografías y se las mostró. Después de ver la crónica fotográfica Ale le dijo: no te arrepientas de las decisiones tomadas, si no era el rumbo que esperabas, busca soluciones pero jamás te apuñales con recriminaciones, sé mejor que nadie lo que se siente. Mira a tu alrededor, todo es producto de tu esfuerzo, lo has ganado en el transcurso de todos estos años.

Era cierto, económica y profesionalmente estaba muy bien ubicada, no se podía quejar por eso; sin embargo había algo que no la dejaba tranquila, se preguntaba ¿qué hubiera sido si…?, no podía responder a esa interrogante, era muy tarde para ello.
No tiene sentido que sigas los pasos del cangrejo. Hoy debes tomar una decisión, te prestaré mis zapatos y no te molestes en devolvérmelos ahora, los necesitarás en el futuro.

No quitaron la mirada del par de zapatos viejos y sonrieron cómplices de un pasado que las involucraba.
Sus últimas palabras fueron: te recomiendo no mirar el inicio y el final del túnel de la vida, tómate el tiempo para observar el metro cuadrado que te rodea, ese maravilloso presente que tienes y al que no le prestas importancia.

¡Mayra Alejandra! te llaman por teléfono - dijo una voz masculina - . El cronómetro se detuvo. El pasado y el presente se reconciliaron luego de mucho tiempo. Ella tenía el timón y debía continuar navegando.
jueves, octubre 4 |

BRUJA VESTIDA DE PRINCESA


Bajó de un auto vestido con smoking negro, el mismo que la esperaría un par de horas. Una puerta enorme la recibió con los brazos abiertos y el vaivén de las campanas anunciaba su llegada. El camino rojo era largo y su andar lento al compás de la marcha nupcial. Todos de pie la miraban sonrientes y ella correspondía fríamente a las muestras de afecto que recibía, se decía a sí misma “estoy nerviosa, solo es eso, cálmate”.

Caminaba sobre cemento húmedo que se secaba rápidamente con el transcurso de los segundos. “¿Qué sucede?, ¿por qué algo me detiene a continuar?” Observó el vestido blanco satinado que usaba y el auto cuestionamiento no se detuvo. “He dormido en tantas camas y él no lo sabe, ¿por qué diablos uso este trapo que demuestra pureza?”

A sus treinta años debía formar una familia y establecerse en un lugar. Como decían sus amigas “se te va el tren, si no te casas ahora te quedarás solterona”. A ella le encantaba caminar, no necesitaba de un tren, podía viajar en bus, lancha, o lo que fuera, el transporte era lo menos cuando se quiere llegar lejos.

Siguió caminando pese a la dificultad de proseguir, sus piernas ya no le respondían como antes. La vio en la décima banca al lado de su esposo, en brazos cargaba a su primogénito que dormía plácidamente. Su hermana le sonrió y limpió sus lágrimas con un pañuelo.

¿Hijos? ¿realmente quería tenerlos? No, la respuesta siempre fue la misma. Él si adoraba los niños, deseaba que la mujer a la que amó por tantos años le diera el sí y se convirtiera en la madre de sus hijos, pero ella ¿pensaba lo mismo?, en el fondo se sentía en una obra de teatro interpretando a la protagonista de una vida ajena.

Regresaba después de dos décadas al templo donde hizo su primera comunión, de niña todo era algo más fácil, ya de adolescente no logró que sus padres la convencieran de hacer la confirmación, era absurdo decía. Elisa era de aquellas chicas rebeldes que no seguían los esquemas establecidos, hacía lo que se le venía en gana y jamás le importó el qué dirán, entonces ¿qué hacía en ese lugar?

“No eres una adolescente, es momento que sientes cabeza y pienses en tu futuro”, las palabras de su madre le taladraban la cabeza. Cerró los ojos y suspiró profundamente, esperaba ansiosa despertar de esa pesadilla que esta viviendo. Fue en ese momento cuando la tuvo frente a frente, usaba esos pantalones jeans rotos, un polo sin mucho adorno, el cabello recogido con una liga y en sus manos una cámara, su fiel amiga y compañera de aventuras. Juntas retrataron tantos lugares, personas, momentos, emociones, no podía describir el sentimiento que las unía.

Cambiará su guitarra por una cuna, noches bohemias por noches de llanto infantil, una botella de cerveza por un café cargado, una buena conversación con sus amigos, por la rutina diaria frente al televisor junto a él, ¿era lo que quería?, las noches casuales con extraños que no le eran indiferentes quedarían en el recuerdo. Ese anillo en su dedo anular la encadenaba a un matrimonio que no quería.

Se detuvo, lo miró con lástima, acarició su rostro y le dio un beso en la mejilla, en su mano dejó el anillo de compromiso que hace algunos meses le dio. Él pensó que Elisa cambiaría, la esperó por muchos años, soportó sus desplantes. Mendigó amor cuando lo único que ella podía ofrecerle era cariño; sin embargo él guardaba la esperanza de algún día llevarla al altar y formar una familia. Le pintó un paisaje de promesas que estaba dispuesto a cumplir con tal de verla feliz y tenerla a su lado, pero ella no quería nada de eso y él en el fondo lo sabía pero esperaba que ella se moldeara a como la idealizó en su adolescencia.

Retuvo las lágrimas y miró el anillo, el único recuerdo que le quedaría de la bella dama que lo hechizó desde el primer día que la vio tomando fotografías en el parque. La princesa se convirtió en bruja y lo apuñaló cuando dio la media vuelta y dejó el altar.

lunes, septiembre 17 |

OSO PANDA


Todo se quedó en silencio. Llegó a su cálida habitación pero con la sensación de ausencia. Ya no sentía frio, la cena estaba servida, pero aún en su cabeza estaba el recuerdo de un abrazo prolongado que desafió a la gélida noche. Pudo sentir los latidos de un corazón que no le era extraño, por el contrario, le era muy familiar. La comida estuvo deliciosa como siempre y los trabajos pendientes de la oficina estaban sobre la mesa esperándola, pero ella ni los miró.

Las palabras que él le dijo, se repetían como eco en su cabeza. Aquel momento se había tatuado en su memoria, y la sensación de frio nuevamente regresó al imaginar que estaba sentada en aquel escalón angosto de una casa por la que pasó en muchas ocasiones.

Las rejas de la puerta dejaban una marca de sombra en el rostro de aquel chico como si fuera un antifaz, la luz amarilla del poste resaltaba el color de sus ojos, no tanto como el sol en cada atardecer, pero esa iluminación nocturna le daba un brillo especial que no le era indiferente.

Sacó de su cartera un par de hojas escritas a mano, dos letras distintas, dos historias que formaron un solo relato, dos personajes con distintos narradores que cambiaban a su antojo el destino que uno había elegido para el otro.

Mientras releía la historia escuchaba esa canción de Oasis que tanto le gusta. La imaginación puede llegar tan lejos y pasear a su antojo en los escenarios que ella elija. Nuevamente sonrió al recordar el abrazo de oso panda.

miércoles, septiembre 12 |

MOTIVOS PARA VIVIR


La sensación de asfixia la empujaba al abismo de la indecisión y las náuseas le impedían probar bocado porque el temor a vomitar podría despertar sospechas de que algo raro pasaba en la vida de Amelia. Quería gritar, llorar y tirar todo al piso sin motivo alguno. ¿Por qué no podía llevar una vida normal como las otras chicas?, lucían tranquilas, felices y completas, mientras que ella se derrumbaba sin una razón aparente y el vacío que sentía solo la debilitaba más, y la pregunta era por qué.

Aparentemente lo tenía todo, era una adolescente de dieciocho años con una hermosa familia, grandes amigos, un novio popular, una carrera universitaria en proceso; sin embargo, aquello que le faltaba solo había conseguido matarla lentamente. Probablemente la búsqueda de lo desconocido que ansiaba tanto sería el detonante que cambiaría la dirección de su monótona vida.

Despertó una mañana con deseos de liberarse para siempre de una atadura invisible que la detenía a hacer lo que anhelaba pero a la vez no conocía. Se cambió y fue hasta la playa, aún la neblina opacaba el camino y el frio le traspasaba la ropa.

Observó el mar detenidamente, como intentando descifrar algún código dibujado en la arena luego que el mar se retiraba, pero la huella era la misma. En una fracción de segundo la voz de una mujer la incitó a seguir el horizonte y lo hizo sin temor a ser devorada por las olas.

Una y otra vez sintió el sabor salino en los labios pero eso no la detuvo, solo un fuerte oleaje la tumbó. Amelia luchó con todas sus fuerzas pero el mar no la soltaba. Supo en ese instante que había muchas cosas que le faltaban hacer. Amar con locura, abrazar a quienes más quería, exponer en una galería sus cuadros, viajar a Europa, aprender italiano, escribir un libro, cantar en un escenario, tomar clases de teatro, pero nada se concretaría.

Amelia abrió los ojos, aún seguía en su cama pero ya no era la adolescente del sueño. Estaba al lado de un desconocido, trabajaba hace diez años en lo mismo, nunca viajó, jamás expresó sus sentimientos y todo trascurría al compás del reloj, siempre igual.

Esa mañana de agosto le dejó una carta de despedida al hombre que nunca amó, visitó a sus padres y los abrazó como cuando era una niña, renunció a su trabajo y viajó sin boleto de regreso. En Venecia se ganó la vida como pintora, escribió un libro autobiográfico que se vendió poco, aprendió italiano con la ayuda de un diccionario, cantó en algunos bares como pago de un cuarto pequeño pero acogedor, y por primera y única vez sintió que un hombre puede ser capaz de desnudarla con la mirada, seducirla con su voz y enamorarla con sus palabras. Supo que tenía muchos motivos para no morir viendo la vida pasar.
domingo, septiembre 9 |

INVISIBLE


Desperté y había mucha gente en mi cuarto, todos desordenaban mi habitación, se llevaban objetos personales y traían escritorios, sillas, computadoras, convertían el único espacio que es solo mío en lo que más odio, una oficina. Mi pared lila fue opacada por un ecran y los escritorios estaban llenos de pilas de oficios hipócritas con saludos cordiales a personas desconocidas. A lo lejos en una esquina mi mesita de noche, se veía tan gris, solitaria, ahí si que habían hojas con escritos sinceros, cálidos, verdaderos, sin máscaras.

Desmantelaban mi habitación y la transformaban en algo tan ajeno a mí, salí indignada de ese lugar y busqué a la persona encargada de todo este alboroto.  Inmediatamente una señora de edad con mirada pausada me dijo que mantuviera la calma, que no debía enojarme que por favor no despertara esa ira, no le dije nada y di media vuelta.

Buscaba un rostro conocido hasta que lo encontré sonriendo en una esquina, me abrazó y calmó ese incendio que se había desatado, nos miramos sin decirnos nada, él ya tenía que irse, nos despedimos con esos besos que dejan el sello de cariño en la mejilla, y no de aquellos roces superficiales cuando dicen chau.
Salí nuevamente de la habitación, ya no la sentía mía, era cualquier lugar menos el espacio donde podía charlar con el espejo. Miré la sala y ya no tenía el color verde que tanto me gusta, tres desconocidos cambiando el color de las paredes, ¿por qué? Todo era distinto, la gente hacía y deshacía a su antojo, pasaban por mi lado casi rozándome sin mirarme a los ojos.

Vi mi mamá y la señora amable salir de mi casa, las seguí. Mi madre no pronunciaba palabra alguna, estaba muy seria, su miraba opaca, sin embargo la mujer amable me decía que todo estaría bien.
Después de algunos minutos llegamos al hospital, creí que algo andaba mal. Un hombre vestido de blanco le dejó unos papeles sobre una mesa, mi madre los vio y se retiró, yo los tomé y se los quise entregar, pero la mujer octogenaria me detuvo y me dijo: no te preocupes, yo se los daré.

Inmediatamente todo se oscureció, caminé sola por un callejón que me aterraba, tenía frío y el miedo era el único abrigo que tenía esa noche. Escuché pasos acelerados y regresé a mirar, al frente tenía a una mujer parada frente a mí, su mirada destellaba odio, me empujó y la pelea comenzó. Caímos al suelo, era una lucha que no se detenía, no sabía cuando tiempo más soportaría, logré ponerme de pie cuando escuché la sirena de un patrullero o ambulancia, no lo sé. La mujer sacó un arma y poco a poco las imágenes perdieron color y nitidez, los gritos eran cada vez más lejanos, intenté abrir los ojos y vi como los disparos impactaron como dardos en el cuerpo de mi asesina.

A mi lado estaba aquel amigo de los abrazos sinceros, me sonreía. Entendí recién en ese momento, porqué nadie me veía.

HORMIGAS PANADERAS


Estaba en la parte posterior de un auto desconocido, a mi lado alguien que no tenía nada en común conmigo, era un simple espectador, al volante un chofer con terno y gorra, y a su lado una chica completamente ebria, hablaba algo que no entendía, yo solo la observaba, tenía un vestido bonito, no recuerdo el color pero era elegante, yo también usaba un vestido similar pero no me sentía cómoda usándolo, era como un disfraz. Trataba de recordar porqué estaba dentro de ese lujoso carro que nos llevaba a un lugar incierto; no había conexión entre los cuatro personajes que nos encontrábamos ahí, el silencio primaba entre la persona de mi derecha y el chofer, solo aquella muchacha parlanchina no se callaba.

El incómodo silencio se rompió cuando una canción de aquellas que me gustan, algo dulzonas, pasó por la emisora, “Y solo se me ocurre amarte”, de Alejandro Sanz, pude por fin desviar mis pensamientos de la conversación inerte de aquella chica. Lástima que solo escuché el coro, porque la programación fue interrumpida por la careta de entrada de un programa con corte político y económico, ¡qué demonios!, de mal en peor, pero ¿por qué en Radio María?, ¿acaso tenía lógica? Mientras trataba de ordenar las piezas de rompecabezas que tenía en frente, la muchacha sacó de su bolso un bizcocho, la resaca le pasaba la factura y tenía suficiente espacio en su cartera para algunos bocadillos del buffet.

De pronto el escenario cambió, ya no me encontraba en ese lujoso carro negro, sino dentro de una panadería, a mi lado mi hermano me mostró la mitad de un pan duro, por el que pagó tres veces su precio original. Miré a mi alrededor y las hormigas panaderas trabajaban amasando la harina sin detenerse, pese a recibir una migaja de sueldo, sonreían, no parecían molestos, creo que estaban acostumbrados.

Ahora me encontraba en la calidez de mi casa, prendí el televisor y la reconocí, era la misma voz de la mujer de la emisora, hablaba de lo mismo, los precios subían y todos debíamos afrontar esa realidad. Miré fijamente la pantalla y me transporté hasta el lugar de grabación. Vi la mesa llena de aquellos blandos bocadillos, esa gente no comía pan duro, pero si lo vendía al precio de su codicia. Lástima que nosotros si teníamos que engañar al estómago.
viernes, septiembre 7 |

ESPEJITO ESPEJITO


Esta noche no es fotocopia de ayer, ni antes de ayer. Cerré los ojos  y el silencio encapsuló mi habitación. Aún sentía el sabor de la manzanilla en los labios y el calor de la infusión me abrazó, por fin mis manos dejaron de ser dos bloques de hielo.

Releí algunas frases escritas en un viejo diario, conversé después de mucho tiempo con el espejo que todas las mañanas me miraba mal humorado, como esperando que le preste atención. Esta noche tenía una cita con él.

“¡Cuanto tiempo sin saber de ti!, me has abandonado por ¿el trabajo?, ¿los estudios?, ¿los amigos?, esos serán los pretextos más próximos que saldrán de tus labios”, fue lo primero que me dijo. Me conocía muy bien, por algo nos contamos todo, es el único que me da las respuestas que no quiero escuchar, pero que finalmente me susurra al oído.

Conoces los motivos y estaría de más enumerarlos, pero sabes que en el fondo no me olvido de ti. Basta con cerrar los ojos y bloquear esos pensamientos ásperos que rozan mi memoria para desconectarme y dedicarme solo a ti.
A veces quisiera intercambiar de lugar y ver desde aquella perspectiva, sabes que en muchas ocasiones no es fácil, pero sigo tus consejos, esos que son top secret, sonríes, y eso me gusta, recordaste algo, eso debe ser.

¡Te cuento, oh sorpresa!, relatos ajenos llegaron a mi buzón por casualidad, tenía remitente pero no destinatario, no importa, los leí hasta que el último trago de esa rica infusión en mi taza rayada me enfrío el cuerpo.
Las manecillas del reloj no martillan mi cabeza de noche, solo lo hacen a la luz del día, cuando todos corren, hablan rápido como si fueran robots programados  por un mismo sistema. Me han instalado la versión de prueba, pero mi sistema no es compatible, ¿o será el virus de la libertad? ¿Tú que dices? Te noto cansado espejito, espejito, yo también lo estoy.

Hoy nuestro nuevo amigo, el remitente inesperado nos acompañó en nuestra conversación, sus relatos acariciaron las cuerdas del arpa de la inspiración que temporalmente quedó guardada en ese viejo baúl que no me gusta.

Fue una noche interesante, diferente, relajante, me gustó conversar contigo. No me ausentaré, pero tampoco lo prometo. 
domingo, agosto 5 |

FRAGANCIA AÑEJA EN LA PIEL: PARTE I


El tiempo se congeló dentro de su habitación, y solo una taza de café la acompañaba mientras editaba una aburrida novela que había leído durante todo el día, su cena estaba fría y el más afortunado en estos casos era Drako, su perro.

Luego de un refrescante baño se miró fijamente en el espejo de su tocador, sus ojeras eran la evidencia de las constantes noches abrazadas de insomnio. Tomó el peine y por casualidad uno de sus perfumes cayó al piso, la tapa rodó pero el frasco no se quebró. Hace muchos años que no lo usaba, el aroma invadió la intimidad de su cuarto y la transportó a su adolescencia.

El rostro se le iluminó, sonrió como hace mucho no lo hacía. Eran años llenos de ilusión, nuevas experiencias, decisiones que  tatuaron su vida. Las fotografías se habían perdido en el tiempo, pero el aroma le regresó los mejores momentos y estaba feliz por ello.
Miró el resto de perfumes y los destapó uno a uno. Vio su vida transcurrir dentro de una película aromática. Era una fiesta de sensaciones dentro de su dormitorio y disfrutaba de cada uno de ellos como si el tiempo le hubiera reservado un espacio en su añejo calendario.

El baile se terminó cuando el perfume azul ubicado debajo de la sombra de una vieja lámpara la miró con descaro. Era el único que no había sido invitado al festejo y no estaba contento con eso.
Lucyana se acercó y lo sacó de la penumbra. Era más que un aroma, era una historia, un amor, un beso, una caricia, una canción, era un frasco con una fragancia masculina que le despertaba emociones y recuerdos.
Antes de destaparlo la duda caminó en círculos, pero ya lo tenía entre sus manos y sabía que era cuestión de segundos abrir la puerta de su pasado. Fue ahí cuando la brisa de aquel inolvidable perfume pintó su cuarto e iluminó cada esquina triste de su habitación. A pesar de ser de noche podía ver el sol espiar por la ventana.

Miró el cielo cubierto de estrellas tímidas y la resplandeciente luna le sonrió con la esperanza de dibujar una sonrisa en sus labios, pero la nostalgia era el abrigo que la cubría esa noche que no quería pasar sola.
Se arregló para una cita sin acompañante y usó el perfume que en algún momento se complementó perfectamente con la esencia varonil que había permanecido inmóvil por cinco años sobre su tocador.

Llegó al bar que hace mucho dejó de frecuentar y pidió el trago de siempre. La banda de rock, el aroma a tabaco y alcohol la distrajeron por algunas horas. De pronto todo quedo en silencio y la gente se desenfocó. Estaba sobria y sus sentidos, más agudos que nunca. Sus miradas se rencontraron en cámara lenta y sus fragancias se acariciaron como la última vez.
jueves, mayo 31 |

¿CÓMO QUINCEAÑERA?... ¡JAMÁS!


Frente al espejo veía a una adolescente ilusionada, capaz de dejarse llevar por sus emociones, lanzándose a una piscina que podría convertirse en un turbulento mar. Pero eso no importaba para Janina, la felicidad que sentía en ese momento era sublime e infinita.

Aquel camino lleno de luz y lozanos prados la seducía, la enamoraba y la llevaba a un viaje sin retorno. La razón estaba prisionera en la cárcel rosa de la ilusión, pero en algún momento la quinceañera que llevaba dentro regresaría a su caja de muñecas, y la mujer madura que era tomaría las riendas de su vida.

Una conversación con Bibiana le recordó que las “chiquilladas” y las “mariposas en el estómago”, solo eran producto de un momento fugaz que llegó a su vida y se instaló temporalmente. La chispa se encendió una mañana con aquel chico que se perdió en el tiempo, la hizo sonreír como una tonta, escribir frases cursis y escuchar canciones románticas, aquellas que solo cantaba en los karaokes con algunas copas de más.

Ambas eran las mejores amigas y sabían sus más oscuros secretos y las nuevas conquistas estaban en el menú del día. ¿Quién era el galán?, un compañero de clase de un diplomado, que solo llevaba porque la empresa la había inscrito. Todos los fines de semana Janina debía asistir por cinco horas, pero con la inspiración sentada al lado, lo hacía con gusto.

Las primeras semanas fueron las mejores. Aquel chico que solo conoció de vista y de quien lo único que sabía era su nombre, ahora la invitaba a salir, los paseos eran interminables y las conversaciones estaban salpicadas de coquetería y la envolvían en la burbuja de la felicidad. Nada estropeaba lo que para ella parecía magia sin trucos, sin embargo, tarde o temprano el mago revelaría la verdad de su hazaña.

Janina quería vivir nuevas emociones y dejarse llevar sin preocupaciones, enamorarse como una adolescente que vive al máximo el presente. Ya no existían miedos de por medio, solo una sensación inexplicable que amordazaba la razón. Descubría en cada amanecer, una manera distinta de querer. Palabras, caricias, besos, miradas, sonrisas y silencios se convirtieron en su mejor argumento para definir lo que llegó a ser algo más.

¿Cómo comenzó?, no lo sabía, ¿cuándo?, algunos años atrás. Ese sentimiento ingresó sigilosamente y se instaló en su corazón desarmándola por completo. Lo único que tenía puesto era la túnica transparente de la confianza que dejaba a la intemperie quien era. Las mentiras no se podían esconder y la única verdad era que lo extrañaba cada día más.

Cuando estaba sola, recordaba aquellos prolongados besos llenos de deseo que exploraban su cuello, elevándola al cielo. Sus labios sedujeron los suyos y los invitaron a un placentero viaje sin retorno. Pinceladas de fuego recorrieron su cuerpo y encendieron cada espacio. Aquellas caricias eran el tórrido hielo que le erizaba la piel.

Tuvieron como escenario a la noche, romántica y cubierta de estrellas tímidas. Todo alrededor se encontraba en armonía y el peligro de ser descubiertos fue el aditivo perfecto, una combinación de ternura y pasión que convirtió una travesura de amigos, en el eterno juego de la seducción.
Pero todo llega a su final, y del incendio que se desató con un beso, solo quedaban cenizas y humo, que poco a poco se disipó. La muerte de lo que sintió era evidente y difícilmente algo podría revivirlo. Las llamadas y los mensajes se perdían en el camino, porque ella cambió de dirección emocional, pero él no lo sabía.

¿Qué pasó?, fue la pregunta instantánea de Bibiana. El diplomado estaba por terminar y cada uno tendría que regresar a la cómoda y rutinaria realidad. La tentadora propuesta de trabajo fue la bomba atómica que destruyó lo que había comenzado. Ella debía escoger y eligió dejar a los sentimientos de lado. Lentamente desató el lazo que los unía y lo dejó caer.

Bibiana hizo una pregunta que reveló el truco del mago: ¿no será que eres alérgica al compromiso? Janina se quedó en silencio. En el fondo sabía que era verdad, desde aquella propuesta de formalizar que el chico de ojos dorados le hizo una noche en su departamento, el encanto se había desvanecido, y ese trabajo era la cortina de humo que opacaba la verdad.

“Recuerdo esa mañana de invierno cuando subimos al ascensor y presionamos el mismo botón, nos sonreímos. Sus lindos ojos color miel se quedaron tatuados en mi memoria. Lo reconocí, era Renato, el chico que algún día me gustó, pero a quien por mi absurda timidez no me atreví a conocer más”. Años después no era su timidez, tampoco su prioridad laboral, sino su miedo a fracasar y hacerle daño lo que esta vez lo apartaba de su vida.

jueves, mayo 24 |

OJITOS MARRONES


Te fuiste junto con aquel atardecer gris. El sol tristemente se acurrucó en los brazos de un furioso mar, que se llevaría los mejores momentos para sumergirlos en la profundidad del pasado. Ese lugar al que van todos los recuerdos, y los más tristes siempre quedan en la superficie de la caja, pero poco a poco se llenan de polvo.

El dolor no tiene magnitud, solo se siente, y fue lo que aquella tarde me quebró la voz y me presionó el pecho. El vacío parecía infinito, la caída en picada no se detenía y todo transcurría  en cámara lenta. Al compás de la nostalgia te dije adiós, nunca te olvidaré.

Ya no te escuchaba, ya no te veía, ya no te sentía. Las paredes parecían más altas, imponentes e insensibles a mi soledad. Recorría cada fría habitación con la esperanza de abrir una puerta que me despertara de la pesadilla en la que me encontraba atrapada. Sin embargo todo era real y debía aprender a vivir con tu ausencia.

Los meses suavizaron la rugosidad de tu partida y aunque admito que no fue fácil, ahora sonrío al recordar aquellos ojitos marrones llenos de brillo que me miraban. Me acompañabas todas las tardes y jugábamos hasta que te cansabas. Llenabas de alegría cada espacio en esta casa que siempre te reservará un lugar.

Estarás en mi corazón y en mi memoria porque formaste parte de mi vida. Desde cachorrito te recibimos en nuestro hogar y te cuidamos como un miembro más. Ahora que no estás se respira nostalgia cuando te recordamos, pero el tiempo se encargará de guardarte en el cajón de los mejores recuerdos.