lunes, mayo 26 |

A MI MADRE

Por la ventana un cielo gris me da la bienvenida y el tráfico citadino me recuerda lo lejos que estoy de casa. Sobre mi escritorio una fotografía cambia el rumbo de mis pensamientos. ¿Qué estará haciendo?, me pregunto mientras reclino el asiento y miro el reloj.

¿Has tomado desayuno?, no te estreses, no te olvides las llaves, ¿llevas tu casaca? La calidez y la preocupación en sus palabras se repiten como una melodía que hace mucho no escuchaba. Todos aquellos momentos transcurren como una película monócroma. Ella me conoce más que nadie, debe ser porque en el fondo nos parecemos mucho, somos de sentimientos profundos, de memoria indeleble, de sueños lejanos, amistades verdaderas y amores inolvidables.

¿Barbies?, ¿peloncitas?, ¿cocinita?, muy poco, pero si recuerdo los cuentos que me leía cada noche, las cartas a mi abuelo, que según yo redactaba usando un lenguaje gráfico. Fue así como nació mi afición por las historias, escribí mi primer relato “La pelota viajera”, mi madre me ayudó a empastarlo con una cartulina azul y a buscar las figuras para ilustrarlo.

Siempre estuvo presente en cada una de las tareas del colegio, sobretodo de los cursos que no me gustaban. Manualidades, tejido, costura era algo que jamás me llamó la atención. Sin embargo, ella plasmaba su arte en cada uno de los trabajos: una chalina, el mantel bordado en punto cruz, el alfiletero o las flores en corrospum.

Observo detenidamente el calendario, han pasado muchos años y ella no ha cambiado. Cada mañana conversa con las rosas del jardín, las acaricia mientras deja caer el agua sobre sus hojas. Los pajaritos la acompañan con su melodía matutina y ella sonríe como si ellos entendieran lo cariñosamente les dice.

¡Cómo extraño esa sonrisa!, solo ella podía matizar una mañana de invierno, ¡cómo extraño sus consejos!, solo ella podía ordenar mis ideas atropelladas, ¡cómo extraño sus regaños!, solo ella podía regresarme a tierra en tan solo unos segundos, ¡cómo extraño sus abrazos!, solo ella podía calmar mis miedos, ¡cómo la extraño!, radiante, llena de alegría, luchadora, transparente, frágil como una rosa y fuerte como un diamante.
Es primavera, luz, verdad, paciencia, amor; ella lo es todo para mí. Me enseñó a caminar y jamás me cortó las alas cuando quise volar. Siempre ha estado pendiente de cada paso que doy y me ha apoyado en mis decisiones; jamás me criticó, solo me aconsejó.

Veo asomarse el sol tímido por la ventana, parece que el invierno tendrá que esperar un poco más, al igual que la pila de pendientes sobre el escritorio. No necesito de un segundo domingo de mayo o de un trece de diciembre para decirle lo importante que es para mí y el infinito amor que siento por ella.


Cierro las cortinas, apago el ordenador y marco el número que conozco de memoria. La escucho y nuevamente se dibuja una sonrisa en mi rostro, sé que está feliz de escucharme y yo me siento como la niña de los cuentos. “Mamá estoy en camino”…