lunes, octubre 29 |

DE VISITA


El tiempo se detuvo fuera de esa puerta. Ingresó y los años comenzaron la cuenta regresiva sin llegar a cero, después de muchas lunas llenas se sintió en casa, todo a su alrededor le era conocido y cómodo.

Hace diez años la magia pintó las paredes de ese lugar y la inocencia patinó en los alrededores.  Su niñez y adolescencia dejaron huella en cada esquina. 

Mientras la capilla dormía la siesta, una vieja amiga, coleccionista de libros y lectores, la invitó a sentarse y leer el último ejemplar. Conocía cada pasadizo y ambiente solitario. Respiró la frescura de un pasado que aún perfumaba su presente confuso.

Rostros marchitos por el tiempo la reconocieron y le regalaron una sonrisa cansada pero cálida. Las miradas no la incomodaron, por el contrario, le recordaron que siempre que ella quisiera podía regresar, las puertas estarían abiertas, no necesitaba de una llave porque su colegio era su segundo hogar.

Se despidió de la pequeña que corría en el patio. Todo era menos complicado en ese entonces. Sintió un poco de nostalgia y se fue. 

Las puertas se abrieron y el muro de la realidad le recordó que el tiempo no necesita de un reloj. 
domingo, octubre 21 |

CUMPLEAÑOS INFELIZ


Caminaba desértico y un poco taciturno. Tiempo después vi el borrador del original. Aquella luz, algarabía, color, misterio y encanto se perdieron en el vacío de los años. ¿Por qué tanta nostalgia?, ¿qué le pasó? Ahora su mirada esquiva el cariño y sus manos acarician el dolor. Saludó al barman y se sentó en la barra.

¿Álvaro? – pregunté – podía equivocarme de persona, era mejor estar segura antes de acercarme más. Alzó la cabeza y me observó detenidamente por algunos segundos, se quedó pasmado como si hubiera visto un fantasma, me sentí algo incómoda pero por lo menos sabía que era él y no su sombra.
¡Qué sorpresa!, no te reconocí, han pasado muchos años – respondió – Sonrió por compromiso, me dio un beso en la mejilla y me invitó a tomar asiento. El frío se sentía en el ambiente y una conversación superflua era lo más próximo entre nosotros.

Luego de algunos minutos la confianza ingresó por la ventana y se acomodó en la silla vacía que nos acompañaba. Lo vi derramar algunas lágrimas, miró el cielo escarchado y suspiró tratando de contener las palabras que se peleaban por salir de su boca.

Me dejó, me mintió por tanto tiempo y yo… - no terminó la frase – No sabía qué decirle, todo fue inesperado, Álvaro siempre tuvo todo bajo control, nada podía salir mal, sin embargo aquella noche trataba de recoger los pedazos de vida y reconstruir su presente.

Se disculpó y fue a los servicios. Miré el reloj, mis amigas no tardaban en llegar y lo mejor era despedirme. Luego de algunos minutos regresó un poco más relajado, pero era imposible esconder esa mezcla de tristeza y rabia que presionaban su corazón.

Me contó toda su historia, no pregunté, estaba de más escarbar en su dolor, solo escuché atenta, sabía perfectamente que lo único que Álvaro quería era a alguien que lo escuche. Suficiente había tenido con el “que pena que no funcionara”, “las cosas pasan por algo”, “ya llegará alguien mejor”, “el mundo no se acaba”, etc., todos se pusieron de acuerdo en decir el mismo parlamento.

Sin planificarlo se rencontraron en el mismo lugar donde se conocieron. Muchos años después nuevamente era testigo de ese cruce de miradas desconocidas que en algún momento fueron cómplices.

Hola – dijo dirigiéndose a él – Carla era mi mejor amiga y ex enamorada de Álvaro. Ese amor fue de película y me sentí mal cuando terminaron por las razones que en ese momento no valía la pena recordar. Mis amigos se trataban como dos extraños que cumplían con un saludo porque me encontraba presente.

Estamos en la mesa del fondo, te esperamos – dijo – Sabía que el hecho de acercarse la incomodaba, así que me puse de pie y me despedí. De repente, Carla dejó su zona segura y se acercó, le sonrió y le dijo feliz cumpleaños. Lo había olvidado por competo, era 03 de agosto. Un débil gracias se diluyó en el ambiente.
lunes, octubre 8 |

PUNTO FINAL


El timbre del teléfono obliga a Manuel a dejar su cómoda cama para contestar, pero él simplemente lo ignora, no tiene fuerzas, no tiene ganas, lo único que quiere es quedarse y arroparse con la colcha, dejar el tiempo pasar. Sabe que su jefe debe odiarlo por no presentarse a la exposición y aparente cierre de contrato, ¡al diablo!, estaba harto de recibir órdenes.

Cinco años de carrera, dos de maestría y continuaba en una oficina más pequeña que el baño de visitas, veía las mismas caras, escuchaba las mismas quejas del personal, pero todos continuaban fieles a un trabajo que les daba de comer, ¿de ves en cuando es bueno ayunar?, se preguntó.

Aún la recordaba, no entendía por qué nunca la extirpó de su cabeza, era un tumor que se incrustó en su vida desde la universidad. Ella era un ángel, la única mujer que pudo enloquecerlo, desorientarlo, enamorarlo, una adolescente distinta a las que se cruzaron en su camino, la idolatró, la idealizó, simplemente era perfecta para él.

Manuel imaginó una familia junto a ella, se proyectó a la época senil, los dos en una casa de campo viendo el atardecer y recitándole versos otoñales, sin embargo ella no pensaba igual. Alicia nunca lo amó como él a ella, al día siguiente se sintió mal porque le tenía un gran estima y verlo derrumbado la afligía, pero no podía cambiar el curso de su decisión, era lo mejor y él tenía que entenderlo, continuar fingiendo algo inexistente no era justo para ninguno de los dos.

Lloró, le rogó que volvieran, no soportaba vivir lejos de ella, se sentía el ser más insignificante del mundo. Ella no quería regresar, le pidió que la dejara tranquila, no volvería a retomar el tema, solo podía ofrecerle su amistad, pero algo más no estaba en discusión.

Por varios años se mantuvo lejos de ella, pero nunca perdiéndola de vista. Un día Alicia se fue, y él se enteró muy tarde, nunca le dijo adiós. No tuvo más alternativa que continuar con su vida, y es así como una historia termina.

Una vida tan monótona, escribió hasta tener las manos adormecidas y los ojos rojos, era su único desfogue a la realidad que lo encarcelaba. El alcohol y el cigarro lo acompañaban en las noches, lo anestesiaban, lo tranquilizaban y le impedían pensar con claridad.

Ese periodo pasó y no le quedó alternativa que regresar a la vida común y corriente que todos llevan. Debía pasar la página y continuar. Se estableció en una empresa y pasó algunos años trabajando para otros. Guardó su cuaderno de notas, era para adolescentes, ya no para él.

Se levantó de su cama, no se peinó, tomó las llaves y salió sin destino. Caminó por horas sin un rumbo definido, solo necesitaba pensar y encaminar su vida, había perdido mucho tiempo y era momento de pensar en él.

Pasó por una iglesia, unas monjas reunían donaciones para una causa, le dio curiosidad, hace mucho tiempo que no pisaba el templo, se apartó de Dios desde que ella se fue.

Un niño corría por las escaleras, tropezó y cayó, Manuel se acercó e intentó ayudarlo y lo cargó para llevarlo donde se encontraban las hermanas, tenía la rodilla con sangre y no dejaba de llorar.
Las mujeres con hábito le agradecieron el gesto, él sonrió y se alejó lentamente. Inesperadamente una voz angelical pronunció tímidamente su nombre. Esa melodía infantil, inocente y dulce lo acarició. Manuel – dijo -.

No había cambiado mucho, sus ojos avellana y sus labios cereza en forma de corazón quedaron grabados en su memoria desde que tenía 17. La única diferencia era ese traje negro y blanco.

Después de mucho tiempo todas esas ideas absurdas y odios se desvanecieron, sintió paz. Sonrió, dejó su donación y se fue.
domingo, octubre 7 |

CAJA DE RECUERDOS


En un rincón del estante más alto, una pequeña caja guarda sin candado  lo más valioso de su habitación. Amistades marchitas, amores de papel, cartas inconclusas, poesía que aún llora, cócteles dulces, tragos amargos, relatos maquillados, fotografías sin fecha ni lugar, conversaciones entre personajes que jamás saldrán de un libro, promesas inertes, boletos de viaje, facturas con frases escritas en un bar, besos de etiqueta negra, roja, azul… y la lista no termina.

Que facilidad tiene la mente de viajar a su antojo por las calles del pasado. Reconoce muchos rostros y evita a aquellos con sonrisa congelada. Camina guiándose de su mapa mental, conoce muy bien el lugar. Ella se sienta en una de las bancas del parque que frecuentaba hace años y observa el panorama en sepia.

La vio, traía esos jeans sueltos, un polo sin estampado y el cabello suelto. En ese momento, sentimientos y emociones enterrados impactaron como disparos en su presente. El pasado le era distante pero no ajeno.
¿Cuánto tiempo permaneció sentada?, horas, días, meses, años, no tenía un reloj y tampoco un calendario, pero si un cronómetro, cuando ella quisiera podía detener el recuerdo y volver al presente en tan solo algunos segundos.

El momento fue interrumpido por el timbre de la puerta, era extraño, ella no acostumbraba a recibir visitas entre semana, todos sabían que trabajaba hasta tarde. Le molestó ser interrumpida y decidió no atender. Sin embargo, la insistencia fue tanta que la persona que se encontraba detrás de la puerta golpeó con más fuerza y dejó su dedo presionado en el botón del timbre.

Tiró su almohada, se levantó y maldijo al desconocido que no la dejaba tranquila. Enojada abrió la puerta y al verla se tragó sus palabras, la temperatura descendió y una sola pregunta salió de sus labios como una flecha, ¿tú aquí?

La muchacha extendió su mano y le pidió que la siguiera. Durante años permanecieron distanciadas, pero era momento de la reconciliación, ¿por qué continuar separadas si una era el complemento de la otra?
Mayra dudó por algunos segundos, no estaba segura de mejorar la situación con Alejandra, siempre la consideró una chica inmadura, indecisa y confiada, pero le agradaba su ternura, su sinceridad, su desbordante alegría. La siguió.

Al inicio había una fuerte tensión en el ambiente, era complicado rencontrarse después de años y olvidar todo lo que había sucedido, aún no la perdonaba por aquel incidente, incluso la culpaba de su situación actual, sabía que todo hubiera seguido otro rumbo si Alejandra tomaba otra decisión.

Ella influyó en Mayra y lo sabía perfectamente, pero no quería hablar de todo lo negativo tras la ruptura, ella estaba ahí para mostrarle que fue la mejor decisión que tomó aquella tarde de noviembre. De solo recordar ese día, sintió que la chalina le presionaba el cuello, pero continuó caminando.

Alejandra no dejaba de sonreír, jugaba con su cabello al compás de la conversación, y cuando no sabía qué responder o estaba nerviosa, se mordía sutilmente los labios moviendo los ojos de izquierda a derecha tratando de esquivar a las preguntas incómodas.

Mayra adoraba la manera de ser de Ale, era una chica sin ataduras, sin preocupaciones, en su andar no había piedra que la detuviera a conseguir sus objetivos, pero aquel concepto que tenía de ella cambió radicalmente cuando compró un boleto de avión y sin decir más se fue. No llevó mucho equipaje, solo lo necesario, porque no pensaba en regresar por lo que dejó en aquella ciudad que veía minúscula desde la ventana del avión.

Alejandra dejó de sonreír, la miró con tristeza y le dijo: disculpa por decepcionarte, sé que esperabas más de mí, pero escapó de mis manos y no tuve alternativa, lo siento”. Mayra la observó con cierta nostalgia y luego de un suspiro respondió: “¿regresaste para recordarme tu estupenda decisión?

Mayra fue muy dura con la tierna Ale, siempre la golpeó con sus palabras luego de su partida, no hubo día en el cual no le restregara en la cara el inesperado viaje. No tenía idea del daño que le hacía, sin embargo los reclamos continuaron a lo largo de los años. Llegó un momento en el que Alejandra desapareció, no dejó dicho a nadie donde iría. Simplemente se fue.

Ahora Mayra estaba perdida, no sabía que rumbo seguir, caminaba porque aún tenía fuerzas para continuar. A su alrededor habían muchas intersecciones y desvíos que la llevaban hacia lo desconocido y el miedo de pisar en falso la atormentaba, no la dejaba tranquila cada noche en la que se preguntaba ¿qué demonios estoy haciendo?

Sabía que no podía retroceder al vacío, solo debía continuar caminando entre espinas. Tropezó y el dolor fue insoportable, pero no se rindió y avanzó. Estaba perdida, todo era extraño e indiferente y tenía miedo a ser presa de su confusión.

¡Suficiente Alejandra!, no quiero recordar todo lo que pasó, a estas alturas de mi vida no tiene sentido abrir heridas que ya cicatrizaron. ¿Qué quieres de mí?, ¿por qué regresaste cuando todo estaba perfecto?

El silencio fue su carta de presentación. Alejandra la miró, no quería  decir algo que pudiera dañar a Mayra, se acercó, la abrazó con todas sus fuerzas y le susurró: vine para quedarme, ahora si entiendes el porqué de mi ausencia, no te arrepientas de haber tomado ese boleto de viaje a lo desconocido, todo pasó porque a la vuelta de la esquina te esperaba algo mejor y ahora lo sabes, solo que no lo reconoces porque aún sigues enojada conmigo. Regresé porque tengo que mostrarte algo.

Alejandra sacó de su bolso un álbum de fotografías y se las mostró. Después de ver la crónica fotográfica Ale le dijo: no te arrepientas de las decisiones tomadas, si no era el rumbo que esperabas, busca soluciones pero jamás te apuñales con recriminaciones, sé mejor que nadie lo que se siente. Mira a tu alrededor, todo es producto de tu esfuerzo, lo has ganado en el transcurso de todos estos años.

Era cierto, económica y profesionalmente estaba muy bien ubicada, no se podía quejar por eso; sin embargo había algo que no la dejaba tranquila, se preguntaba ¿qué hubiera sido si…?, no podía responder a esa interrogante, era muy tarde para ello.
No tiene sentido que sigas los pasos del cangrejo. Hoy debes tomar una decisión, te prestaré mis zapatos y no te molestes en devolvérmelos ahora, los necesitarás en el futuro.

No quitaron la mirada del par de zapatos viejos y sonrieron cómplices de un pasado que las involucraba.
Sus últimas palabras fueron: te recomiendo no mirar el inicio y el final del túnel de la vida, tómate el tiempo para observar el metro cuadrado que te rodea, ese maravilloso presente que tienes y al que no le prestas importancia.

¡Mayra Alejandra! te llaman por teléfono - dijo una voz masculina - . El cronómetro se detuvo. El pasado y el presente se reconciliaron luego de mucho tiempo. Ella tenía el timón y debía continuar navegando.
jueves, octubre 4 |

BRUJA VESTIDA DE PRINCESA


Bajó de un auto vestido con smoking negro, el mismo que la esperaría un par de horas. Una puerta enorme la recibió con los brazos abiertos y el vaivén de las campanas anunciaba su llegada. El camino rojo era largo y su andar lento al compás de la marcha nupcial. Todos de pie la miraban sonrientes y ella correspondía fríamente a las muestras de afecto que recibía, se decía a sí misma “estoy nerviosa, solo es eso, cálmate”.

Caminaba sobre cemento húmedo que se secaba rápidamente con el transcurso de los segundos. “¿Qué sucede?, ¿por qué algo me detiene a continuar?” Observó el vestido blanco satinado que usaba y el auto cuestionamiento no se detuvo. “He dormido en tantas camas y él no lo sabe, ¿por qué diablos uso este trapo que demuestra pureza?”

A sus treinta años debía formar una familia y establecerse en un lugar. Como decían sus amigas “se te va el tren, si no te casas ahora te quedarás solterona”. A ella le encantaba caminar, no necesitaba de un tren, podía viajar en bus, lancha, o lo que fuera, el transporte era lo menos cuando se quiere llegar lejos.

Siguió caminando pese a la dificultad de proseguir, sus piernas ya no le respondían como antes. La vio en la décima banca al lado de su esposo, en brazos cargaba a su primogénito que dormía plácidamente. Su hermana le sonrió y limpió sus lágrimas con un pañuelo.

¿Hijos? ¿realmente quería tenerlos? No, la respuesta siempre fue la misma. Él si adoraba los niños, deseaba que la mujer a la que amó por tantos años le diera el sí y se convirtiera en la madre de sus hijos, pero ella ¿pensaba lo mismo?, en el fondo se sentía en una obra de teatro interpretando a la protagonista de una vida ajena.

Regresaba después de dos décadas al templo donde hizo su primera comunión, de niña todo era algo más fácil, ya de adolescente no logró que sus padres la convencieran de hacer la confirmación, era absurdo decía. Elisa era de aquellas chicas rebeldes que no seguían los esquemas establecidos, hacía lo que se le venía en gana y jamás le importó el qué dirán, entonces ¿qué hacía en ese lugar?

“No eres una adolescente, es momento que sientes cabeza y pienses en tu futuro”, las palabras de su madre le taladraban la cabeza. Cerró los ojos y suspiró profundamente, esperaba ansiosa despertar de esa pesadilla que esta viviendo. Fue en ese momento cuando la tuvo frente a frente, usaba esos pantalones jeans rotos, un polo sin mucho adorno, el cabello recogido con una liga y en sus manos una cámara, su fiel amiga y compañera de aventuras. Juntas retrataron tantos lugares, personas, momentos, emociones, no podía describir el sentimiento que las unía.

Cambiará su guitarra por una cuna, noches bohemias por noches de llanto infantil, una botella de cerveza por un café cargado, una buena conversación con sus amigos, por la rutina diaria frente al televisor junto a él, ¿era lo que quería?, las noches casuales con extraños que no le eran indiferentes quedarían en el recuerdo. Ese anillo en su dedo anular la encadenaba a un matrimonio que no quería.

Se detuvo, lo miró con lástima, acarició su rostro y le dio un beso en la mejilla, en su mano dejó el anillo de compromiso que hace algunos meses le dio. Él pensó que Elisa cambiaría, la esperó por muchos años, soportó sus desplantes. Mendigó amor cuando lo único que ella podía ofrecerle era cariño; sin embargo él guardaba la esperanza de algún día llevarla al altar y formar una familia. Le pintó un paisaje de promesas que estaba dispuesto a cumplir con tal de verla feliz y tenerla a su lado, pero ella no quería nada de eso y él en el fondo lo sabía pero esperaba que ella se moldeara a como la idealizó en su adolescencia.

Retuvo las lágrimas y miró el anillo, el único recuerdo que le quedaría de la bella dama que lo hechizó desde el primer día que la vio tomando fotografías en el parque. La princesa se convirtió en bruja y lo apuñaló cuando dio la media vuelta y dejó el altar.