jueves, noviembre 9 |

UN TRAGO DE PACIENCIA Y UNA RODAJA DE LIMÓN ¡POR FAVOR!

Aquella noche de verano el sabor amargo de la cerveza se acentuó en su garganta. Siempre disfrutó de la exquisitez sensorial que le causaba una buena cerveza artesanal un viernes después del trabajo, sea en buena compañía o solo; sin embargo, después de una hora, el reloj era el único protagonista de una espera que lo estaba cansando.

Tomó el celular de la barra y marcó la última llamada, Alejandra respondió disculpándose por la demora y le pidió que la busque en el lugar donde se desarrollaba su evento. Sebastián pagó la cuenta, salió del bar, cruzó la avenida y la buscó entre la multitud.

Caminaron durante algunos minutos por el laberinto de stands de la feria. Sebastián quedó maravillado por la propuesta tecnológica que ofrecía la empresa y trató de disfrutar de la compañía de Ale; sin embargo, ella parecía jugar a las escondidas, importándole muy poco cómo se sentía él.

En varias oportunidades se quedó solo, y cuando planeaba irse, Alejandra se acercó sutilmente y le dijo: tengo una sorpresa para ti. Él era muy creativo y su mente inmediatamente graficó un ambiente iluminado por luces de drones dispersos en un oscuro cielo raso, matizado con temática estelar; pero grande fue su sorpresa, al ver la realidad sin lentes 3D.

Llegaron hasta un stand y ella le pidió que escoja un llavero, no era lo que él imaginó, pero eligió el más curioso. Alejandra sacó de su bolso un billete de 200 nuevos soles para cancelar un producto de 5, la señora devolvió con una mueca su intención de compra y Sebastián terminó cancelando, a pedido de ella, el merchandising que le prometió como sorpresa y recuerdo de esa noche.

Pasearon por algunos módulos hasta que el límite de su paciencia le pasó factura, Sebastián le reclamó la poca atención que tuvo con él, ella no se quedó callada y le refutó en todo momento, argumentando que lo había invitado y se tomó un tiempo en su agitada agenda para verlo. El silencio incómodo se apoderó del momento y la distancia emocional se convirtió en física.

Alejandra se recostó en un muro a un par de metros de distancia  mientras revisaba el celular. A los pocos minutos, un amigo de ella se sentó a su lado, ambos empezaron a conversar y reír a carcajadas. Sebastián vio el cuadro cómico que tenía en frente y se fue, no entendía por qué se comportaba de esa forma, al inicio era una chica adorable y ahora solo una loca egoísta.

Prendió un cigarro mientras caminaba por las agitadas calles enumerando cada uno de los desplantes que le hizo. Cuando llegó al paradero de buses, un flashback de recuerdos trajeron al presente la figura de Karla, empezó a compararlas y la balanza se inclinó a su pasado.

En ese momento recordó las palabras de su padre: Si alguien está interesado sinceramente en ti, lo demostrará con acciones y ella no tiene ni un poco de respeto y consideración contigo. Subió al bus y se puso los audífonos para desviar sus pensamientos.

martes, enero 24 |

¿CASUALIDAD O DESTINO?



El despertador le recordó que era lunes por la mañana, tomó un baño con agua fría mientras recordaba su lista de pendientes, uno de ellos en particular la tenía tensa. En su agenda había resaltado: entrevista con Sebastián Lazarte, 9:00 am, sala 4”. Micaela no sabía con exactitud el enfoque del cuestionario, solo que se trataba de un estudio que el gerente general había programado.

 Llegó a su oficina, firmó algunos documentos y se dirigió a la sala de reuniones. A lo largo del camino imaginó el aspecto del consultor: un señor de 40 años, algo regordete, con lentes y bonachón. Sin embargo, la realidad le mostró otra fotografía, estaba frente a un joven de aspecto intelectual y muy atractivo. Se preguntó si sería buena idea bromear sobre lo pensaba para romper el hielo, pero eligió quedarse callada porque no quería que malinterprete su broma como un coqueteo.

Luego de una breve presentación, el profesional le dio algunas indicaciones antes de iniciar la entrevista. Micaela estaba un poco nerviosa, no sabía si era por las preguntas o por la mirada atenta detrás de esos anteojos. Conforme los minutos pasaban, se convencía que tenía unos lindos ojos color miel.

El interrogatorio se convirtió en una charla sobre las actividades que desempeñaba en la empresa, los problemas que ella había detectado durante su permanencia, entre otros indicadores que eran importantes para el estudio.

Después de una larga conversación, Micaela se percató que Sebastián no había tomado ni un sorbo de agua, se preguntó si prefería que fuera embotellada para estar más seguro que no era agua de caño, otra hipótesis podría ser que el vaso no estuviera limpio, lo revisó rápidamente pero no encontró problema alguno, y la última alternativa, que no le guste el agua.

Parecía ser un chico serio, con buen gusto para la lectura, de preferencias musicales no comerciales, aficionado a las películas independientes y amante del teatro. Podía continuar enumerando las posibles características de Sebastián, pero fue interrumpida por las preguntas de rutina de la entrevista.

Un par de horas más tarde, Sebastián apagó la grabadora y le agradeció el tiempo proporcionado, sin embargo, ella se quedó con muchas interrogantes, que esperaba algún día colocar sobre la mesa.

Mientras salía de la sala, pensó que una cafetería hubiera sido el mejor ambiente para una charla con un chico tan interesante, usar ropa casual y un café para aplacar un poco el frío. Frenó sus pensamientos y se dijo así misma: ¿Micaela estás pensando en una cita?, sonrió y bajó las escaleras porque tenía otra reunión.

Los meses transcurrieron sin saber el uno del otro. Muchos caminos se cruzan formando uno solo y luego se bifurcan con el tiempo, y es la casualidad o el destino, que los reencuentra. Micaela y Sebastián se encontraron un par de años más tarde, pero esta vez no fue dentro de una gélida oficina.
jueves, octubre 20 |

NOCHE DE DISFRACES

Tenía la invitación sobre el velador, le era totalmente indiferente asistir o no, pero por otro lado ¿qué perdía?, ¿o quedarse en casa era más entretenido que una fiesta con extraños que podrían resultar interesantes?

En vísperas a Halloween ¿qué disfraz podría usar?, caminó por algunas tiendas, ninguno le llamó la atención. Policía, azafata, caperucita, angelita, diablita, lindos para una noche de travesuras, pero no era algo que usaría en esa oportunidad.

Llegó a la última galería del centro comercial, era tarde y estaba por cerrar, mapeó el lugar y encontró dos accesorios que le llamaron la atención: un antifaz y unos guantes largos oscuros, perfectos para su vestido negro.

Estuvo dando algunas vueltas, hasta que encontró un lugar para estacionar su auto, guardó la invitación en la cartera, se retocó el maquillaje, se puso el antifaz y el espejo le devolvió la sonrisa. El único accesorio blanco de su disfraz, era el pañuelo que secaría las lágrimas de la desconsolada viuda.

Se sentó en la barra y pidió un Cosmopolitan, miró a su alrededor los grupos que se habían formado, pudo reconocer a algunos amigos que no llevaban antifaz, solo un maquillaje curioso.

El club estaba repleto, la comida y la música eran buenas, la decoración creativa, definitivamente como organizadora de eventos debía ganar un premio. Pero esa noche, ella estaba de incógnita, era una invitada más y decidió disfrutar.

Recorrió los ambientes del local, el casino, el restaurante, la piscina, todo marchaba a la perfección, incluso escuchó comentarios positivos sobre la fiesta. Caminó hasta llegar a la playa, la música se perdía con el sonido de las olas, el aroma salino se mezclaba con su Chanel y el frío acariciaba su piel.

A lo lejos divisó a una pareja discutiendo, inmediatamente los reconoció, eran invitados de la fiesta, la mujer tomó un taxi y se retiró del lugar, mientras el joven vestido de marino se quedó inmóvil mirando el horizonte oscuro. El oleaje estaba muy fuerte y nadie en su sano juicio se bañaría, sin embargo, conforme ella se acercaba, el chico caminaba en dirección al mar.

Aceleró el paso luego de imaginar lo peor, llegó hasta donde estaba y gritó: ¡Sal de ahí!, el joven volteó asustado y la miró.

-          ¡Qué demonios haces! –exclamó-
-          Miro el mar, ¿y qué con eso?, ¿está prohibido? – respondió mientras prendía un cigarro-
-          Un tipo ahogado cerca de mi evento, no le daría buena imagen –dijo en forma sarcástica-
-          Ya decía, tanta preocupación de una extraña no podía ser cierta.
-          Ten cuidado, no quiero ver tu foto más tarde en la prensa

Ambos se quedaron en silencio por algunos segundos, el ambiente se tornó incómodo para los dos extraños. Alejandra se puso los zapatos que se quitó al momento de correr y dio media vuelta. Sebastián la tomó del brazo y se disculpó.

-          Lamento tu pérdida – dijo el joven mientras la miraba de pies a cabeza –
-          ¿Es burla o me parece? ¿Quieres discutir de nuevo?
-          Quiero saber quién está detrás del antifaz
-          No siempre puedes tener todo lo que quieres
-        En menos de lo que crees estarás tan loca por mí, que me pedirás que empiece con el antifaz y termine con el disfraz.

La arrogancia y seguridad de Sebastián la incomodaban, pero a la vez le parecía un desafío desinflar su ego. El reloj avanzaba y el cielo estaba cada vez más claro, la gente se retiraba, muchos jóvenes con los zapatos en la mano, otros abrazados para evitar caerse, el club estaba disponible para un par de horas más. Alejandra y Sebastián conversaban bajo la luz de un farol, después de todo, no fue una noche aburrida.






miércoles, agosto 19 |

EL ÚLTIMO BESO

Despertó un domingo pensando en la interrogante que no la dejó dormir parte de la noche, sin embargo gracias al cansancio y el silencio de su almohada pudo conciliar el sueño. Un encuentro inesperado aquella noche de verano se convirtió en el punto de partida de una historia que siempre terminaba en puntos suspensivos.

¿Por qué ese enamoró de él? Abrió las ventanas de su habitación y suspiró, caminó al balcón y tomó un sorbo de jugo. ¿Serán sus ojos pardos o esa sonrisa tierna?, o ¿fue el inesperado roce de sus manos?, ¿fue el silencio cuando sus miradas se encontraban?, ¿fueron esas largas conversaciones?, ¿fue el abrazo que congelaba el tiempo?, ¿fueron sus detalles precisos?, ¿fue ese viaje contra el reloj?, ¿fueron sus caricias traviesas?, ¿qué fue?, ¿todo? y más.

¿Qué hizo diferente? ¿Atinar en los detalles?, no, jamás adivinó, solo lo supo porque la conocía tan bien, estaba seguro de qué cosa guardaría en un cajón y qué dejaría sobre su velador. No necesitaba colocar su nombre, porque su sello personal estaba implícito en cada presente.

Una cena con luz tenue y destellos multicolores en un cielo azabache marcó la diferencia. Ella no necesitaba pedirlo, él sabía que una noche así quedaría tatuada en su memoria. En tan poco tiempo aprendió a leerla y estaba dispuesto a sorprenderla.

Pinceladas de ternura, matizaban una frase acompañada de un beso. Esa manera peculiar de ser la interesaron en conocer mucho más al chico de camisa cuadriculada y toque intelectual. Él no solo se preocupada del fondo, sino también de la forma, en cómo hacía y decía las cosas. Él convertía un paseo en la playa, una noche de luna llena, una cena en casa y una tarde de películas, en capítulos de un libro que ella no quería terminar de escribir.

Lo miraba, él sonreía y por dentro ella decía, ¡cómo no me va a encantar! Podía ser muy tierno, atento, detallista, cariñoso, pero a la vez lograba que pierda la noción del tiempo y el espacio, con caricias por debajo de la ropa y besos atrevidos sobre la geografía de su cuerpo. Sus manos conocían a la perfección su anatomía y deslizaban lentamente cada prenda, dejando a la vista su silueta desnuda.


Dejó el jugo sobre la mesa, él aún dormía y no quería despertarlo. Eran las siete de la mañana, temprano para ser domingo, podía descansar un poco más. Se recostó sobre la cama, él la sintió, le dio un beso y la abrazó. Ella sonrió tristemente y cerró los ojos… algo le decía que sería el último beso.


jueves, junio 18 |

UNA NOCHE EN EL BAR

¿Cuántas lunas han pasado desde aquella última copa en el bar de la ciudad de caminos empedrados y faroles con luz tenue? 

Como todos los fines de semana, la banda de rock tocaba a partir de las once de la noche. El lugar estaba casi repleto, la combinación de tabaco y alcohol era el único aroma que percibía en ese lugar. El barman hacia piruetas con los tragos multicolor que adornaban el antro, un poco de hielo, una cereza y quedaba listo para endulzar la noche que parecía prolongarse.

La multitud entonaba la canciones, casi gritando, la gente saltaba y brindaba, era lo típico de todas las noches, excepto ella, la chica del cabello dorado, era la primera vez que entraba al lugar por la insistencia de sus amigas, ¡vamos!, ¿qué vas hacer sola en casa?, ¡pasa la página, borrón y cuenta nueva!, eran algunas de las frases que escuchó en el taxi.

Las horas transcurrían y sus amigas ya estaban pasadas de copas, incluso se unieron a un grupo de amigos de la universidad. Camila aprovechó un descuido y salió del lugar, caminó un par de cuadras guiada por el recuerdo y llegó al viejo bar. La música de los 80´s y el aroma a incienso la invitaron a sentarse en la barra.

Pidió un trago y dejó correr el reloj. ¿Esperaba a alguien? ni ella lo sabía. Era estadísticamente imposible una segunda casualidad, lo más cercano que tendría esa noche sería una fotografía en su velador.

Tomó el segundo trago y tarareó la canción de Sting, uno de sus favoritos, por eso prefería ese bar, buena música, ambiente bohemio, cócteles agradables, solo faltaba... esa voz... lo reconoció entre la gente, ¿podía equivocarse?, no... 

"Chica del tatuaje... ha pasado mucho tiempo desde que..." Y ahí estaba, como un fantasma a su lado, se quedó helada y su corazón se aceleró, un escalofrío recorrió su espalda y le erizó la piel, o ¿sería el recuerdo de aquella noche?

- Estaba de salida, solo vine por un trago, mis amigas me esperan...
- ¿Saben que estás aquí? - preguntó el caballero - 
- Sí  
- ¿Por qué viniste sola? - se acercó y le acomodó el cabello detrás de la oreja - 
- Estaba cerca, y tú sabes que me gusta este lugar

Tenía un desorden léxico en la cabeza. Había imaginado un reencuentro similar, incluso tenía un discurso bien elaborado, sin embargo, en ese momento no sabía que decir, quería irse, pero a la vez quedarse.

- Es temprano ¿por qué no te quedas? 
- Lo siento, pero ya me voy - dijo Camila - 

Salió del lugar, hacía mucho frío y la suma de tragos en ambos bares pasaron factura. Abrió su bolso, buscó el celular y un mareo desenfocó la calle a su alrededor. Sintió unos brazos cálidos rodeando su cintura y percibió un perfume que conocía de memoria.

- Te llevo a tu casa, no creo que sea bueno que te vayas así
- No gracias, puedo tomar un taxi
- Prometo no dibujar sobre tu espalda...

Continuará...


lunes, diciembre 15 |

CONOCIDOS DESCONOCIDOS

Era el mismo, pero estaba irreconocible, aquellos ojos dorados, debajo de esos lentes de chico nada intelectual habían perdido su brillo, y esa sonrisa que se dibujaba en su rostro cada vez que la veía, se había convertido en una mueca.

Confiaba en ella a ojos cerrados, se enamoró por primera vez, no sabe cómo, ni en qué momento se convirtió en la mujer de su vida, por quien hubiera dado lo que fuera. Pero las constantes discusiones y las supuestas traiciones derrumbaron su relación y sus planes juntos se volatilizaron.

Ha transcurrido media hora y la pila de botellas de cerveza se ha acumulado sobre la mesa. La música se mezcla con la risa de la gente, las luces multicolor matizan las paredes del bar. Tiene la mirada ida, sus amigos conversan en voz alta, pero él parece perdido en el laberinto de su pasado. De vez en cuando un ¡salud! y un choque de vasos lo regresan a la cruda realidad.

Parece un hombre fuerte, aquel que no se deja intimidar por nada y tampoco espera caerle bien a todos. Se muestra como un chico rudo, indiferente a las emociones de los demás. Presume de ser el macho alfa de la manada, pero en el fondo es un corderito asustado. Ella es la única que conoce su talón de Aquiles, podría sacarlo del bar con tan solo una mirada.

Movía el pie al compás de la música, mientras hacía aros de humo con la boca. Al otro extremo de la sala, como un ángel negro, dispuesto a llevarlo lejos de la multitud se acercó lentamente, no lo había visto, pero él reconoció su risa. Ella guardó el celular en la cartera y un escalofrío recorrió su espalda descubierta, se detuvo y miró a su alrededor. En tan solo unos segundos sus miradas se encontraron, clavó sus ojos verdes sobre los de él, la música se detuvo y los recuerdos pasaron en cámara lenta.

Una bachata acompañó el momento incómodo, él se puso de pie y ella acomodó su cabello detrás de la oreja. No pronunciaron palabra alguna, ya se habían dicho de todo hace mucho tiempo. Tatiana deslizó su índice izquierdo sobre el rostro de quien algún día fue parte de su vida. Esa barba siempre le había quedado muy bien, pero lo mejor era obviar ese comentario.

Se acercó, lo besó en la mejilla, sonrió y dio media vuelta. Él la tomó de la muñeca y le susurró un “quédate”, ella volteó y preguntó “¿para qué?, si ya sabemos en qué va a terminar, es mejor así”. Se soltó y caminó rápidamente hasta la puerta. Él la siguió hasta la calle, la tomó de la cintura con fuerza y no la dejó ir.

Su aliento a alcohol la incomodaba, pero en el fondo le gustaba tenerlo a su disposición. Sus ojos destellaban de deseo y su boca la invitaba a recordar viejos tiempos. Pero ella no estaba segura de pasar por puertas entreabiertas porque ya conocía el desenlace.

Al no ver reacción alguna la soltó y le dijo: “si quieres irte, vete, siempre has hecho lo que has querido”. Sacó un cigarro del bolsillo, lo prendió y se sentó en el filo de la vereda. Por primera vez la había dejado sin un as bajo la manga.

El timbre del celular interrumpió el momento, Tatiana contestó con un frío “estoy afuera”. A los pocos segundos un auto llegó y la recogió. Diego la vio alejarse, tiró el cigarro a la pista y entró para seguir brindando.



jueves, octubre 16 |

LOBO DISFRAZADO DE CORDERO

Tener la certeza de algo dejándonos llevar por las señales. Para muchos solo se trate de un tema subjetivo pero que deja un sabor a verdad y confiamos a tal punto, de creer sin pruebas lo que pueda sustentar nuestra intuición. Una frase, una palabra, una actitud, una mirada se convierten en el detonante para enlazar piezas de manera instantánea y llegar a una conclusión.

Escuchar a una persona hablar por horas y deducir que todo lo que dice es falso, por más que sonría, se muestre interesado e inspire confianza para el resto; una pieza no encaja, y es el punto de partida que prende la alarma: algo no está bien.

Observadora, sí, y sobre todo en los pequeños detalles, esos que para algunos pasan desapercibidos, sin embargo son muy importantes a la hora de tomar una decisión. Apresurada, descabellada, lo que fuera, pero es su intuición.

El silencio y la soledad son sus aliados. Puede dibujar un panorama distinto lejos de todo, sin ruido, sin voces ajenas, sólo su voz interior hablándole: algo aquí no está bien, caso contrario estarías tranquila, ¿o me equivoco?

Esa piedrita en el zapato le recuerda que tiene algo pendiente. Noches de insomnio recordando momentos que parecían sinceros. Pero llega ese día, sin fecha en el calendario, cuando se cae el velo y se muestra su verdadero rostro, el que algún día estuvo maquillado con mentiras.

Para ella, la confianza ha muerto, y un minuto de silencio no es suficiente. Años de sinceridad se volatilizaron, dejando un aroma a decepción. El ambiente se siente tenso, las miradas son esquivas y una conversación postergada se sirvió sobre la mesa. Un plato amargo espera impaciente.

Las maletas al pie de la puerta se despiden del pasado, de una vida matizada de risas, viajes, abrazos, besos, confesiones, discusiones, confianza, amor, verdad; ahora convertidas en banalidades. Recuerdos  retratados en fotografías guardadas en la última gaveta del escritorio. Por la ventana lo ve, ahora es un extraño alejándose, si algún día lo amó y confió en él, se equivocó, era un lobo disfrazado de cordero.