jueves, diciembre 8 |

LA ÚLTIMA DESPEDIDA

Todo estaba en silencio, incluso la vecina de al lado había dejado los regaños a su adolescente hijo para más tarde, y el octogenario del departamento del frente no escuchaba sus boleros marchitos. Incluso el rottweiler del joven más atractivo del edificio estaba satisfecho con el almuerzo y no se inmutaba con la presencia de extraños.


Camila podía dormir la siesta tranquila, sin ser interrumpida por los inquilinos que vivían cerca. Cerró las cortinas, pero dejó las ventanas abiertas para que el viento acariciara su rostro mientras se entregaba a los brazos de Morfeo. Después de una larga semana trabajando sin detenerse ya era momento de apagar el celular y olvidarse temporalmente de los asuntos de la oficina.

El ruido del motor de un auto la despertó. Pudo ver el cielo azabache lleno de escarcha plateada. Había perdido la noción del tiempo, la siesta se había prolongado más horas de las que ella pensó, pero no importaba, era viernes. El fin de semana le mostraba una lista interminable de lugares a los que podía ir, cumpleaños, discotecas, bares, conciertos, pero ninguno de ellos la tentaba lo suficiente como para dejar la comodidad de su casa. Además el sábado tenía un compromiso al que no podía faltar y lo mejor era mantenerse relajada.

Preparó la tina, prendió algunas velas aromáticas, colocó un disco de música clásica, se sirvió una copa de vino y se recostó en el jacuzzi. Jugaba con la espuma mientras seguía el compás de la melodía que escuchaba. Era placentero engreírse, como ella misma decía: sí yo no lo hago, ¿quién lo va a hacer?.
Después de media hora se puso una toalla y fue a su cuarto, prendió su celular y encontró un par de llamadas perdidas de un número que desconocía. No se preocupó mucho, ya que si era importante, volverían a llamar. Inmediatamente tocan el timbre, era Rocío, su compañera de trabajo, necesitaba con urgencia unos documentos.

Conversaron algunos minutos, ya que el esposo de ella la esperaba abajo y Camila aún estaba en toalla. Se despidieron, y al cerrar la puerta, Camila olvidó preguntarle si había sido ella quien llamó por la tarde, pero era lo más seguro, ¿quién más podría ser?.

Llenó la tetera y prendió la hornilla. El timbre nuevamente sonó, ¿ahora qué pasó?, dijo mientras abría la puerta. Se quedó en silencio, ¿era espejismo o realidad?, ¿era un recuerdo materializado?, ¿era un viaje del pasado al presente?. Fuera lo fuera estaba frente a ella, no con la sonrisa burlona de siempre, ni la mirada confusa.

- Hola – dijo él –


Una palabra tan corta e indiferente intentó romper la barrera de hielo que los separaba. No hubo alguna muestra de afecto, un abrazo o un beso, simplemente un “hola”, tan lejano para dos personas que en algún momento fueron uno sola pieza.


- ¿Qué haces aquí? – respondió –


Una pregunta que traía consigo una cadena de respuestas inconclusas, de frases inventadas, de sentimientos reprimidos, de decisiones obligadas o postergadas.


- Fui un idiota
- ¿Recién te das cuenta?


El ambiente estaba tenso, ella no lo dejaría ingresar a la sala y él no pretendía irse hasta que Camila lo escuchara.


Ella no podía perdonarle la infidelidad con su amiga. Según Arturo no tuvo importancia, todo fue producto del alcohol y del tiempo que ella le había pedido. Sin embargo eso no era pretexto para lo que hizo. El corazón de Camila quedó hecho trisas, caminó como un fantasma por varios meses. Él la buscó y le pidió perdón de mil maneras. Pero ya la había perdido, era absurdo continuar gastando energía y esfuerzo en algo que nunca volvería a ser igual.


Camila conoció a otra persona cuando viajó al extranjero por motivos laborales. Ese chico fue su consuelo, soporte, quién la ayudó a salir del hoyo en el que estaba metida. Fue en España donde ella se dio cuenta que Arturo no se comparaba con Daniel. ¿Por qué estuvo tanto tiempo con un tipo que no tenía planes en su vida?.
El español la deslumbró con su trato. Se sentía una princesa a su lado y no la última rueda del carro cuando él ponía de prioridad a sus amigos y las grandes reuniones que terminaban en borracheras. ¿Cuándo la tomó de la mano al caminar?, ¿cuándo la besó en frente de sus amigos?, ¿cuántas veces la dejó congelarse afuera del trabajo esperando a que él llegara?, y la lista no terminaba.


Sin embargo, pese a todo, ella estaba ahí con él, pero los excesivos celos provocaron que ella le pidiera un tiempo. Y eso fue el punto de quiebre, él no confiaba en ella, creía que tenía una aventura con su nuevo compañero de trabajo y fue el detonante para que entre comillas, le pagara con la misma moneda acostándose con su amiga.


Lo tenía en frente y todos los recuerdos corrían en la maratón del pasado. ¿Por qué había regresado? ¿la quería recuperar pese a todo lo que había sucedido?.

- No te cases
- ¿Qué has dicho Arturo?
- Él no te haría ni la mitad de feliz de lo que yo puedo, dame la oportunidad
- Escúchate Arturo, es absurdo lo que estás diciendo. Tengo todo listo para mi matrimonio, ¿crees que lo dejaría todo por ti?
- Sí, sé que aún me amas


Ambos se habían dado un tiempo, no habían terminado, por lo tanto lo que hizo Arturo no tenía justificación. Si él no hubiera llegado tan lejos con aquella chica, las cosas podrían haber continuado entre ambos, pero él se excedió y creyó que ella nunca se enteraría, pero lamentablemente las paredes oyen y la travesura llegó a oídos de su enamorada.

- ¿Te vas a casar con un tipo que hace poco conoces?, ¿en qué demonios estabas pensando?
- ¿En qué diablos estuviste pensando cuando te levantaste a la flaca? ¿en nosotros?, no creo.
- No significó nada para mí, ya ni me acuerdo. Ella no tiene ni punto de comparación contigo.
- ¿Crees que eso me va a hacer sentir mejor?
- Lo que trato de decirte es que la fregué y quiero recuperarte. Te prometo que todo cambiará entre nosotros.


Arturo la abrazó fuertemente, traspasó la línea que Camila había trazado entre los dos. Ella percibió el aroma de su perfume. Un flashback de imágenes le recordaron los mejores momentos juntos. Se quedaron observando fijamente, la mirada misteriosa de él encerraba la noche, y la de ella encapsulaba el deseo. Camila se lanzó a los labios del hombre que había marcado su vida, él no dudó en corresponderle. Las prendas y la toalla cayeron en el pasillo con dirección a su cuarto.


Al día siguiente, Arturo se despertó con una sonrisa dibujada en el rostro. La había recuperado, era nuevamente el hombre más feliz de la tierra. La buscó, pero Camila ya no se encontraba en la cama. Él se cambió y caminó hasta la cocina. La encontró bañada y tomando una taza de café con unas tostadas. Se acercó para darle un beso en los labios, pero la respuesta de Camila lo dejó absorto.


- ¿Qué pasa Camila?
- Es tarde, es mejor que te vayas
- ¿Cómo dices?


Abrió la puerta y esperó de pié ahí. Arturo no entendía su actitud, ¿por qué se comportaba de esa manera? Él caminó hasta donde se encontraba Camila esperando que ella le explicara lo que estaba sucediendo.


- ¿Qué significó lo de anoche? ¿creí que todo estaba bien entre nosotros?
- ¿Has olvidado que soy una mujer comprometida?
- ¿Te vas a casar después de todo?
- La estilista está por llegar, me espera un largo día.


La tomó de los hombros y la sacudió con fuerza, ella lo abofeteó. Ambos se quedaron en silencio por algunos segundos que parecieron eternos.


- ¿Realmente pensaste que lo dejaría por ti? Sí que tienes la autoestima bien elevada
- Yo pensé… - lo interrumpió –
- ¿Pensar?, nunca piensas Arturo, todo lo haces por impulso.


Salió del departamento, la miró por última vez.


- En el fondo tú y yo somos iguales.
- Te equivocas, tú te acostaste con una extraña porque estabas borracho y reventando de rabia, en mi caso lo hice contigo porque me dabas lástima. Además no fue gran cosa, ya ni me acuerdo – sonrió -.
- Sólo te casas con él por despecho, estas dolida y tarde o temprano me buscarás, pero ya para ese entonces no estaré para ti, ¿entendiste Camila?. Además… - fue interrumpido -
- Gracias por la despedida de soltera.


Sacó un billete de la cartera y se lo tiró. Cerró la puerta y él bajó las escaleras.
viernes, octubre 7 |

CON CARIÑO PARA ELLAS

¿Cuántas carcajadas juntas?¿tardes que se endulzaban con una riquísima torta de chocolate, o una torta tres leches?¿tragos que terminaban en largas tertulias?¿consejos y confesiones que le ganaban la partida al reloj?. El tiempo no tenía prisa, sólo nos observaba sonriente mientras intercambiábamos complejas historias, que después de un periodo indefinido cobraban vigencia como parte de un recuerdo que ahora sí entendíamos.


Me han acompañado a lo largo de mi existencia, las fechas no tienen peso sobre la balanza cuando se trata de la amistad, que no sólo se fortalece con el paso de los años, sino que se complementa con las experiencias vividas, los gratos, tristes y complejos momentos, sólo por mencionar algunos, que hemos disfrutado. He crecido junto a ustedes, no sólo físicamente, sino espiritualmente.

Caminaba en un sendero desconocido, no distinguía qué había detrás de esa neblina. Muchas veces corría, intentando alcanzar algo, que ni yo misma sabía, me cansaba, desaceleraba el paso hasta que mi agitada respiración se normalizara. Era ahí cuando me ofrecían agua y una sonrisa, una vez recuperada podía continuar con mi camino.


Y cuando la noche me sorprendía, trataba de abrigarme con el calor de mi cuerpo, pero me era insuficiente, el frío no tenía piedad y se colaba por mis poros. Perder la conciencia hubiera sido un regalo divino, pero me mantenía noctámbula dirigiéndome a una carpa, donde me ofrecieron abrigo y comida, sin hacer pregunta alguna.

Una vez recuperada, me reincorporaba a mi camino, aquel que podía ser tan ligero como la autopista, tan escarpado como una montaña, o tan difícil de dominar como las dunas. Sin embargo, en aquellos momentos en los que dejaba caer la toalla temporalmente, estaban ahí para decirme, ¡adelante, tú puedes!.


Así como aquellas rutas complejas me desviaban y nuevamente me llevaban a mi trayecto, también me mostraban el oasis, la playa, el campo, escenarios que nos reencontraban y compenetraban mucho más. Sabíamos que el eclipse no era eterno, el astro rey nuevamente se dejaría ver, y las nubes algún día se cansarían de llorar, y nos regalarían un degradé en siete colores, acompañado de un prado verde y flores multicolor.

El tiempo y la distancia pasan a un segundo plano cuando se trata de una verdadera amistad. No sólo son mis amigas, las considero hermanas, las quiero infinitamente y recuerden que mi puerta siempre se encontrará abierta, ustedes no necesitan llave para ingresar. Si los problemas se convierten en truenos una madrugada y los malos recuerdos asfixian el presente, siempre estaré para ustedes, nunca lo duden. Las quiero infinitamente amigas.
martes, agosto 23 |

EQUILIBRIO

Mis pensamientos parecían niños en el kindergarden a la hora del recreo, saltaban, corrían y jugaban en mi cabeza sin que pudiera detenerlos. Necesitaba que se sentaran y me escucharan, o por lo menos se quedaran quietos para que al fin la tranquilidad que tanta falta me hacía me permitiera tomar decisiones postergadas.

¿El mar?, ¿Por qué no los llevo a la playa?, sé que después de gastar energía, terminarán cansados y cerrarán sus ojos para dormir. Tomé el bus más cercano y me dirigí al lugar que sabía podría despejar mi mente. La melodía del vaivén de las olas al rozar entre sí, y el aroma salino equilibraban mis pensamientos y clarificaban las respuestas.

No era un día cualquiera, era especial, las paredes blancas ya no eran mi cárcel, ahora tenía pinceles y una paleta de colores, sólo tenía que elegir qué hacer y cómo hacerlo. Me dije: ¡manos a la obra!, y lo primero que dibujé fue una puerta para salir de ahí.

Caminé admirando los colores que veía alrededor, matices que fotografié con mis pupilas para llenar el tintero de la inspiración que se encontraba vacío. El sonido ambiental era la mejor sinfonía que acompañaba cada paso que daba.

Todo el peso que llevaba sobre mis hombros se redujo considerablemente, y podía respirar sin sentir que me asfixiaba. Ahora veía el cielo nítido y los rayos del sol me acariciaban, a lo que yo correspondía con una sonrisa, aquella que el espejo hace mucho no me devolvía.
viernes, agosto 12 |

SUEÑO DESPIERTA

Y la tarde moría, al igual que ella, el cansancio era cada vez más aplastante y sólo quería ver la oscuridad para regresar a casa y recostarse en lo que encontrara más próximo.


Últimamente sus fuerzas habían disminuido y llegado un momento no le respondían las extremidades, inclusive sentía los párpados pesados la mayor parte del tiempo y sólo buscaba un lugar donde cobijarse y olvidarse de todo lo que tuviera pendiente.

La noche era el analgésico perfecto, pero era una lástima que su efecto durara algunas horas, ya que al día siguiente debía continuar pese a no tener del todo cargadas las baterías; sin embargo tenía que hacer un esfuerzo desmedido para levantarse de la cama y continuar con la lista de pendientes que llegaban en fila.

Hace algunos días el sonido de las conversaciones en voz alta, los tacones acelerados y el timbre de celulares y teléfonos la atormentaban, pero ahora los escuchaba más lejanos, parecían provenir de la oficina que se encontraba al final del pasillo. Se sentía más aliviada al no tener que soportar el ruido molesto que ahuyentaba a su sueño. Aquel que esporádicamente le susurraba al oído alguna que otra canción instrumental.

Se preguntaba ¿qué sucedía?, hace tiempo las energías comandaban cada una de sus acciones, pero ahora se sentía caer y no quería ponerse de pié, sino encontrar la silla más cercana y descansar. ¿Vitaminas?, fueron una alternativa, pero no hacían efecto, ¿el estrés?, no había mucha presión últimamente en el trabajo, ¿la nostalgia?, hace tiempo no recordaba cosas tristes y mucho menos lloraba, ¿qué era entonces?, ¿qué le estaba quitando lo poco que le quedaba de fuerza?.

¡Quiero dormir!, se dice a sí misma, pero debe esperar que el viernes se despida para sentir la comodidad de un colchón que la extraña y no la quiere soltar. Algunas horas, sólo algunas horas para dar la bienvenida al día de la libertad temporal.

Pese a todo, ella tiene una duda, hace mucho que no recordaba sus sueños, ahora sólo escenas esporádicas aparecen en sus recuerdos, pero no logra esclarecer de qué tratan exactamente, pero desde que sus fantasmas regresaron, le quitaron lo que la mantenía de pié, “las ganas de seguir”.
jueves, agosto 11 |

DETRÁS DE LA CORTINA

Subía las escaleras con el cansancio sobre su espalda, eran las siete de la mañana y sólo deseaba tener su cama en frente. Mientras pensaba en recostarse y dormir un rato, alguien bajaba rápidamente por las escaleras, era un chico que no había visto antes y por la ropa que usaba podría tratarse de algún abogado o administrador de alguna empresa, no lo sabía y tampoco quería adivinar en ese momento en el que el sueño era su único acompañante que la conducía a su habitación.

Llegó, cerró las cortinas y dejó que Morfeo la abrazara entre sus sábanas. Era complicado trabajar por las noches y a la vez estudiar en las tardes, pero debía hacerlo para pagar sus gastos y deudas que tenía pendientes. Sólo debía acostumbrarse a la rutina y a tomar todo con calma, porque sólo sería temporal.

Era medio día y la mala noche le cobraba la factura. Se bañó y se fue a almorzar para luego dirigirse a la universidad. Trataba de mantenerse despierta pero las palabras del profesor eran el mejor somnífero a esa hora de la tarde.
Para su buena suerte el catedrático que dictaba la siguiente clase no había llegado y todos podían irse a sus casas. Ella se dirigió a la biblioteca y sacó algunos libros que necesitaba para realizar una monografía que debía presentar en un par de días y que por el trabajo no había podido terminar.

Sus amigos la animaban para que se quedara pero aunque ella quisiera, el deber la llamaba y no podía salir del esquema que había elaborado para cumplir con todo lo que se había propuesto durante el día. Llegó a su departamento y comenzó a leer y resumir lo más rápido que pudo hasta que la hora le indicó que era momento de alistarse para salir a la chamba.

Se maquilló y guardó su ropa en una mochila, bajó rápidamente por las escaleras y lo encontró nuevamente, era el mismo joven de la mañana, pero lucía algo preocupado y triste. Ambos sonrieron y continuaron sus opuestos caminos.
Ella subió al carro que la esperaba afuera y miró por la ventana el cuarto piso, la luz del departamento que había estado desocupado por algún tiempo se prendió. - Él es el nuevo vecino- se dijo a sí misma. Era de los chicos intelectuales, y esos lentes lo convertían no en el aburrido nerd, sino en el interesante letrado. Era guapo, pero no estaba dentro de sus expectativas.


Cambió la dirección de sus pensamientos y se enfocó en la larga noche que tenía en frente.
Llegó al club, y sacó su disfraz del bolso. Se terminó de arreglar cuando escuchó su pseudónimo por el micrófono. Se miró por última vez al espejo y tomó el antifaz. Caminó hasta el escenario y los aplausos y silbidos le dieron la bienvenida a Débora, la sexy colegiala, enfermera o lo que ellos quisieran que fuera.

Poco a poco las diminutas prendas cayeron al compás de una música que armonizaba el ambiente, los movimientos sensuales dejaban boquiabiertos al público masculino, pedían más, gritaban y dejaban los billetes sobre el escenario y otros se los entregaban directamente para recibir como pago una coqueta sonrisa.

El baile erótico y pole dance eran las arma que usaba para deleitar a los presentes y ganar muy buenas propinas que sumado a su sueldo le permitían cumplir algunos de sus caprichos. Después de finalizada su presentación, se retiró acompañada de ovaciones y piropos. Ella era la más joven del grupo de bailarinas, y últimamente se había convertido en la más pedida.

Las luces, el tabaco y los tragos eran elementos imprescindibles cada noche en ese lugar, el cual había ganado popularidad porque no se trataba de un club nocturno de mala muerte como muchos, sino de uno con estilo al que acudían caballeros que buscaban salir de la rutina y olvidarse de sus esposas celosas y de sus jefes exigentes, necesitaban compañía y algo de diversión.

Las horas transcurrían y el alba indicaba que era momento de regresar. Se cambió y el mismo carro que la recogió de su casa el día anterior la fue a dejar. Bajó y subió las interminables escaleras y nuevamente lo encontró, está vez más alegre mientras hablaba por celular. Ambos sonrieron nuevamente y continuaron con sus caminos.

La rutina se mantuvo por un par de meses hasta que una noche algo cambió. Ella pidió su día libre para descansar, fue de compras y al llegar lo encontró sentado en las escaleras, la tristeza en sus ojos era profunda. Ella se acercó y le preguntó qué sucedía, él esquivamente le respondió con un nada.
No quiso interrumpir, además no se consideraba sor Amanda para cuidar de un hombre, prosiguió su ruta con dirección a su departamento y dejó las bolsas de las compras sobre los muebles. Prendió la tele y calentó algo que había sobrado del almuerzo. De repente el timbré sonó y ella se dirigió a la puerta. Era el chico de la escalera.


- Se cayó tu DNI - dijo –
- Gracias, me salvaste de una
- De nada… para algo debo de servir
- ¿Qué tienes?, estás con toda la depre sobre tus hombros
- Huevadas… nada que no se pueda solucionar, mañana estaré mejor
- Siempre hay un mejor mañana
–sonrió- tú eres el único que puede cambiar el estado en el que estás, ¡vamos!, ánimo, no te derrumbes, la vida es una como para alborotarte la cabeza por estupideces
- Sí que eres súper optimista
- Es una de mis muchas virtudes
- Ya veo… bueno… me voy a las cuatro paredes de mi claustro
- ¡Tranquilo monje!, ¿por qué no hacemos algo? Dentro de un rato prepararé la cena, ¿por qué no me acompañas?, de paso evito que alguien se suicide
- ¡No es para tanto!
- Así tengo un lugarcito a lado de San Pedro
- Está bien



Arturo parecía ser un chico solitario, y los últimos acontecimientos en su vida lo tenían devastado. La suerte no estaba de su lado. Por el contrario, Amanda estaba cumpliendo varios de sus objetivos trazados, la fortuna sí que la acompañaba.
El joven había perdido su trabajo como asesor del área de imagen de una empresa, su mejor amiga le había serruchado el piso y ahora estaba pateando latas. Tenía algo ahorrado que temporalmente lo podría ayudar, pero cuanto antes debía conseguir un nuevo empleo para pagar sus gastos. Y si fuera poco, de regreso al departamento le robaron su celular y laptop. Desempleado e incomunicado eran los mejores regalos que había recibido ese día.
Luego que Arturo le contó todo el royo de la oficina, ella le comentó sobre sus estudios pero evitó mencionar su trabajo nocturno. Él le preguntó que siempre la veía irse arreglada por las noches a lo que ella respondió que trabajaba de mesera en un casino.

El vino los había relajado y estaban satisfechos con la comida, Amanda no sólo era muy buena en el baile, sino en la cocina. A sus 24 años, la vida la había golpeado muy fuerte, había hecho cosas que en su adolescencia jamás pensó. Perdió a verdaderos amigos y se separó de su familia. Esporádicamente los visitaba, sólo cuando el tiempo era condescendiente con ella.

Llegaron al tema amoroso, Arturo no quiso hablar mucho al respecto, solo que actualmente tenía problemas como toda pareja, ella también se limitó a un estamos bien.
Las horas transcurrían y Arturo se iba soltando un poco más, ya no se sentía prisionero, por el contrario, el reo había salido de la cárcel de los problemas y se sentía como un ave que podía volar libremente sobre el prado de la esperanza.

De casualidad la copa de vino cayó sobre su camisa y pantalón. Ambos rieron por lo ocurrido y ella le ofreció un trapo para secarse. Arturo se dirigió al baño para intentar sacar la mancha de la camisa blanca, el pantalón era negro por lo que sería más fácil de disimular.

Amanda lo fue a ver para ayudarlo y lo que encontró le gustó mucho. Una anatomía de luchador espartano muy bien pulida en mármol. Él se percató de su presencia y sonrió. Ella hizo lo mismo.

- ¿Te ayudo? –preguntó –
- No gracias, puedo solo, no te preocupes
- No seas tímido, estamos entre vecinos
- ¡Qué considerada y atenta!
- Así soy yo, ¡muy atenta a los requerimientos!
- No quiero incomodar, es mejor que me vaya, ya hice mucho estropeando la cena
- ¡Pero si no has hecho nada!, se limpia y asunto terminado, por el contrario, lo sucedido fue la cereza para el pastel
– se acercó y le susurró – con lo que disfruto comer la cereza al final.

Arturo la miró asombrado, la chica se había convertido en una felina dispuesta a sacar las garras para atrapar a la presa que había caído en su trampa. Entendió que el DNI fue el anzuelo que ella lanzó y que él inocentemente había picado. La mirada de deseo que reflejaba la insinuante mujer le estremeció el cuerpo, incluso sintió miedo, se sintió extraño. Trataba de encontrar las palabras precisas para apartarla y escapar del lugar, pero conforme los minutos transcurrían, la loba se acercaba más.

- Es algo tarde y mañana debo buscar trabajo. Te agradezco por la cena, lo pasé muy bien.
- ¿Tarde?

Se aproximó hasta quedar a centímetros de distancia. Los primeros botones de su blusa estaban desabrochados y dejaban casi al descubierto los dotes que no necesitaba mejorar con cirugía. Arturo evadía la conversación, así como la imponente y ardiente mirada de Amanda.
De pronto ella sonrió burlonamente, lo miró con ternura y le dijo: Era una bromita Arturo, sé que no juegas en esta cancha.
Él se quedó mudo y la miró avergonzado, se sintió descubierto.

- Despreocúpate, que no soy una mojigata que se escandaliza. Tengo varios amigos guapos que no están interesados en chicas.
- ¿De qué estás hablando?
- No soy tonta
- ¿Cómo lo supiste?
- Soy muy intuitiva y me di cuenta desde que te vi. Además el mundo es muy chico.
- ¿Alguien te lo dijo?
- Mejor dicho… me lo confirmaron
– sonrió -.
- Me descubriste. Pero no eres la única que oculta algo ¿o me equivoco?
- ¿Tú qué crees?
- Que ese trabajo de mesera es…
- … mi antifaz
–contestó-.
viernes, agosto 5 |

FIN DEL CAPÍTULO

El amor, calidez, locura y entrega. Quienes realmente nos enamoramos conocemos el significado de entrar a ese mundo de ensueño, que a veces se transforma en un infinito invierno, el cual tarde o temprano termina. Como dijo un amigo (qué será de él), después del eclipse vemos el sol, y tuvo razón al decirlo, ahora le doy la razón.
Hace algunos días conversaba con una vieja amiga, mi mejor amiga, y me contaba una de sus tantas historias. Pero esta vez la noté distinta, no estaba triste como la última vez que habló sobre el “tipo ese”. Sentía la frialdad en sus palabras, la resignación, había decidido voltear la página y nada ni nadie la haría cambiar de opinión. Sabía que había hecho mucho, dejó su orgullo de lado y no continuaría haciéndose más daño.
Las cartas, regalos, fotos, mensajes de texto y número telefónico irían directo a la máquina trituradora del olvido, y, en una bolsa negra asfixiaría cada detalle que le impedía continuar con su decisión de dejar el pasado en su lugar.
Las baladas ya no serían la melodía que acompañaría su llanto cada noche. Sus ojos están secos ahora y sabe que es momento de dejarlo ir.


“Hoy dejo el cementerio de los recuerdos y me quito el luto por un amor que no está junto a mí. Soy la viuda que ya no llora. Ahora tengo el corazón como una roca y me repito que está de más desempolvar viejas fotografías que no tienen futuro, y por lo tanto, es mejor dejarlas en el álbum. Si tus besos eran fuego, la despedida fue el hielo que se encargó de enfriarlos, sí con tus caricias tocaba el cielo, hoy sólo son recuerdos de hojas secas sobre mi piel.
El dolor se desvaneció y sólo quedó un profundo vacío en mi interior. Antes tu recuerdo me acompañaba, y ahora que obligué a mi mente borrarte completamente, he quedado sola, sin tristeza ni alegría, he caído a un pozo y solo veo oscuridad a mi alrededor.
La cascada de palabras no fluye cuando pronuncio tu nombre, ya no eres la tinta de mis cartas, eres un desconocido que tiene un rostro conocido. Ya no me inspiras, ya no siento amor ni odio, ninguno de los extremos de esta línea emocional se ha posicionado.
Estoy en medio, en medio de un dilema, ¿dejar de sentir o volver a vivir, sabiendo que puedo sufrir?. Veo la luz verde del semáforo, y voy a cruzar la pista sin mirar atrás.”



Te conozco y estoy segura que será la mejor decisión. Y como dice la canción… él es el que perdió.
miércoles, agosto 3 |

YO NO SÉ MAÑANA II

A pedido de una gran amiga escribí la continuación.


Me miro al espejo por última vez y me acomodo el cabello detrás de la oreja, pregunto ¿quién es? y una voz conocida responde, trago saliva y vacilante tomo la manija de la puerta. Sé que estoy a punto de traspasar la barrera que me encargué de construir cuando dijiste adiós.

Miles de preguntas danzan en mi cabeza y me es imposible encontrar las adecuadas para romper el frío e incómodo silencio que presiento nos acompañará al inicio de esta velada.



El velo cayó, y nuevamente te encuentras frente a mí, no has cambiado mucho, tu cabello está un poco más largo pero tus brillantes ojos avellana mantienen la misma intensidad al mirarme. Sonríes y te acercas a saludarme, trato de mantenerme distante pero mi fortaleza se desmorona al sentir el cálido y prolongado abrazo.


No puedo ser un bloque de hielo cuando estás a milímetros de mis labios, el silencio no es tan molesto como imaginé. Ya no escucho la lluvia y el motor de los carros se oye cada vez más distante. ¿Estás aquí o es otro más de mis sueños?, me pregunto a mí misma.


Un molesto sonido me despierta, el sol no ha salido y el cielo permanece gris, triste e indiferente. Tomo una taza de café, miro el calendario y suspiro.
viernes, julio 29 |

YO NO SÉ MAÑANA

Las manecillas del reloj se ríen al percatarse de la impaciencia que me embarga porque presiento que un furtivo y esperado reencuentro está a la vuelta de la esquina.

El café se mantiene tibio sobre la mesa y la ventana está cerrada para evitar que los fríos recuerdos ingresen al cálido ambiente de mi habitación.

Miro alrededor y todo permanece en su lugar, para mí nada ha cambiado, no sé tú, pero yo, conservo cada pieza como si fuera la última vez.

Los protagonistas de la fotografía que está en el velador sonríen porque esperan que el presente matice un pasado que ha dejado en escala de grises el retrato.

Observo a través de mi ventana el cielo cubierto de escarcha plateada e intento encontrar alguna forma conocida, mientras espero que la luna se despida. De pronto el sonido del timbre aceleró mis latidos y desordenó las palabras que tenía preparadas.

El frío recorre cada parte de mi cuerpo conforme me dirijo a la puerta, aquella que se ha convertido en una barrera de naipes al saber que tú estás detrás de ella...
martes, julio 12 |

UNA NOCHE PARA RECORDAR

Todos los fines de semana ella se ausentaba de la rutina para estar consigo misma. No era antisocial pero siempre trataba de encontrar espacios para dejar volar su imaginación y huir temporalmente de la realidad. Solo se dejaba acompañar por un papel y un lapicero.


Se sentaba en la mesa de siempre y pedía un trago, mientras tanto un grupo de poetas declamaban y otro grupo de bohemios mantenía una tertulia interesante.

Por su parte, mantenía su atmósfera de anti indeseados, al estar una chica sola en un bar, era blanco perfecto para algún solitario que buscara compañía. Pero solo bastaba un “no” rotundo y una mirada fulminante para evadir a cualquier persona que intentara desconcentrarla de su punto focal que la inspiraba a escribir. La noche, la música y el ambiente le daban carta abierta a su creatividad y no dudaba en explayarse hasta sentir adormecidos los dedos de tanto escribir.

A lo lejos, Lucas no dejaba de observarla cuando no tenía bebidas por preparar. Él era el barman y la había visto un par de veces, pero no había tenido la oportunidad de hablar con ella, o mejor dicho no se atrevía a acercarse porque sabía de los desplantes que aquella peculiar mujer le hacía a los lobos que merodeaban. Sin embargo esa noche se aproximó a dejar el pedido de la escritora. Ella solo agradeció y continuó bajo el dominio de la prosa. Parecía poseída por las palabras, no podía detenerse hasta terminar la idea que se construía en su cabeza y que ella con sus palabras le daba forma.

Pasado un largo tiempo, soltó el lapicero, miró el reloj y tomó un sorbo de la bebida, dejó en la mesa la copa y la observó detenidamente, la mezcla de colores y texturas merecían ser parte de la historia que escribía.
Lucas, al ver la actitud de la dama pensó que no estaba conforme con el pedido y le preguntó si todo estaba bien. Ella alzó la mirada, asintió con la cabeza y sonrió. Por primera vez había visto la expresión de alegría y ternura reflejada en su rostro. Dio media vuelta y se fue detrás de la barra.
El mesero trajo otro pedido de la mujer quien siempre variaba de bebida y Lucas se encargaba de preparar lo mejor posible el elixir que esperaba rompiera ese muro de concreto que sentía los separaba.

Ya había pasado un mes y él solo la había visto cuatro veces en aquel bar, era como el punto de encuentro al que ambos asistían, pero ninguno de los dos daba luz verde para iniciar una conversación. Sin embargo, la quinta semana algo cambió, todo tuvo sentido y las piezas que faltaban encajaron a la perfección.

Aquella noche de invierno, el lugar reventaba de gente y Lucas no tenía tiempo de observar a la joven, solo por esporádicos momentos la miraba pero estaba contra el tiempo porque los pedidos eran cada vez más. La gente entusiasmada escuchaba a los poetas. “La Noche es mía” ya había comenzado y algunos escritores y poetas relataban y declamaban sus mejores obras. El ambiente era inspirador, el aroma a incienso, la música y los versos acompañaban el ambiente.

Aplausos y performances estaban en la carta aquella noche, viernes 13, día de brujas para algunos. Muchos parecían poseídos por la temática que representaban la cual parecía real, inédita, increíble. Todos los viernes eran místicos, exóticos y las conversaciones interpretativas.

De pronto se escuchó una voz que daba la bienvenida a un nuevo integrante, pocos eran los avezados a pararse frente al público y desafiar su inspiración, dejando palabras suspendidas en el ambiente y frases tatuadas en la mente de los presentes.
Pero ahí estaba ella, mirando al público que aplaudía y esperaba escuchar la esencia de aquella mujer en palabras.

Lucas se desocupó de la larga jornada nocturna, miró a la mesa de siempre pero la chica ya no estaba, de pronto una voz femenina llamó su atención. Volteó al escenario y la vio.

En ese momento Melisa comenzó.

Aquellos ojos zafiro detienen el tiempo y me sumergen en la profundidad del mar de la confusión, y si pensé en algún momento el dejar que la inspiración sea mi guía en cada palabra que escribía, solo bastó verte aquella noche para descartar la idea de abandonar mi única pasión.

Veo tu silueta acercarse y me pregunto si aquella historia que he construido se puede concretar, sin embargo freno de golpe porque mientras permanezcas en mi mente todo es perfecto, pero si te materializo corro el riesgo de desnudar mi alma y quedar expuesta a una daga directa al corazón.

Gracias a la coincidencia que ha sido nuestra carta de presentación no conocemos más de la apariencia, solo somos rostros que tratamos de descifrar el interior de un perfecto desconocido emocional. Puedo imaginar, claro que lo puedo hacer, dejar volar episodios que mi mente inventa para hacer más cómodo el viaje de mi vida, pero todo es tan subjetivo, se desvanece rápidamente cuando mis pies sienten el piso.

Sin embargo en mis sueños eres nítido, y fácil de reconocer entre la multitud, imposible que pases desapercibido con aquel garbo al caminar que destaca entre todo aquel que se encuentra a tu lado. Pero a veces creo que mis ojos pueden jugarme una mala pasada y solo se trate de un holograma que he idealizado.

Aquella tarde cuando llovían hojas doradas, y el viento jugaba con mi cabello, me pregunté si la casualidad algún día nos reencontraría. Te extraño y es difícil entender por qué, al no existir un lazo que nos una todo es muy confuso. Pareciera como verte a través de una ventana opaca, solo podía distinguir formas y colores pero no veía tu rostro con claridad.
¿Y si en el pasado nuestros caminos se cruzaron?, podría ser la explicación del por qué siento conocerte o solo se trate de otro rayo de inspiración que inventa emociones para convertirlas en prosa.

Lucas sonrió y ella continuó.

Fuimos dos personajes en este breve relato, pero realmente somos algo más intenso, mucho más complejo que dos personas que fingen ser desconocidos para darle protagonismo a una historia. Eres lo mejor que he vivido durante todo este tiempo, llegaste no como el turista que se interesa temporalmente por un lugar, sino como el extranjero que se enamoró y dejó todo para quedarse aquí.

Gracias por ser mi copiloto, mi sous chef, mi coprotagonista, mi editor en el largo libro de mi vida, eres la tinta para continuar escribiendo en nuestro cuento infinito y la paleta de matices que le da color a mis días grises que muchas veces me impiden ver la primavera.
No eres el príncipe encantado y tampoco el quijote de la mancha, simplemente eres tú y lo que sentimos nuestra única verdad, cada episodio vivido es un ladrillo más para edificar la fortaleza del amor, que muchas veces ha soportado los temblores, maremotos y tifones de nuestras discusiones.

Contigo no necesito un as bajo la manga porque ya conoces todas mis jugadas gracias al traslúcido vestido de la confianza. Entre nosotros no hay caretas ni maquillaje que oculten los errores, ya que las cicatrices están ahí para recordarnos lo hirientes que pueden llegar a ser las palabras.

Nos conocimos hace cinco años en un pequeño bar, yo buscaba encontrarme conmigo misma, pero tú me hallaste primero. Desde aquel día somos uno solo, tú el yang y yo el yin, opuestos, pero perfectamente complementarios.

Feliz aniversario Lucas, mi único y eterno amor.

Melisa alzó la copa y todo el público imitó ese gesto, se pusieron de pie y la aplaudieron. Ella bajó del escenario, donde él la esperaba rebosante de alegría. Un beso selló la impecable performance.
miércoles, junio 29 |

COCTEL PARA DORMIR

Pese a escuchar las campanadas a lo lejos, mis pecados permanecen dormidos, no se inmutan frente al sonido imponente que a los pocos segundo se detiene, para dar lugar a una larga charla que no escucharé porque seguiré ausente, pese a que mi cuerpo continúa tendido sin sentir frío ni calor.


Sólo observo mi ventana, las cortinas danzan al ritmo del viento y el sol se despide para dar paso a la soberana de la noche. Desvío por un momento la mirada y me doy cuenta que pese a cambiar la forma, el fondo continúa igual. Si la rutina era aquella piedra en el zapato, a veces se convertía en mi aliada, pero ahora me es indiferente, está ahí pero me da la espalda.


Me detengo en la estación para esperar el tren que me lleve de regreso, pero ya no está, se fue hace mucho, soy la única sentada en aquella banca y no sé qué camino tomar. De pronto la neblina, el silbido del céfiro y la lluvia se apoderan del lugar y confunden mis sentidos. No veo con claridad la calle que debo seguir, y tampoco siento algún aroma conocido que me pueda guiar, solo escucho la sinfonía del viento que me escarapela la piel y el sabor salado de mis lágrimas mezclado con el agua me recuerdan que nada está bien.

Abro los ojos y aquí estoy, nada ha cambiado, solo fueron escasos minutos en los que pude dormir para olvidar que aún permanezco en este lugar. No importa cuántas veces trate de huir mentalmente, porque la realidad me traerá de vuelta y me abofeteará para despertarme y mirar con más claridad la mentira en la que se ha convertido toda mi vida.


El dolor de cabeza se ha intensificado y una pastilla no es suficiente, necesito más, no importa cuántas deba tomar para calmar la migraña que me tiene postrada como una enferma terminal. Ahora necesito descansar, pero el tiempo se hará eterno hasta conseguir calmarlo, y por lo tanto agrego al coctel de pastillas un par más para dormir, pero apuesto por adicionar otras dos más para asegurarme un efecto rápido.

La música es relajante y me acompañará en este camino al silencio total. Ahora me siento mejor, ya todos los sonidos se escuchan lejanos y cada minuto que pasa son mucho más distantes, incluso el timbre del celular se acopla a la melodía que escucho en ese momento que me es difícil identificar.


Sonrío porque al fin conseguí que mi mente quede en blanco. No sé por cuánto tiempo, ojala que sea para siempre.
viernes, junio 24 |

FIN DE SEMANA

Ella: ¡Se terminó!, estoy cansada de la misma situación todo el tiempo
Él: ¡Ahora yo tengo la culpa!, todo lo que digo te parece mal
Ella: ¡Necesito mi espacio!. He tratado de explicártelo pero no entiendes o no quieres entender.
Él: No nos vemos todo el día y dices que no te doy espacio. ¡Por favor!, solo son pretextos para terminar. ¿Por qué no lo aceptas?
Ella: No se trata de pretextos sino de ti, llamadas a cada instante, mensajes a cada minuto y si tengo alguna reunión te pones en un plan de enamorado celoso y controlador. ¡Basta!.
Él: O sea, preocuparme por ti me convierte en un desesperado por saber cómo te va o qué haces. Y acaso no tengo motivos para ponerme celoso si ese tal Augusto te come con la mirada.
Ella: No inventes cosas que no existen, es un compañero de trabajo y tengo que verlo todos los días porque trabajamos en un proyecto. ¿Qué esperabas? ¿Qué coordinemos vía facebook?
Él: ¡No lo tomes a la broma porque no estoy jugando!.
Ella: ¡Yo tampoco!, ¿lo ves?, discutimos todo el tiempo y las cosas no pueden seguir así, nos hacemos más daño cada vez que peleamos.
Él: Te amo y no quiero perderte, prometo que todo va a cambiar.
Ella: He perdido la cuenta de esa frase y lo mejor será dejar todo hasta aquí. No quiero que pienses que hay otra persona en mi vida porque no es así. Solo necesito estar sola.
Él: ¡Por favor!, estás llevando todo está muy lejos. Podemos solucionar nuestras diferencias, ¿por qué tomas el camino más fácil?
Ella: ¿Crees que la decisión que he tomado es fácil?. Te equivocas… no tienes la mínima idea de la que significa terminar con nuestra relación.
Él: No parece que te importara mucho.
Ella: ¡Es suficiente!. Espero que reflexiones y te des cuenta de la realidad de las cosas. Adiós.

Andrea estaba aburrida de la rutina, su relación se había tornado monótona y él ya no la sorprendía con aquellos detalles que empleó para conquistarla, es por eso que necesitaba respirar y retomar su vida de soltera. Y qué mejor que tomar un merecido fin de semana lejos de todo y todos, buscaba estar sola y una excelente alternativa la tenía en bandeja de plata.



Llegó a la playa, un oasis en el desierto de su vida, el hotel tenía una excelente vista al mar y la comida y habitación eran de primera clase pese a no ser el hospedaje más lujoso del pueblo. Dejó sus cosas y se dirigió con rumbo incierto, solo se dejaba guiar por sus pies. Llegó a un lugar apartado y se echó sobre la arena, miró el impecable cielo azul y se quedó dormida.
Pasados algunos minutos una fuerte risa la despertó, se trataba de una pareja joven, ella corría y él la alcanzaba para abrazarla y caer juntos en la arena, ya tendidos sobre ésta, le acomodaba el cabello y se fundían en un prolongado beso. Al ver este tierno cuadro, efímeramente recordó los mejores momentos de su relación y sintió un poco de envidia, suspiró, cogió sus cosas y se fue del lugar.




Caminó un poco hasta llegar a un establecimiento donde vendían helados, se sentó y tarareó la canción que en ese momento escuchaba por la emisora mientras esperaba su pedido. Luego de algunos minutos llegó “la parejita melosa” como le puso ella. La chica se acomodaba el pareo y el joven se acercó a pedir un par de helados, él volteaba para sonreírle y la muchacha le correspondía. Ambos parecían vivir en un mundo donde el resto no existía.




Andrea trató de cambiar el rumbo de sus pensamientos para evitar recordar los mejores pasajes con su ex. Pagó y se fue del lugar con dirección al hotel donde tomó un refrescante baño y después caminó por el pueblo para comprar algo que le llamara la atención. Sus ojos se posaron sobre un vestido tejido blanco, se sintió muy fresca al probárselo y decidió usarlo esa noche que esperaba sea inolvidable. El ambiente cálido y las caras anónimas la hacían sentirse cómoda y segura porque nadie la conocía. Caminó algunas cuadras más y compró un par de botellas de agua mineral.



Regresó al hotel y se dio con la sorpresa de ver solo al encantador joven, tenía sus maletas y pedía una habitación, pudo percatarse que el celular sonaba pero él no contestaba. Mientras proporcionaba sus datos, ella tomó la llave de su habitación y se dirigió a ésta. Al poco tiempo escuchó que alguien entraba al cuarto contiguo. Se preguntó por algunos segundos ¿qué habría pasado?, pero el sueño la venció. Tomó una larga siesta hasta que la noche le dio la bienvenida.




Se arregló y salió a tomar un trago. Mientras escuchaba buena música un chico muy atractivo se acercó, ambos instantáneamente congeniaron y bailaron un par de horas. Ella estaba muy animada porque se divertía como hace mucho no lo había hecho, se sentía libre y no tenía que rendir cuentas a nadie.




El joven se fue al baño y ella a los pocos minutos hizo lo mismo para sorprenderlo en la puerta y continuar con su noche divertida, pero se quedó pasmada al verlo inhalar un polvo blanco. Se dio media vuelta y abandonó el lugar, felizmente en sus escasos segundos de lucidez se dio cuenta de lo que estaba haciendo.




Se sacó las sandalias y caminó a orilla de playa hasta llegar al hotel, subió las escaleras y en el pasillo lo vio, aquel chico fumaba un cigarro y tomaba una pequeña botella de cerveza. No quiso interrumpir y entró sigilosamente a su habitación. En ese preciso instante el joven lanzó una pregunta al aire.
- ¿Por qué son así?
- ¿Disculpa?
- Cuando uno se preocupa más por ustedes nos mandan al diablo
- ¿Por qué dices eso?
- Definitivamente ¿quién las entiende?. No sé qué es lo quieren
- Soy la menos indicada para responder esa pregunta
- Lo que creí sería el mejor fin de semana se convirtió en el peor. Ojalá fuera tan fácil como decir borrón y cuenta nueva
- No sé qué decirte… pero intenta despejar tu mente, ¿por qué no vas a la fiesta en la playa? No está nada mal
- ¿Si está tan buena como dices por qué estás aquí?
- Porque estoy cansada
- No sabes mentir
- La verdad es que no me sentía cómoda y me retiré
- Te sentías sola, por eso regresaste
- El que está solo eres tú
- Tienes razón, ambos estamos solos. Para mí sería muy fácil ir a la fiesta y agarrarme a cualquier flaca pero sería lo más estúpido en estas circunstancias.
- Eso dices ahora, pero todos tarde o temprano terminan cayendo
- Tú lo has dicho: tarde o temprano todos terminamos cayendo, olvidaste incluirte.
- Me refería a ustedes, los hombres
- Interesante concepto general el que tienes de nosotros, súper directa, no eres de las que se dejan conmover por un hombre solo, triste y abandonado
- No soy de las que se dejan convencer fácilmente
- ¿No crees que es muy temprano para irse a dormir?
- Algo…
- Si te animas a tomar un trago con un tipo que no tiene la mínima intensión de ligarse a una desconocida usando como excusa el rompimiento con su ex, estaré en el bar del hotel. De lo contrario si no te vuelvo a ver, suerte en todo.
- Gracias, lo tendré en cuenta



Andrea entró a su habitación y escuchó pasos que se alejaban del pasadizo. Se recostó sobre su cama e intentó dormir pero aquel ofrecimiento la despertaba una y otra vez. Después de quince minutos decidió aceptar la invitación.




Bajó al bar, miró a todos lados y no lo encontró, esto la molestó un poco. De pronto escuchó la voz del mesero pidiendo un whisky para el joven que se encontraba en la piscina. A lo lejos lo observó recostado sobre una silla bajo la luz de la luna, caminó algunos pasos y sentó en la silla de al lado.
- Veo que te animaste
- Así parece




Conversaron amenamente, ninguno de los dos mencionó a su ex porque estropearía esa mágica noche que recién comenzaba. Tragos iban y venían y el bloque de hielo se fue derritiendo poco a poco. Ya no eran dos desconocidos, sino dos solteros algo decepcionados del amor que esperaban encontrar a alguien que pudiera llenar ese vacío que temporalmente sentían. Estaban propensos a caer frente a una sutil caricia o un inocente roce de labios. Ninguno de los dos aceptaba que la atracción que sentían era mutua y que el deseo con el transcurso de las horas se incrementaba.




Faltaba poco para que amanezca y Andrea se levantó de la silla para retirarse a su habitación pero su peso la venció y cayó encima de David. Ambos rieron por lo sucedido y él la ayudó a ponerse de pié para acompañarla a su cuarto porque se podía tropezar subiendo las escaleras. Pidieron sus respectivas llaves y caminaron por el oscuro pasadizo que solo era alumbrado por la luz lunar. Ella se detuvo y suspiró.
- Creo que aquí termina la velada, la pasé muy bien, no eres tan aburrido como pensé
- Y tú no eres tan frívola como imaginé
- No todos son lo que aparentan
- Tarde o temprano terminamos cayendo ¿no fue lo que dijiste?




Ella sonrió luego de escuchar el comentario que sarcásticamente hizo David, prefirió no responder porque terminaría perdiendo, solo se acercó para darle un beso de despedida en la mejilla y él jugando volteó el rostro. Ambos rozaron sus labios y sonrieron.
- No seas gracioso David, me voy
- Prometo que esta vez va en serio, no voy a voltear la cara
- No te creo
- De verdad




Nuevamente Andrea se acercó y él la abordó con un inesperado beso que terminó en la habitación de David.




Al despertar, la cabeza le daba vueltas y se sentía terriblemente cansada, miró la hora y se alarmó porque quedaba poco tiempo para tomar el bus que la llevaría de regreso a la ciudad, pero la más grande sorpresa se la llevó al verlo a su lado. De pronto todos los recuerdos de la noche anterior llenaron su cabeza de confusiones y dudas.




Se levantó de la cama, se vistió y salió en silencio del cuarto, miró por el pasillo pero no había nadie, así que rápidamente entró a su habitación, tomó un baño y salió a comer algo. Necesitaba pensar sobre lo sucedido, fue algo tan inesperado que hasta el momento no salía del shock.




Caminó por tiempo indefinido hasta acomodar cada uno de los recuerdos en orden cronológico. De pronto algo la dejó fría, muda, con ganas de ser tragada por el mar.
David caminaba muy feliz con la misma chica del día anterior, él tenía la misma actitud tierna y dulce con la que se suponía era su ex enamorada, ella pasó por su lado, para ver su reacción, pero él ni se inmutó con la presencia de Andrea. La trató como a una extraña, ni siquiera la miró. Se fue a su cuarto y alistó todas sus cosas porque faltaba una hora para que salga el bus.




Cuando ya tenía todo listo, salió de la habitación y entregó la llave al chico de recepción, y al voltear lo vio, él se acercó a la saludarla y ella esquivamente le correspondió.
- ¿Qué te pasa Andrea?
- A mi nada, ya me voy ¿no lo ves?
- Sí me doy cuenta, pero eso ya lo sabía, lo que no entiendo es el por qué de tu actitud
- ¿Mi actitud? Por qué primero no evalúas la tuya
- ¿Disculpa? Si mal no recuerdo la que salió en punta de pies fuiste tú
- ¿Por qué no vas a ver a tu enamorada? Debe estar esperándote
- ¿Mi enamorada? ¿Te has golpeado en la cabeza hoy día porque no entiendo nada?
- Ahora te dio amnesia
- ¡Espera! Ya me cansé de este jueguito, ¿qué demonios te sucede?
- Ya me tengo que ir
- ¡No! Antes quiero que me expliques
- Sé que lo sucedido anoche no tuvo importancia alguna para ti y bueno tampoco para mí, pero hubieras sido claro conmigo desde un inicio.
- ¿Cómo dices? ¿No significó nada?
Ambos quedaron en silencio hasta que una voz interrumpió la incómoda situación.
- David te estuve llamando pero tu celular estaba apagado, más tarde iremos a una playa que está a 10 minutos de aquí.
Andrea quedó estupefacta, ellos eran dos gotas de agua, idénticos. Ahora entendía el por qué de la terrible confusión y de lo estúpida que había sido.
- Veo que tienes una amiga, por qué no la llevas también, estaré en el hotel del frente con Melisa, ahí te esperamos
- Dentro de un rato voy
Andrea quería hacer un hoyo en la tierra y meterse ahí, pero era imposible, solo quedaba afrontar ese momento.
- Disculpa… mal interpreté todo
- Viste a Renato con su enamorada y pensaste que era yo ¿cierto?
- Sí… me siento terrible por lo que dije, por cómo te traté. No encuentro las palabras para arreglar todo esto, traspasé la línea
- Sí, tienes razón me hiciste quedar como un mentiroso, nadie me había tratado de esa manera tan brusca, he recibido golpes muy fuertes, pero tus palabras los superan de forma abismal
- Me voy, no tengo nada que hacer aquí, la fregué
- ¿Significó algo para ti lo que pasó anoche? ¿Sí o no?
- Sí
- Entonces… ¿podrás posponer tu pasaje para más tarde?
domingo, mayo 29 |

AQUÍ... ALLÁ...

Él: Ausente presencia que embriagas mi lucidez una vez más, mientras me deleitas con la sinfonía de volátiles palabras, que el céfiro de la realidad se encargará de desvanecer…

Ella: Interminables recuerdos danzan en mi cabeza y me extienden la mano para acompañarlos con una pieza, y a estas alturas del camino solo bailaremos el vals de los mejores momentos…

Él: Observaré el calendario para recordar la fecha que puso punto final a un capítulo inconcluso, y lo mejor será ignorar al reloj que nos mira impaciente…

Ella: No te pido una sonrisa, mis ojos ya han fotografiado la casual curvatura en tus labios, para inmortalizarla y llevarla conmigo en este largo viaje…

Él: Aún no te has ido, y ya te extraño hasta dolerme el pecho…

Ella: Tengo tanto que decir y las palabras naufragan en la lucha contra las olas del tiempo…

Él: Tomemos la última copa de vino y cuando termines no hagas ruido al cerrar la puerta… aléjate en silencio para que no arruines esta noche perfecta... Un último favor… acabemos con este cálido abrazo, antes que la despedida lo enfríe…
lunes, mayo 2 |

PESADILLA

Estaba muy cansada, los párpados me pesaban, ya no distinguía las figuras en el televisor y las voces eran cada vez más lejanas, así que apagué las luces, desconecté la TV y me dispuse a dormir porque me esperaba un día largo y tenía que aprovechar las pocas horas que quedaban para descansar.


No sé cuánto tiempo paso pero comencé a sentir frío, así que tomé mi sábana y me tapé hasta el cuello. Pese a tener los ojos cerrados podía ver con claridad mi habitación y todo lo que había en ella, esto me confundió un poco porque me sentía en el límite de lo real y lo imaginario. Minutos o segundos más tarde, no lo sé… algo jaló con furia mi sábana.

Me asusté pero luché contra esa fuerza extraña que no se materializaba. De repente una presencia a mi derecha me obligaba a voltear y verla, yo me resistía a hacerlo, sólo de reojo pude ver que se trataba de una silueta negra, era como una sombra que tenía fuerza sobre mi cuerpo, no me tocaba pero yo sabía que me enfrentaba a algo desconocido.


Intenté rezar para ahuyentar al ente que en ese momento me tenía prisionera, pero me era imposible articular palabra, porque éstas se ahogaban en mi garganta, así que solo atiné a coger mi celular para usarlo como luz y espantar a esa sombra que yo había catalogado de demonio, pero mi celular pese a estar cargándose, se encontraba apagado.

Era presa de la desesperación y todo intento por escapar y pedir ayuda era en vano. Cerré los ojos y pedí fervorosamente despertar de esa pesadilla en la que me encontraba. Finalmente todo quedó en silencio, había terminado.


Abrí los ojos y todo estaba igual, los ladridos y llanto de los perros en la calle tornaban más escalofriante aquella escena que me había dejado perpleja y llena de miedo. El ambiente gélido de mi habitación me recordaba cada instante de lucha que había vivido, no sé si en sueño, o en realidad.
viernes, marzo 25 |

POLILLAS REVOLOTEANDO EN MI BARRIGA

Te pregunté el por qué y no supiste qué responder, solo te escudaste tras las ramas de frases adornadas con palabras que ahora son hojas secas que el otoño se llevará.

¿Cómo olvidarte si fuiste la luz que el hielo de mi corazón necesitaba para nuevamente ver el arcoíris?, pero el verano se fue y el invierno se encargó de apagar ese rayo de luz, quedando los recuerdos como fotografías en blanco y negro. Ojalá fuera tan fácil como tomar un borrador y desaparecer cualquier marca de lápiz, pero escribiste con un vidrio todo lo vivido sobre mi piel.

Te extraño y me cuesta admitirlo, ¿qué hago?, si en cada verso de poesía las palabras riman con tu nombre y cada dibujo está pintado con el sepia de tus ojos. Me pregunto ¿cuánto tiempo tendrá que transcurrir para que no sienta que el corazón se me sale del pecho al escuchar tu voz por teléfono?, ¿algún día miraré el cielo y dejaré de sonreír al recordar lo torpe e inteligente que eres?, ¿será posible que por las noches deje de mirar a través de la ventana esperando tu regreso?.

Cierro los ojos y te imagino rodeando tus brazos por mi cintura y mirándome fijamente cómo si el tiempo se inclinara por respeto a este sentimiento y nos donara algunos segundos antes que tu imagen se desvanezca como el humo del incienso. Regreso a la realidad y percibo este vacío, me acuesto y abrazo a la soledad, hablo y el eco parece ser la mejor respuesta a la cruda realidad.

Las hojas del calendario cayeron y nuevamente colocas una vela más al pastel. ¿Un regalo?, algo material estaría fuera de contexto porque estás muy lejos y me pregunto ¿si tomar el teléfono y marcar tu número sería una buena alternativa?; sin embargo el semáforo prendió su luz roja, indicando que debo detenerme y analizar antes de actuar, ¿te acordaste de mi cumpleaños?, ¿escribiste algún mensaje preguntando cómo estaba?, no necesito minutos para pensar porque la respuesta es instantánea, un frio y monosílabo no.

La nostalgia y la ira se abrazan porque son los dos sentimientos que ahora despiertas en mí, ¿algo más?, ¿amor quizás?, no lo creo. La efervescencia de aquellos momentos finiquitó y lo que creí sería el comienzo de algo especial, se desmoronó como un castillo de naipes.
Las horas avanzan al compás de lo incierto y cada vez me pierdo más entre recuerdos que mi subconsciente revive, inyectando heroína a mis venas para huir de la realidad que estruja mi cuello sin piedad.

Sé que en algún momento serás tú el que camine bajo el cielo gris escuchando mi voz y te preguntarás ¿por qué esperaste tanto tiempo para contestar a la pregunta que te hice, la cual solo pudiste responder en mi ausencia.
viernes, febrero 18 |

LA DESPEDIDA

Pantalón verde, polo celeste, zapatos negros, caminaba aquel chico por el segundo piso de su facultad, llevando un folder con algunas hojas de la clase pasada y un lapicero. Siempre con una expresión de indiferencia, a veces la gente dudaba si saludarlo o pasar de frente ya que una respuesta de él era incierta. Todos los días a las ocho y media de la mañana llegaba a su aula, tocaba la puerta e ingresaba, no le importaba llegar treinta minutos tarde porque era el favorito del profesor.

Por otro lado, para ella, la puntualidad era una prioridad en su vida, de lunes a viernes su despertador era lo que más odiaba por las mañanas. Usaba solo unos jeans azules, zapatillas negras, un polo blanco y casaca azul para el frío que acompañaba al invierno que no quería despedirse. No era de las chicas que usaban tacones, no era su estilo. Llegando al laboratorio sacaba su guardapolvo porque era indispensable en cada clase de química.

El sol al medio día era insoportable, pero se acoplaba a las conversaciones, risas y bromas de los jóvenes sentados en las bancas del parque universitario. Andrea sacó sus lentes de sol y puso el guardapolvo en su mochila, de pronto el timbre de su celular le recordaba que tenía algo que hacer, cogió su mochila, se acomodó el cabello detrás de la oreja, guardó el celular y se despidió de sus amigas, quienes ya habían descifrado el contenido del mensaje de texto por la sonrisa inconfundible en su rostro.

No tuvo necesidad de llamarlo, Rodrigo la sorprendió tapándole los ojos, era típico en él, al igual que su sonrisa. Con un beso en la mejilla se saludaban, pero sus miradas eran cómplices de algo más. Conversaciones banales… ¿qué tal tu clase?, ¿alguna novedad?, la gente caminaba a su alrededor pero les eran totalmente indiferentes a extraños conocidos. Bajaron por las escaleras, riendo y jugando como dos adolescentes, él la despeinaba y ella lo empujaba.

Sentados bajo la sombra del árbol más grande, conversaban ignorando lo que sucedería más tarde, eso no importaba, el presente lo era todo. No sé si las rosadas mejillas de Andrea eran producto de alguna frase dulzona de Rodrigo o de la exposición al sol. Él deslizaba sus dedos por el cabello de la chica que lo volvía loco, aquella manera peculiar de hablar, caminar, reír y jugar. Ella descubría emociones y sensaciones viviendo experiencias nuevas con el amigo que era capaz de hacerla soñar, escribir, enojar, pero al mismo tiempo reír.

Lo que al inicio fue solo un fósforo encendido, se convirtió en una fogata que llenaba de calidez el espacio que albergaba a dos amigos que no necesitaban de palabras para definir lo que sentían. Ella, era la luz que dilataba sus pupilas y él, el frío que recorría su cuerpo con cada beso al saludar.

Durante la clase de biología, Andrea no podía olvidar las palabras de Candy, “¿Segura que solo te ve como amiga?, siempre te busca a la salida de clase, te escribe y te acompaña a tu casa, yo creo que tu amiguito de ojos dorados está enamorado de ti”. Mientras la profesora explicaba el Ciclo de Kreps, Andrea trataba de enlazar cabos sueltos, su cerebro no procesaba la idea de ser algo más.

Seis de la tarde salieron del salón, un codazo y guiñada de ojo por Candy señalando al primer piso, le indicaban que Rodrigo la esperaba, siempre con esa sonrisa que lo caracterizaba.
La risa cómplice de las amigas de Andrea enriquecía la idea que rondaba en su cabeza, difícil pensar en traspasar un límite, eran amigos y no se veía de otra forma con él, sin embargo la semilla estaba sembrada y lo que vendría después dejaría de ser un misterio porque el motivo que los separaría en un futuro pronto se concretaría.

Se habían conocido en primavera, ella necesitaba urgente imprimir un trabajo para la universidad y todas las cabinas de internet estaban ocupadas, pero para su buena suerte a una cuadra de la universidad había una cabina libre, así fue como se inició la amistad entre ambos, él trabajaba temporalmente ahí porque su amigo había viajado y lo estaba reemplazando, semanas después lo contrataron para trabajar medio tiempo. Desde la fecha ella frecuentaba ese lugar para imprimir sus trabajos o navegar por Internet.

Los meses pasaron, y el incandescente sol daba la bienvenida al verano, el cual prometía unas vacaciones inolvidables en la playa, caminar por la arena contemplando el atardecer mientras los jóvenes corrían tras una pelota que se divisaba a lo lejos.
Andrea estaba perdidamente enamorada de Rodrigo, por primera vez en su vida supo lo que era escribir poesía, los versos fluían como agua de manantial. A sus diecisiete un sentimiento indescriptible la invadía y neutralizaba toda respuesta de alerta frente a las posibles consecuencias, aquellas que se suscitaron un viernes por la noche.
La luna llena iluminaba el manto oscuro que cubría la ciudad, Rodrigo y Andrea se habían quedado en silencio, esquivaban miradas mientras una preguntaba quedaba suspendida en el aire.

- ¿Crees que una relación a la larga distancia funcione? – preguntó Rodrigo –
- No, ¿por qué me preguntas eso?
- ¿Recuerdas la beca?
- Hubiera querido que este día no llegara… ¿cuándo te vas?
- Tengo pasaje de ida y no de retorno – hizo una pausa - dentro de una semana viajo, pero antes de irme quiero que sepas que – fue interrumpido –
- No es un adiós sino un hasta pronto, por lo tanto, lo que tengas que decirme ahora me lo dirás cuando nos volvamos a ver.

Nuevamente el silencio se apoderó del momento, ella jugaba con su cabello y él miraba el cielo intentado encontrar las palabras para hacer de ese momento menos incómodo, era tarde y el ruido del motor de los carros se escuchaba más lejos conforme los minutos avanzaban. Ambos se miraron fijamente, solo unos escasos centímetros los distanciaban, ella volteó su rostro y le dio un beso en la mejilla, lo abrazó y le deseó lo mejor para su futuro. Andrea alzó el brazo y tomó un taxi, Rodrigo dio media vuelta y se fue.
lunes, febrero 14 |

EL ÚLTIMO SAN VALENTÍN

Gino miraba la pantalla de su laptop y por su cabeza transitaban las únicas dos decisiones detenidas frente a la luz roja de lo incierto. Tenía el dinero y solo bastaba dar un clic y comprar el pasaje. Miró el calendario y su mochila, se preguntó a sí mismo - ¿qué hago? -. No sabía si era el momento de tomar el avión que disminuiría la distancia entre el lugar que lo albergó por un año y el lugar donde su corazón anhelaba estar.

Después de algunas horas de viaje, la aeromoza anunciaba la llegada a Lima, Gino guardó su Ipod y esperó que el avión aterrizara. Las ventanas estaban empapadas por la intensa lluvia y el cielo nublado le daba una fría bienvenida. Él sonrió.
Llegó al hotel y tomó un baño. Miró a través de la cortina la luna llena que iluminaba el interior de su habitación. Cogió el celular y marcó el número que recordaba de memoria, timbró por algunos segundos y la contestadora le pidió que deje su mensaje, él colgó y se recostó sobre la cama. Sacó de su mochila una pequeña caja y la dejó encima de la mesa de noche porque no quería que se estropeara.
No había marcha atrás, ya estaba en Lima y faltaban algunas horas para el gran día.

Desde su ventana observó el día gris y los rastros de una fuerte lluvia de la noche anterior en las pistas y veredas. Se cambió de ropa, cogió la diminuta caja y salió de la habitación con rumbo que solo él conocía. Tomó un taxi y esperó.

Aquella casa no había cambiado pese a los años y Drako moviendo su cola y saltando le daba la bienvenida. Gino se sintió en casa, no porque fuera el lugar donde vivió, sino porque fue la casa que visitó en innumerables oportunidades, pero esto cambiaría si todo salía como él lo había planificado. No tuvo necesidad de tocar la puerta, ya que está se encontraba entreabierta.

La puerta de aquella habitación estaba abierta, la vio, tenía a la mujer más bella en frente, Sofía mirando el espejo terminaba de arreglarse, no se inmutó frente a la presencia de Gino, continuó dándole la espalda y solo el reflejo de él se plasmaba en el espejo.

Gino introdujo la mano en su casaca para sacar aquella cajita que cuidaba con recelo pero no la encontró, buscó en los bolsillos de su pantalón, sin embargo fue en vano. De pronto Sofía sacó una cajita de su cómoda, era la misma que Gino buscaba desesperadamente, pero la pregunta era ¿por qué ella tenía aquel regalo sin envolver?, abrió la diminuta caja y sacó el anillo, en ese momento Gino recordó todo.

No sabía si era el momento de pedirle matrimonio, habían estado un año lejos por motivos de trabajo. Gino tuvo que viajar a New York y le era difícil viajar con frecuencia a Lima, por otro lado, Sofía no podía dejar el trabajo que tenía en la ciudad. Gino debía hacer algo porque no quería que su relación se terminara. Así que no dudó y compró el pasaje.

En Lima le quiso dar una sorpresa pidiéndole matrimonio el mismo día de San Valentín. Al llegar a la casa, Drako lo recibió saltando y moviendo la cola, Gino subió por las escaleras hasta llegar a la habitación de Sofía, sin embargo no entró porque faltaba algo para hacer de ese momento inolvidable. Recordó que en el jardín trasero había un rosal. Retrocedió y se dispuso a bajar por las escaleras y tropezó cayendo hasta el primer piso, quedando inconsciente y posteriormente en estado de coma.

Faltaba un día para que cumpla un año en ese estado y según los médicos su cuerpo no resistiría más. El flashback de imágenes recreó el pasado. Gino entendió el por qué de la cajita en manos de Sofía, su espíritu se negaba a irse.

Por unos segundos se sintió mareado. El celular de Sofía timbró, cogió su cartera y salió con dirección al hospital. Gino había tenido un paro cardiaco y los médicos estaban haciendo todo lo posible para mantenerlo con vida. Ella llegó lo más rápido que pudo y entró a su habitación, él yacía conectado a un respirador artificial, su estado era crítico. Sofía le acarició el rostro y lo tomó de la mano, mientras el espíritu de Gino sentía cada caricia, se acercó a ella pero Sofía no podía verlo y mucho menos sentirlo. En ese momento una enfermera le dijo que era momento de irse.

Sofía llegó a casa y se recostó en la cama, sacó unas fotografías y recordó los mejores momentos que vivió con Gino, él la observaba y se sentía impotente de poder hacer algo. Se paró cerca de la ventana y observó a Drako, sonrió y bajó las escaleras.

Minutos más tarde Sofía escuchó a Drako ladrar y lo vio jugar solo, corría detrás de una pelota y se la entregaba a alguien que ella no veía. Cogió una casaca y bajó a su jardín trasero. - ¿Quién está aquí? – preguntó. Drako se echó dando vueltas en el césped, y la única persona que le había enseñado eso era Gino. Sofía se quedó inmóvil y una pregunta divagó - ¿Gino? -.

Drako movía la cola y saltaba frente a lo inexistente mientras Sofía lo miraba absorta, cerró los ojos y trató de unir la palma de su mano con lo que estuviera ahí si realmente había algo. En su interior anhelaba verlo, lo extrañaba demasiado. Gino hizo lo mismo y sus manos se encontraron y entrelazaron, Sofía abrió los ojos y lo vio, el tiempo se detuvo para ellos… se abrazaron.

Él cogió una rosa y sacó la diminuta caja con el anillo que tomó del cuarto de Sofía, la miró fijamente, le dijo lo mucho que la amaba y la extrañaba, así como también la pregunta que esperó hacer por un año.
- ¿Te casarías conmigo?
- Sí, acepto, siempre serás mi primera mejor opción
- Feliz San Valentín mi amor, mi corazón comenzó a latir por ti hace ocho años un 14 de Febrero, y hoy deja de hacerlo… a la misma fecha.

Se fundieron en un prolongado beso, ambos no querían que el momento terminara pero sabían que era la despedida. Sofía cerró los ojos y las lágrimas rodaron por sus mejillas. Gino puso su mano en el pecho de Sofía y le dijo: “Por siempre y para siempre en tu corazón”. Él sabía que era el momento, tomó el pañuelo que ella tenía atado en el cuello y le vendó los ojos, la besó por última vez y lentamente se separó de ella. Minutos más tarde Sofía se quitó el pañuelo y él ya no estaba.







miércoles, febrero 9 |

TUS VIEJAS CARTAS

Jugaba con el manojo de llaves mientras miraba el reloj en la muñeca izquierda, por su cabeza incontables recuerdos transitaban en la calle del pasado, los cuales se detenían con la luz roja del presente. Ella sabía que podía bajarse en la esquina y tomar el bus en la calle del frente que la dejaría a unas cuadras de su casa pero ese “algo” la incentivaba a esperar y llegar hasta el final.
Unas cuantas personas quedaban sentadas, algunas leían, otras conversaban por celular y un anciano cabeceaba, por su parte, ella trataba de alejar el eco de los recuerdos mientras miraba, a través de la ventana empapada de lluvia, a las pocas personas que caminaban por la vía pública, quienes se cubrían con paraguas mientras cerraban sus establecimientos de trabajo.
Faltando pocos minutos para llegar sintió aquella sensación de vacío en el estómago, tragó saliva y se acomodó el cabello. Bajó del bus y caminó algunas cuadras teniendo como única acompañante a la lluvia.
Se detuvo y contempló por algunos segundos la casa que tenía en frente, sonrió y sacó el manojo de llaves, buscó la llave que tenía las iniciales J&K, abrió la puerta e ingresó. Caminó hasta llegar a la sala, dejó su casaca en una silla y lo llamó, de pronto escuchó aquella inconfundible voz.
- Por un momento creí que no vendrías – dijo él –
- Lo mismo pensé, pero aquí estoy… ni yo misma lo creo – afirmó –
La luz tenue, velas en la mesa, dos copas y una botella de vino armonizaban el ambiente. Ella se sentía un poco incómoda pero intentó opacar los recuerdos con conversaciones banales. Él le ofreció una toalla.
- Dejaste algo de ropa, puedes subir y cambiarte, no quisiera que te resfríes por mi culpa –
- No te preocupes, solo mi cabello está mojado
Él siempre había cocinado muy bien, era un cheff extraordinario, no podía dejarse de lado esa gran virtud, lástima que los continuos viajes dañaran su relación. El trabajo de Katy fue el tema principal, él hubiera querido saber cómo se sentía ella. Sabía que con una cena no recuperaría el tiempo perdido pero esperaba que esa noche sea especial.
- Tiene buen gusto – dijo él –
- ¿Disculpa?, no entiendo – respondió -
- Lo digo por el anillo de compromiso
Katy sonrió y asintió. El iceberg poco a poco se derretía, el pasado no era tan malo si se recordaban los buenos momentos. Él sacó un álbum de fotografías y le contó sobre los viajes que había tenido y los lugares que conoció cuando viajaba en cruceros. Todo iba muy bien hasta que lo vio en una fotografía con aquella mujer. Su sonrisa se desdibujó de su rostro y se puso de pié. Agradeció la invitación pero era momento de irse. Él la tomó del brazo y le pidió que se quedara porque no quería perderla de nuevo.
- Gracias por la cena y el vino – dijo Katy -.
Katy dejó la invitación de su matrimonio con la llave de la casa sobre la mesa y abrió la puerta. Él no quería estropear la cena pero ella estaba nuevamente a la defensiva, así que sacó de un cajón unos sobres y los puso sobre la mesa, Katy no pudo articular palabra alguna, lo miró y tímidamente tomó cada sobre que contenía las cartas que ella le había escrito en muchas ocasiones.
- Mañana es un día muy importante, inicias una nueva vida con la persona que amas y aunque no forme ya parte de tu vida, sabes que siempre estaré aquí para ti.
La lluvia se había detenido y el silencio en la sala era sepulcral. Katy cogió su casaca y tomó la invitación que había dejado sobre la mesa y la rompió.
Si en algún momento Joaquín pensó que recuperaría a su hija, aquella posibilidad la veía remota, sintió que la brecha que los separaba se había prolongado. Katy se acercó a Joaquín, sonrió y le dijo:
- Mi padre no necesita de una invitación para llevarme al altar