lunes, septiembre 17 |

OSO PANDA


Todo se quedó en silencio. Llegó a su cálida habitación pero con la sensación de ausencia. Ya no sentía frio, la cena estaba servida, pero aún en su cabeza estaba el recuerdo de un abrazo prolongado que desafió a la gélida noche. Pudo sentir los latidos de un corazón que no le era extraño, por el contrario, le era muy familiar. La comida estuvo deliciosa como siempre y los trabajos pendientes de la oficina estaban sobre la mesa esperándola, pero ella ni los miró.

Las palabras que él le dijo, se repetían como eco en su cabeza. Aquel momento se había tatuado en su memoria, y la sensación de frio nuevamente regresó al imaginar que estaba sentada en aquel escalón angosto de una casa por la que pasó en muchas ocasiones.

Las rejas de la puerta dejaban una marca de sombra en el rostro de aquel chico como si fuera un antifaz, la luz amarilla del poste resaltaba el color de sus ojos, no tanto como el sol en cada atardecer, pero esa iluminación nocturna le daba un brillo especial que no le era indiferente.

Sacó de su cartera un par de hojas escritas a mano, dos letras distintas, dos historias que formaron un solo relato, dos personajes con distintos narradores que cambiaban a su antojo el destino que uno había elegido para el otro.

Mientras releía la historia escuchaba esa canción de Oasis que tanto le gusta. La imaginación puede llegar tan lejos y pasear a su antojo en los escenarios que ella elija. Nuevamente sonrió al recordar el abrazo de oso panda.

miércoles, septiembre 12 |

MOTIVOS PARA VIVIR


La sensación de asfixia la empujaba al abismo de la indecisión y las náuseas le impedían probar bocado porque el temor a vomitar podría despertar sospechas de que algo raro pasaba en la vida de Amelia. Quería gritar, llorar y tirar todo al piso sin motivo alguno. ¿Por qué no podía llevar una vida normal como las otras chicas?, lucían tranquilas, felices y completas, mientras que ella se derrumbaba sin una razón aparente y el vacío que sentía solo la debilitaba más, y la pregunta era por qué.

Aparentemente lo tenía todo, era una adolescente de dieciocho años con una hermosa familia, grandes amigos, un novio popular, una carrera universitaria en proceso; sin embargo, aquello que le faltaba solo había conseguido matarla lentamente. Probablemente la búsqueda de lo desconocido que ansiaba tanto sería el detonante que cambiaría la dirección de su monótona vida.

Despertó una mañana con deseos de liberarse para siempre de una atadura invisible que la detenía a hacer lo que anhelaba pero a la vez no conocía. Se cambió y fue hasta la playa, aún la neblina opacaba el camino y el frio le traspasaba la ropa.

Observó el mar detenidamente, como intentando descifrar algún código dibujado en la arena luego que el mar se retiraba, pero la huella era la misma. En una fracción de segundo la voz de una mujer la incitó a seguir el horizonte y lo hizo sin temor a ser devorada por las olas.

Una y otra vez sintió el sabor salino en los labios pero eso no la detuvo, solo un fuerte oleaje la tumbó. Amelia luchó con todas sus fuerzas pero el mar no la soltaba. Supo en ese instante que había muchas cosas que le faltaban hacer. Amar con locura, abrazar a quienes más quería, exponer en una galería sus cuadros, viajar a Europa, aprender italiano, escribir un libro, cantar en un escenario, tomar clases de teatro, pero nada se concretaría.

Amelia abrió los ojos, aún seguía en su cama pero ya no era la adolescente del sueño. Estaba al lado de un desconocido, trabajaba hace diez años en lo mismo, nunca viajó, jamás expresó sus sentimientos y todo trascurría al compás del reloj, siempre igual.

Esa mañana de agosto le dejó una carta de despedida al hombre que nunca amó, visitó a sus padres y los abrazó como cuando era una niña, renunció a su trabajo y viajó sin boleto de regreso. En Venecia se ganó la vida como pintora, escribió un libro autobiográfico que se vendió poco, aprendió italiano con la ayuda de un diccionario, cantó en algunos bares como pago de un cuarto pequeño pero acogedor, y por primera y única vez sintió que un hombre puede ser capaz de desnudarla con la mirada, seducirla con su voz y enamorarla con sus palabras. Supo que tenía muchos motivos para no morir viendo la vida pasar.
domingo, septiembre 9 |

INVISIBLE


Desperté y había mucha gente en mi cuarto, todos desordenaban mi habitación, se llevaban objetos personales y traían escritorios, sillas, computadoras, convertían el único espacio que es solo mío en lo que más odio, una oficina. Mi pared lila fue opacada por un ecran y los escritorios estaban llenos de pilas de oficios hipócritas con saludos cordiales a personas desconocidas. A lo lejos en una esquina mi mesita de noche, se veía tan gris, solitaria, ahí si que habían hojas con escritos sinceros, cálidos, verdaderos, sin máscaras.

Desmantelaban mi habitación y la transformaban en algo tan ajeno a mí, salí indignada de ese lugar y busqué a la persona encargada de todo este alboroto.  Inmediatamente una señora de edad con mirada pausada me dijo que mantuviera la calma, que no debía enojarme que por favor no despertara esa ira, no le dije nada y di media vuelta.

Buscaba un rostro conocido hasta que lo encontré sonriendo en una esquina, me abrazó y calmó ese incendio que se había desatado, nos miramos sin decirnos nada, él ya tenía que irse, nos despedimos con esos besos que dejan el sello de cariño en la mejilla, y no de aquellos roces superficiales cuando dicen chau.
Salí nuevamente de la habitación, ya no la sentía mía, era cualquier lugar menos el espacio donde podía charlar con el espejo. Miré la sala y ya no tenía el color verde que tanto me gusta, tres desconocidos cambiando el color de las paredes, ¿por qué? Todo era distinto, la gente hacía y deshacía a su antojo, pasaban por mi lado casi rozándome sin mirarme a los ojos.

Vi mi mamá y la señora amable salir de mi casa, las seguí. Mi madre no pronunciaba palabra alguna, estaba muy seria, su miraba opaca, sin embargo la mujer amable me decía que todo estaría bien.
Después de algunos minutos llegamos al hospital, creí que algo andaba mal. Un hombre vestido de blanco le dejó unos papeles sobre una mesa, mi madre los vio y se retiró, yo los tomé y se los quise entregar, pero la mujer octogenaria me detuvo y me dijo: no te preocupes, yo se los daré.

Inmediatamente todo se oscureció, caminé sola por un callejón que me aterraba, tenía frío y el miedo era el único abrigo que tenía esa noche. Escuché pasos acelerados y regresé a mirar, al frente tenía a una mujer parada frente a mí, su mirada destellaba odio, me empujó y la pelea comenzó. Caímos al suelo, era una lucha que no se detenía, no sabía cuando tiempo más soportaría, logré ponerme de pie cuando escuché la sirena de un patrullero o ambulancia, no lo sé. La mujer sacó un arma y poco a poco las imágenes perdieron color y nitidez, los gritos eran cada vez más lejanos, intenté abrir los ojos y vi como los disparos impactaron como dardos en el cuerpo de mi asesina.

A mi lado estaba aquel amigo de los abrazos sinceros, me sonreía. Entendí recién en ese momento, porqué nadie me veía.

HORMIGAS PANADERAS


Estaba en la parte posterior de un auto desconocido, a mi lado alguien que no tenía nada en común conmigo, era un simple espectador, al volante un chofer con terno y gorra, y a su lado una chica completamente ebria, hablaba algo que no entendía, yo solo la observaba, tenía un vestido bonito, no recuerdo el color pero era elegante, yo también usaba un vestido similar pero no me sentía cómoda usándolo, era como un disfraz. Trataba de recordar porqué estaba dentro de ese lujoso carro que nos llevaba a un lugar incierto; no había conexión entre los cuatro personajes que nos encontrábamos ahí, el silencio primaba entre la persona de mi derecha y el chofer, solo aquella muchacha parlanchina no se callaba.

El incómodo silencio se rompió cuando una canción de aquellas que me gustan, algo dulzonas, pasó por la emisora, “Y solo se me ocurre amarte”, de Alejandro Sanz, pude por fin desviar mis pensamientos de la conversación inerte de aquella chica. Lástima que solo escuché el coro, porque la programación fue interrumpida por la careta de entrada de un programa con corte político y económico, ¡qué demonios!, de mal en peor, pero ¿por qué en Radio María?, ¿acaso tenía lógica? Mientras trataba de ordenar las piezas de rompecabezas que tenía en frente, la muchacha sacó de su bolso un bizcocho, la resaca le pasaba la factura y tenía suficiente espacio en su cartera para algunos bocadillos del buffet.

De pronto el escenario cambió, ya no me encontraba en ese lujoso carro negro, sino dentro de una panadería, a mi lado mi hermano me mostró la mitad de un pan duro, por el que pagó tres veces su precio original. Miré a mi alrededor y las hormigas panaderas trabajaban amasando la harina sin detenerse, pese a recibir una migaja de sueldo, sonreían, no parecían molestos, creo que estaban acostumbrados.

Ahora me encontraba en la calidez de mi casa, prendí el televisor y la reconocí, era la misma voz de la mujer de la emisora, hablaba de lo mismo, los precios subían y todos debíamos afrontar esa realidad. Miré fijamente la pantalla y me transporté hasta el lugar de grabación. Vi la mesa llena de aquellos blandos bocadillos, esa gente no comía pan duro, pero si lo vendía al precio de su codicia. Lástima que nosotros si teníamos que engañar al estómago.
viernes, septiembre 7 |

ESPEJITO ESPEJITO


Esta noche no es fotocopia de ayer, ni antes de ayer. Cerré los ojos  y el silencio encapsuló mi habitación. Aún sentía el sabor de la manzanilla en los labios y el calor de la infusión me abrazó, por fin mis manos dejaron de ser dos bloques de hielo.

Releí algunas frases escritas en un viejo diario, conversé después de mucho tiempo con el espejo que todas las mañanas me miraba mal humorado, como esperando que le preste atención. Esta noche tenía una cita con él.

“¡Cuanto tiempo sin saber de ti!, me has abandonado por ¿el trabajo?, ¿los estudios?, ¿los amigos?, esos serán los pretextos más próximos que saldrán de tus labios”, fue lo primero que me dijo. Me conocía muy bien, por algo nos contamos todo, es el único que me da las respuestas que no quiero escuchar, pero que finalmente me susurra al oído.

Conoces los motivos y estaría de más enumerarlos, pero sabes que en el fondo no me olvido de ti. Basta con cerrar los ojos y bloquear esos pensamientos ásperos que rozan mi memoria para desconectarme y dedicarme solo a ti.
A veces quisiera intercambiar de lugar y ver desde aquella perspectiva, sabes que en muchas ocasiones no es fácil, pero sigo tus consejos, esos que son top secret, sonríes, y eso me gusta, recordaste algo, eso debe ser.

¡Te cuento, oh sorpresa!, relatos ajenos llegaron a mi buzón por casualidad, tenía remitente pero no destinatario, no importa, los leí hasta que el último trago de esa rica infusión en mi taza rayada me enfrío el cuerpo.
Las manecillas del reloj no martillan mi cabeza de noche, solo lo hacen a la luz del día, cuando todos corren, hablan rápido como si fueran robots programados  por un mismo sistema. Me han instalado la versión de prueba, pero mi sistema no es compatible, ¿o será el virus de la libertad? ¿Tú que dices? Te noto cansado espejito, espejito, yo también lo estoy.

Hoy nuestro nuevo amigo, el remitente inesperado nos acompañó en nuestra conversación, sus relatos acariciaron las cuerdas del arpa de la inspiración que temporalmente quedó guardada en ese viejo baúl que no me gusta.

Fue una noche interesante, diferente, relajante, me gustó conversar contigo. No me ausentaré, pero tampoco lo prometo.