jueves, diciembre 8 |

LA ÚLTIMA DESPEDIDA

Todo estaba en silencio, incluso la vecina de al lado había dejado los regaños a su adolescente hijo para más tarde, y el octogenario del departamento del frente no escuchaba sus boleros marchitos. Incluso el rottweiler del joven más atractivo del edificio estaba satisfecho con el almuerzo y no se inmutaba con la presencia de extraños.


Camila podía dormir la siesta tranquila, sin ser interrumpida por los inquilinos que vivían cerca. Cerró las cortinas, pero dejó las ventanas abiertas para que el viento acariciara su rostro mientras se entregaba a los brazos de Morfeo. Después de una larga semana trabajando sin detenerse ya era momento de apagar el celular y olvidarse temporalmente de los asuntos de la oficina.

El ruido del motor de un auto la despertó. Pudo ver el cielo azabache lleno de escarcha plateada. Había perdido la noción del tiempo, la siesta se había prolongado más horas de las que ella pensó, pero no importaba, era viernes. El fin de semana le mostraba una lista interminable de lugares a los que podía ir, cumpleaños, discotecas, bares, conciertos, pero ninguno de ellos la tentaba lo suficiente como para dejar la comodidad de su casa. Además el sábado tenía un compromiso al que no podía faltar y lo mejor era mantenerse relajada.

Preparó la tina, prendió algunas velas aromáticas, colocó un disco de música clásica, se sirvió una copa de vino y se recostó en el jacuzzi. Jugaba con la espuma mientras seguía el compás de la melodía que escuchaba. Era placentero engreírse, como ella misma decía: sí yo no lo hago, ¿quién lo va a hacer?.
Después de media hora se puso una toalla y fue a su cuarto, prendió su celular y encontró un par de llamadas perdidas de un número que desconocía. No se preocupó mucho, ya que si era importante, volverían a llamar. Inmediatamente tocan el timbre, era Rocío, su compañera de trabajo, necesitaba con urgencia unos documentos.

Conversaron algunos minutos, ya que el esposo de ella la esperaba abajo y Camila aún estaba en toalla. Se despidieron, y al cerrar la puerta, Camila olvidó preguntarle si había sido ella quien llamó por la tarde, pero era lo más seguro, ¿quién más podría ser?.

Llenó la tetera y prendió la hornilla. El timbre nuevamente sonó, ¿ahora qué pasó?, dijo mientras abría la puerta. Se quedó en silencio, ¿era espejismo o realidad?, ¿era un recuerdo materializado?, ¿era un viaje del pasado al presente?. Fuera lo fuera estaba frente a ella, no con la sonrisa burlona de siempre, ni la mirada confusa.

- Hola – dijo él –


Una palabra tan corta e indiferente intentó romper la barrera de hielo que los separaba. No hubo alguna muestra de afecto, un abrazo o un beso, simplemente un “hola”, tan lejano para dos personas que en algún momento fueron uno sola pieza.


- ¿Qué haces aquí? – respondió –


Una pregunta que traía consigo una cadena de respuestas inconclusas, de frases inventadas, de sentimientos reprimidos, de decisiones obligadas o postergadas.


- Fui un idiota
- ¿Recién te das cuenta?


El ambiente estaba tenso, ella no lo dejaría ingresar a la sala y él no pretendía irse hasta que Camila lo escuchara.


Ella no podía perdonarle la infidelidad con su amiga. Según Arturo no tuvo importancia, todo fue producto del alcohol y del tiempo que ella le había pedido. Sin embargo eso no era pretexto para lo que hizo. El corazón de Camila quedó hecho trisas, caminó como un fantasma por varios meses. Él la buscó y le pidió perdón de mil maneras. Pero ya la había perdido, era absurdo continuar gastando energía y esfuerzo en algo que nunca volvería a ser igual.


Camila conoció a otra persona cuando viajó al extranjero por motivos laborales. Ese chico fue su consuelo, soporte, quién la ayudó a salir del hoyo en el que estaba metida. Fue en España donde ella se dio cuenta que Arturo no se comparaba con Daniel. ¿Por qué estuvo tanto tiempo con un tipo que no tenía planes en su vida?.
El español la deslumbró con su trato. Se sentía una princesa a su lado y no la última rueda del carro cuando él ponía de prioridad a sus amigos y las grandes reuniones que terminaban en borracheras. ¿Cuándo la tomó de la mano al caminar?, ¿cuándo la besó en frente de sus amigos?, ¿cuántas veces la dejó congelarse afuera del trabajo esperando a que él llegara?, y la lista no terminaba.


Sin embargo, pese a todo, ella estaba ahí con él, pero los excesivos celos provocaron que ella le pidiera un tiempo. Y eso fue el punto de quiebre, él no confiaba en ella, creía que tenía una aventura con su nuevo compañero de trabajo y fue el detonante para que entre comillas, le pagara con la misma moneda acostándose con su amiga.


Lo tenía en frente y todos los recuerdos corrían en la maratón del pasado. ¿Por qué había regresado? ¿la quería recuperar pese a todo lo que había sucedido?.

- No te cases
- ¿Qué has dicho Arturo?
- Él no te haría ni la mitad de feliz de lo que yo puedo, dame la oportunidad
- Escúchate Arturo, es absurdo lo que estás diciendo. Tengo todo listo para mi matrimonio, ¿crees que lo dejaría todo por ti?
- Sí, sé que aún me amas


Ambos se habían dado un tiempo, no habían terminado, por lo tanto lo que hizo Arturo no tenía justificación. Si él no hubiera llegado tan lejos con aquella chica, las cosas podrían haber continuado entre ambos, pero él se excedió y creyó que ella nunca se enteraría, pero lamentablemente las paredes oyen y la travesura llegó a oídos de su enamorada.

- ¿Te vas a casar con un tipo que hace poco conoces?, ¿en qué demonios estabas pensando?
- ¿En qué diablos estuviste pensando cuando te levantaste a la flaca? ¿en nosotros?, no creo.
- No significó nada para mí, ya ni me acuerdo. Ella no tiene ni punto de comparación contigo.
- ¿Crees que eso me va a hacer sentir mejor?
- Lo que trato de decirte es que la fregué y quiero recuperarte. Te prometo que todo cambiará entre nosotros.


Arturo la abrazó fuertemente, traspasó la línea que Camila había trazado entre los dos. Ella percibió el aroma de su perfume. Un flashback de imágenes le recordaron los mejores momentos juntos. Se quedaron observando fijamente, la mirada misteriosa de él encerraba la noche, y la de ella encapsulaba el deseo. Camila se lanzó a los labios del hombre que había marcado su vida, él no dudó en corresponderle. Las prendas y la toalla cayeron en el pasillo con dirección a su cuarto.


Al día siguiente, Arturo se despertó con una sonrisa dibujada en el rostro. La había recuperado, era nuevamente el hombre más feliz de la tierra. La buscó, pero Camila ya no se encontraba en la cama. Él se cambió y caminó hasta la cocina. La encontró bañada y tomando una taza de café con unas tostadas. Se acercó para darle un beso en los labios, pero la respuesta de Camila lo dejó absorto.


- ¿Qué pasa Camila?
- Es tarde, es mejor que te vayas
- ¿Cómo dices?


Abrió la puerta y esperó de pié ahí. Arturo no entendía su actitud, ¿por qué se comportaba de esa manera? Él caminó hasta donde se encontraba Camila esperando que ella le explicara lo que estaba sucediendo.


- ¿Qué significó lo de anoche? ¿creí que todo estaba bien entre nosotros?
- ¿Has olvidado que soy una mujer comprometida?
- ¿Te vas a casar después de todo?
- La estilista está por llegar, me espera un largo día.


La tomó de los hombros y la sacudió con fuerza, ella lo abofeteó. Ambos se quedaron en silencio por algunos segundos que parecieron eternos.


- ¿Realmente pensaste que lo dejaría por ti? Sí que tienes la autoestima bien elevada
- Yo pensé… - lo interrumpió –
- ¿Pensar?, nunca piensas Arturo, todo lo haces por impulso.


Salió del departamento, la miró por última vez.


- En el fondo tú y yo somos iguales.
- Te equivocas, tú te acostaste con una extraña porque estabas borracho y reventando de rabia, en mi caso lo hice contigo porque me dabas lástima. Además no fue gran cosa, ya ni me acuerdo – sonrió -.
- Sólo te casas con él por despecho, estas dolida y tarde o temprano me buscarás, pero ya para ese entonces no estaré para ti, ¿entendiste Camila?. Además… - fue interrumpido -
- Gracias por la despedida de soltera.


Sacó un billete de la cartera y se lo tiró. Cerró la puerta y él bajó las escaleras.