martes, febrero 14 |

FEBRERO CATORCE

El aroma del amor se respira no solo en las florerías, sino en las perfumerías, tienda de regalos y en cada lugar que alberga a una pareja enamorada que no cuenta el tiempo, sino la intensidad de lo que ambos sienten y que se fortalece conforme los días caminan en el calendario de la vida. Sus miradas se encuentran en un parque, una cafetería, un salón de baile. El lugar pasa a un segundo plano cuando el momento posiciona su bandera en el terreno del amor.
Los detalles no se hacen de esperar. Ramos de rosas, tarjetas musicales, serenatas, cenas a la luz de las velas, paseos interminables e inmensos peluches forman parte del abanico de posibilidades que los eternos enamorados disfrutan. La cereza de San Valentín se siente en los labios con cada frase adornada de palabras sinceras disfrazadas con cada metáfora, que solo consigue avivar aún más la llama encendida en lo más profundo de nuestro ser.
¿Y la verdadera amistad?. También se celebra este día y no podemos dejarla de lado. Tiene la fortaleza de un diamante, la frescura de un prado, la libertad de un ave, la belleza de un jardín y la profundidad del océano. Amigos que a lo  largo de nuestra vida nos han acompañado cuando hemos reído y llorado, confidentes fieles que muchas veces han estado junto a nosotros desde la infancia, y otros los hemos conocido a lo largo del transcurso de los años.
Para todas las parejas y amigos un Feliz 14 de Febrero. Y recuerden que no es necesario esperar hasta esta fecha para decir lo que uno siente y demostrar con hechos lo importante que la otra persona es para nosotros, porque nunca está de más, un te quiero, un te amo, un te extraño, un gracias, e infinidades de frases cortas que cuando se dicen de corazón tienen un impacto inolvidable para quien lo escucha.
lunes, febrero 6 |

DE LUTO

“¿Quién es la extraña reflejada en el espejo?. ¿Está cansada o triste?. Aún no identifico su expresión facial, ¿será derrota?, ¿miedo?. Se mantiene quieta y me mira fijamente esperando que diga algo. De pronto rompe en llanto, se arrodilla y se desahoga hasta dolerle el pecho. El reloj está de luto, las manecillas quedaron en silencio, el tiempo se ha detenido en aquella habitación plagada de recuerdos asfixiantes y remordimientos noctámbulos. Se pone de pie con cierto letargo y nuevamente clava su mirada en mí. Pero esta vez, su expresión es indiferente, desafiante, desconfiada. Esa sí soy yo.” Era el monólogo que se repetía como una cinta de audio todos los días. Aunque la puerta de su departamento se mantenía abierta, no podía escapar de los recuerdos, porque estaban encadenados a ella. Los fantasmas no la dejaban dormir, conversaba con la chica del espejo cada noche, esperaba una respuesta, pero el silencio era lo único que recibía de aquella mujer. 

Natalia veía su sangre caer a chorros, sentía que perdía la conciencia, la paz regresaba a ella, la tranquilidad invadía su alborotado ser y los recuerdos no martillaban su cabeza. Sin embargo el efecto de aquellas pastillas no era eterno. Despertaba tendida sobre el piso, gélido como sus sentimientos e inerte como su corazón. 

Miró alrededor los pedazos de vida que dejó caer como lepra. Caminó descalza hasta el balcón de su cuarto y divisó el cielo en picada. Todo terminaría si Natalia lo decidía. Las voces la empujaban y su poca voluntad la detenía. Sus ojos le mostraban el paraíso, cuando en realidad era el infierno. De pronto percibió un perfume conocido e inmediatamente inhaló la droga que la trasladó al pasado. 

Volvió a ver el cielo despejado, el arcoíris matizaba su vida y el sol alumbraba su camino. Aquella sonrisa detenía el tiempo y era imposible no dejarse encapsular por aquellos ojos dorados. El silencio en ese momento era el discreto confidente que los observaba, cuando no necesitaban de palabras para expresar lo que sentían. Bastaba una mirada para llenar de paz su corazón. Los miedos se desvanecían como humo de incienso dejando el aroma perfecto de libertad. Sabía que podía caminar con los ojos cerrados porque él nunca la dejaría caer al abismo. Era posible el amor con infinita intensidad. Un sentimiento libre de mentiras y prejuicios. No era dominante y mucho menos asfixiante. Se trataba de lealtad, respeto y confianza. Era total transparencia, pureza de corazón.

A veces Natalia le tenía miedo a tanta perfección, pero Rodrigo se encargaba de despejar esa tormenta de dudas. Las campanas danzaban y las flores perfumaban la iglesia. “Hasta que la muerte los separe”, dijo el sacerdote. Y así fue, una semana después, la única que los apartaría el uno del otro se concretó. Los dulces besos eran parte del pasado, y los mejores años juntos se quedaron escritos en un diario. 

El dolor de cabeza se había intensificado y los rostros sonrientes se convirtieron en figuras amorfas. La llama del amor se mantenía intacta, pero la vela lentamente se derretía consumiendo su vida. Era casi media noche y a lo lejos las luces multicolores adornaban los balcones ajenos, y los villancicos distorsionaban las voces en su cabeza. 

El peso de su cuerpo la venció, pero esta vez no sintió el piso. Unos cálidos brazos la sostuvieron y nuevamente aquel perfume la sedujo. “¿Qué hace Rodrigo aquí?”, se preguntó. Dejó la oscuridad y sus ojos le mostraron a un ángel. Natalia acarició el rostro del joven y pronunció el nombre que llevaba tatuado en el corazón, y él respondió tiernamente, “estarás bien”. 

Todos gritaban Feliz Navidad, alzaban sus copas e intercambiaban presentes. Pero el mejor regalo para ella, fue volver a ver aquella sonrisa inmortal.