lunes, febrero 6 |

DE LUTO

“¿Quién es la extraña reflejada en el espejo?. ¿Está cansada o triste?. Aún no identifico su expresión facial, ¿será derrota?, ¿miedo?. Se mantiene quieta y me mira fijamente esperando que diga algo. De pronto rompe en llanto, se arrodilla y se desahoga hasta dolerle el pecho. El reloj está de luto, las manecillas quedaron en silencio, el tiempo se ha detenido en aquella habitación plagada de recuerdos asfixiantes y remordimientos noctámbulos. Se pone de pie con cierto letargo y nuevamente clava su mirada en mí. Pero esta vez, su expresión es indiferente, desafiante, desconfiada. Esa sí soy yo.” Era el monólogo que se repetía como una cinta de audio todos los días. Aunque la puerta de su departamento se mantenía abierta, no podía escapar de los recuerdos, porque estaban encadenados a ella. Los fantasmas no la dejaban dormir, conversaba con la chica del espejo cada noche, esperaba una respuesta, pero el silencio era lo único que recibía de aquella mujer. 

Natalia veía su sangre caer a chorros, sentía que perdía la conciencia, la paz regresaba a ella, la tranquilidad invadía su alborotado ser y los recuerdos no martillaban su cabeza. Sin embargo el efecto de aquellas pastillas no era eterno. Despertaba tendida sobre el piso, gélido como sus sentimientos e inerte como su corazón. 

Miró alrededor los pedazos de vida que dejó caer como lepra. Caminó descalza hasta el balcón de su cuarto y divisó el cielo en picada. Todo terminaría si Natalia lo decidía. Las voces la empujaban y su poca voluntad la detenía. Sus ojos le mostraban el paraíso, cuando en realidad era el infierno. De pronto percibió un perfume conocido e inmediatamente inhaló la droga que la trasladó al pasado. 

Volvió a ver el cielo despejado, el arcoíris matizaba su vida y el sol alumbraba su camino. Aquella sonrisa detenía el tiempo y era imposible no dejarse encapsular por aquellos ojos dorados. El silencio en ese momento era el discreto confidente que los observaba, cuando no necesitaban de palabras para expresar lo que sentían. Bastaba una mirada para llenar de paz su corazón. Los miedos se desvanecían como humo de incienso dejando el aroma perfecto de libertad. Sabía que podía caminar con los ojos cerrados porque él nunca la dejaría caer al abismo. Era posible el amor con infinita intensidad. Un sentimiento libre de mentiras y prejuicios. No era dominante y mucho menos asfixiante. Se trataba de lealtad, respeto y confianza. Era total transparencia, pureza de corazón.

A veces Natalia le tenía miedo a tanta perfección, pero Rodrigo se encargaba de despejar esa tormenta de dudas. Las campanas danzaban y las flores perfumaban la iglesia. “Hasta que la muerte los separe”, dijo el sacerdote. Y así fue, una semana después, la única que los apartaría el uno del otro se concretó. Los dulces besos eran parte del pasado, y los mejores años juntos se quedaron escritos en un diario. 

El dolor de cabeza se había intensificado y los rostros sonrientes se convirtieron en figuras amorfas. La llama del amor se mantenía intacta, pero la vela lentamente se derretía consumiendo su vida. Era casi media noche y a lo lejos las luces multicolores adornaban los balcones ajenos, y los villancicos distorsionaban las voces en su cabeza. 

El peso de su cuerpo la venció, pero esta vez no sintió el piso. Unos cálidos brazos la sostuvieron y nuevamente aquel perfume la sedujo. “¿Qué hace Rodrigo aquí?”, se preguntó. Dejó la oscuridad y sus ojos le mostraron a un ángel. Natalia acarició el rostro del joven y pronunció el nombre que llevaba tatuado en el corazón, y él respondió tiernamente, “estarás bien”. 

Todos gritaban Feliz Navidad, alzaban sus copas e intercambiaban presentes. Pero el mejor regalo para ella, fue volver a ver aquella sonrisa inmortal.

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