viernes, febrero 18 |

LA DESPEDIDA

Pantalón verde, polo celeste, zapatos negros, caminaba aquel chico por el segundo piso de su facultad, llevando un folder con algunas hojas de la clase pasada y un lapicero. Siempre con una expresión de indiferencia, a veces la gente dudaba si saludarlo o pasar de frente ya que una respuesta de él era incierta. Todos los días a las ocho y media de la mañana llegaba a su aula, tocaba la puerta e ingresaba, no le importaba llegar treinta minutos tarde porque era el favorito del profesor.

Por otro lado, para ella, la puntualidad era una prioridad en su vida, de lunes a viernes su despertador era lo que más odiaba por las mañanas. Usaba solo unos jeans azules, zapatillas negras, un polo blanco y casaca azul para el frío que acompañaba al invierno que no quería despedirse. No era de las chicas que usaban tacones, no era su estilo. Llegando al laboratorio sacaba su guardapolvo porque era indispensable en cada clase de química.

El sol al medio día era insoportable, pero se acoplaba a las conversaciones, risas y bromas de los jóvenes sentados en las bancas del parque universitario. Andrea sacó sus lentes de sol y puso el guardapolvo en su mochila, de pronto el timbre de su celular le recordaba que tenía algo que hacer, cogió su mochila, se acomodó el cabello detrás de la oreja, guardó el celular y se despidió de sus amigas, quienes ya habían descifrado el contenido del mensaje de texto por la sonrisa inconfundible en su rostro.

No tuvo necesidad de llamarlo, Rodrigo la sorprendió tapándole los ojos, era típico en él, al igual que su sonrisa. Con un beso en la mejilla se saludaban, pero sus miradas eran cómplices de algo más. Conversaciones banales… ¿qué tal tu clase?, ¿alguna novedad?, la gente caminaba a su alrededor pero les eran totalmente indiferentes a extraños conocidos. Bajaron por las escaleras, riendo y jugando como dos adolescentes, él la despeinaba y ella lo empujaba.

Sentados bajo la sombra del árbol más grande, conversaban ignorando lo que sucedería más tarde, eso no importaba, el presente lo era todo. No sé si las rosadas mejillas de Andrea eran producto de alguna frase dulzona de Rodrigo o de la exposición al sol. Él deslizaba sus dedos por el cabello de la chica que lo volvía loco, aquella manera peculiar de hablar, caminar, reír y jugar. Ella descubría emociones y sensaciones viviendo experiencias nuevas con el amigo que era capaz de hacerla soñar, escribir, enojar, pero al mismo tiempo reír.

Lo que al inicio fue solo un fósforo encendido, se convirtió en una fogata que llenaba de calidez el espacio que albergaba a dos amigos que no necesitaban de palabras para definir lo que sentían. Ella, era la luz que dilataba sus pupilas y él, el frío que recorría su cuerpo con cada beso al saludar.

Durante la clase de biología, Andrea no podía olvidar las palabras de Candy, “¿Segura que solo te ve como amiga?, siempre te busca a la salida de clase, te escribe y te acompaña a tu casa, yo creo que tu amiguito de ojos dorados está enamorado de ti”. Mientras la profesora explicaba el Ciclo de Kreps, Andrea trataba de enlazar cabos sueltos, su cerebro no procesaba la idea de ser algo más.

Seis de la tarde salieron del salón, un codazo y guiñada de ojo por Candy señalando al primer piso, le indicaban que Rodrigo la esperaba, siempre con esa sonrisa que lo caracterizaba.
La risa cómplice de las amigas de Andrea enriquecía la idea que rondaba en su cabeza, difícil pensar en traspasar un límite, eran amigos y no se veía de otra forma con él, sin embargo la semilla estaba sembrada y lo que vendría después dejaría de ser un misterio porque el motivo que los separaría en un futuro pronto se concretaría.

Se habían conocido en primavera, ella necesitaba urgente imprimir un trabajo para la universidad y todas las cabinas de internet estaban ocupadas, pero para su buena suerte a una cuadra de la universidad había una cabina libre, así fue como se inició la amistad entre ambos, él trabajaba temporalmente ahí porque su amigo había viajado y lo estaba reemplazando, semanas después lo contrataron para trabajar medio tiempo. Desde la fecha ella frecuentaba ese lugar para imprimir sus trabajos o navegar por Internet.

Los meses pasaron, y el incandescente sol daba la bienvenida al verano, el cual prometía unas vacaciones inolvidables en la playa, caminar por la arena contemplando el atardecer mientras los jóvenes corrían tras una pelota que se divisaba a lo lejos.
Andrea estaba perdidamente enamorada de Rodrigo, por primera vez en su vida supo lo que era escribir poesía, los versos fluían como agua de manantial. A sus diecisiete un sentimiento indescriptible la invadía y neutralizaba toda respuesta de alerta frente a las posibles consecuencias, aquellas que se suscitaron un viernes por la noche.
La luna llena iluminaba el manto oscuro que cubría la ciudad, Rodrigo y Andrea se habían quedado en silencio, esquivaban miradas mientras una preguntaba quedaba suspendida en el aire.

- ¿Crees que una relación a la larga distancia funcione? – preguntó Rodrigo –
- No, ¿por qué me preguntas eso?
- ¿Recuerdas la beca?
- Hubiera querido que este día no llegara… ¿cuándo te vas?
- Tengo pasaje de ida y no de retorno – hizo una pausa - dentro de una semana viajo, pero antes de irme quiero que sepas que – fue interrumpido –
- No es un adiós sino un hasta pronto, por lo tanto, lo que tengas que decirme ahora me lo dirás cuando nos volvamos a ver.

Nuevamente el silencio se apoderó del momento, ella jugaba con su cabello y él miraba el cielo intentado encontrar las palabras para hacer de ese momento menos incómodo, era tarde y el ruido del motor de los carros se escuchaba más lejos conforme los minutos avanzaban. Ambos se miraron fijamente, solo unos escasos centímetros los distanciaban, ella volteó su rostro y le dio un beso en la mejilla, lo abrazó y le deseó lo mejor para su futuro. Andrea alzó el brazo y tomó un taxi, Rodrigo dio media vuelta y se fue.
lunes, febrero 14 |

EL ÚLTIMO SAN VALENTÍN

Gino miraba la pantalla de su laptop y por su cabeza transitaban las únicas dos decisiones detenidas frente a la luz roja de lo incierto. Tenía el dinero y solo bastaba dar un clic y comprar el pasaje. Miró el calendario y su mochila, se preguntó a sí mismo - ¿qué hago? -. No sabía si era el momento de tomar el avión que disminuiría la distancia entre el lugar que lo albergó por un año y el lugar donde su corazón anhelaba estar.

Después de algunas horas de viaje, la aeromoza anunciaba la llegada a Lima, Gino guardó su Ipod y esperó que el avión aterrizara. Las ventanas estaban empapadas por la intensa lluvia y el cielo nublado le daba una fría bienvenida. Él sonrió.
Llegó al hotel y tomó un baño. Miró a través de la cortina la luna llena que iluminaba el interior de su habitación. Cogió el celular y marcó el número que recordaba de memoria, timbró por algunos segundos y la contestadora le pidió que deje su mensaje, él colgó y se recostó sobre la cama. Sacó de su mochila una pequeña caja y la dejó encima de la mesa de noche porque no quería que se estropeara.
No había marcha atrás, ya estaba en Lima y faltaban algunas horas para el gran día.

Desde su ventana observó el día gris y los rastros de una fuerte lluvia de la noche anterior en las pistas y veredas. Se cambió de ropa, cogió la diminuta caja y salió de la habitación con rumbo que solo él conocía. Tomó un taxi y esperó.

Aquella casa no había cambiado pese a los años y Drako moviendo su cola y saltando le daba la bienvenida. Gino se sintió en casa, no porque fuera el lugar donde vivió, sino porque fue la casa que visitó en innumerables oportunidades, pero esto cambiaría si todo salía como él lo había planificado. No tuvo necesidad de tocar la puerta, ya que está se encontraba entreabierta.

La puerta de aquella habitación estaba abierta, la vio, tenía a la mujer más bella en frente, Sofía mirando el espejo terminaba de arreglarse, no se inmutó frente a la presencia de Gino, continuó dándole la espalda y solo el reflejo de él se plasmaba en el espejo.

Gino introdujo la mano en su casaca para sacar aquella cajita que cuidaba con recelo pero no la encontró, buscó en los bolsillos de su pantalón, sin embargo fue en vano. De pronto Sofía sacó una cajita de su cómoda, era la misma que Gino buscaba desesperadamente, pero la pregunta era ¿por qué ella tenía aquel regalo sin envolver?, abrió la diminuta caja y sacó el anillo, en ese momento Gino recordó todo.

No sabía si era el momento de pedirle matrimonio, habían estado un año lejos por motivos de trabajo. Gino tuvo que viajar a New York y le era difícil viajar con frecuencia a Lima, por otro lado, Sofía no podía dejar el trabajo que tenía en la ciudad. Gino debía hacer algo porque no quería que su relación se terminara. Así que no dudó y compró el pasaje.

En Lima le quiso dar una sorpresa pidiéndole matrimonio el mismo día de San Valentín. Al llegar a la casa, Drako lo recibió saltando y moviendo la cola, Gino subió por las escaleras hasta llegar a la habitación de Sofía, sin embargo no entró porque faltaba algo para hacer de ese momento inolvidable. Recordó que en el jardín trasero había un rosal. Retrocedió y se dispuso a bajar por las escaleras y tropezó cayendo hasta el primer piso, quedando inconsciente y posteriormente en estado de coma.

Faltaba un día para que cumpla un año en ese estado y según los médicos su cuerpo no resistiría más. El flashback de imágenes recreó el pasado. Gino entendió el por qué de la cajita en manos de Sofía, su espíritu se negaba a irse.

Por unos segundos se sintió mareado. El celular de Sofía timbró, cogió su cartera y salió con dirección al hospital. Gino había tenido un paro cardiaco y los médicos estaban haciendo todo lo posible para mantenerlo con vida. Ella llegó lo más rápido que pudo y entró a su habitación, él yacía conectado a un respirador artificial, su estado era crítico. Sofía le acarició el rostro y lo tomó de la mano, mientras el espíritu de Gino sentía cada caricia, se acercó a ella pero Sofía no podía verlo y mucho menos sentirlo. En ese momento una enfermera le dijo que era momento de irse.

Sofía llegó a casa y se recostó en la cama, sacó unas fotografías y recordó los mejores momentos que vivió con Gino, él la observaba y se sentía impotente de poder hacer algo. Se paró cerca de la ventana y observó a Drako, sonrió y bajó las escaleras.

Minutos más tarde Sofía escuchó a Drako ladrar y lo vio jugar solo, corría detrás de una pelota y se la entregaba a alguien que ella no veía. Cogió una casaca y bajó a su jardín trasero. - ¿Quién está aquí? – preguntó. Drako se echó dando vueltas en el césped, y la única persona que le había enseñado eso era Gino. Sofía se quedó inmóvil y una pregunta divagó - ¿Gino? -.

Drako movía la cola y saltaba frente a lo inexistente mientras Sofía lo miraba absorta, cerró los ojos y trató de unir la palma de su mano con lo que estuviera ahí si realmente había algo. En su interior anhelaba verlo, lo extrañaba demasiado. Gino hizo lo mismo y sus manos se encontraron y entrelazaron, Sofía abrió los ojos y lo vio, el tiempo se detuvo para ellos… se abrazaron.

Él cogió una rosa y sacó la diminuta caja con el anillo que tomó del cuarto de Sofía, la miró fijamente, le dijo lo mucho que la amaba y la extrañaba, así como también la pregunta que esperó hacer por un año.
- ¿Te casarías conmigo?
- Sí, acepto, siempre serás mi primera mejor opción
- Feliz San Valentín mi amor, mi corazón comenzó a latir por ti hace ocho años un 14 de Febrero, y hoy deja de hacerlo… a la misma fecha.

Se fundieron en un prolongado beso, ambos no querían que el momento terminara pero sabían que era la despedida. Sofía cerró los ojos y las lágrimas rodaron por sus mejillas. Gino puso su mano en el pecho de Sofía y le dijo: “Por siempre y para siempre en tu corazón”. Él sabía que era el momento, tomó el pañuelo que ella tenía atado en el cuello y le vendó los ojos, la besó por última vez y lentamente se separó de ella. Minutos más tarde Sofía se quitó el pañuelo y él ya no estaba.







miércoles, febrero 9 |

TUS VIEJAS CARTAS

Jugaba con el manojo de llaves mientras miraba el reloj en la muñeca izquierda, por su cabeza incontables recuerdos transitaban en la calle del pasado, los cuales se detenían con la luz roja del presente. Ella sabía que podía bajarse en la esquina y tomar el bus en la calle del frente que la dejaría a unas cuadras de su casa pero ese “algo” la incentivaba a esperar y llegar hasta el final.
Unas cuantas personas quedaban sentadas, algunas leían, otras conversaban por celular y un anciano cabeceaba, por su parte, ella trataba de alejar el eco de los recuerdos mientras miraba, a través de la ventana empapada de lluvia, a las pocas personas que caminaban por la vía pública, quienes se cubrían con paraguas mientras cerraban sus establecimientos de trabajo.
Faltando pocos minutos para llegar sintió aquella sensación de vacío en el estómago, tragó saliva y se acomodó el cabello. Bajó del bus y caminó algunas cuadras teniendo como única acompañante a la lluvia.
Se detuvo y contempló por algunos segundos la casa que tenía en frente, sonrió y sacó el manojo de llaves, buscó la llave que tenía las iniciales J&K, abrió la puerta e ingresó. Caminó hasta llegar a la sala, dejó su casaca en una silla y lo llamó, de pronto escuchó aquella inconfundible voz.
- Por un momento creí que no vendrías – dijo él –
- Lo mismo pensé, pero aquí estoy… ni yo misma lo creo – afirmó –
La luz tenue, velas en la mesa, dos copas y una botella de vino armonizaban el ambiente. Ella se sentía un poco incómoda pero intentó opacar los recuerdos con conversaciones banales. Él le ofreció una toalla.
- Dejaste algo de ropa, puedes subir y cambiarte, no quisiera que te resfríes por mi culpa –
- No te preocupes, solo mi cabello está mojado
Él siempre había cocinado muy bien, era un cheff extraordinario, no podía dejarse de lado esa gran virtud, lástima que los continuos viajes dañaran su relación. El trabajo de Katy fue el tema principal, él hubiera querido saber cómo se sentía ella. Sabía que con una cena no recuperaría el tiempo perdido pero esperaba que esa noche sea especial.
- Tiene buen gusto – dijo él –
- ¿Disculpa?, no entiendo – respondió -
- Lo digo por el anillo de compromiso
Katy sonrió y asintió. El iceberg poco a poco se derretía, el pasado no era tan malo si se recordaban los buenos momentos. Él sacó un álbum de fotografías y le contó sobre los viajes que había tenido y los lugares que conoció cuando viajaba en cruceros. Todo iba muy bien hasta que lo vio en una fotografía con aquella mujer. Su sonrisa se desdibujó de su rostro y se puso de pié. Agradeció la invitación pero era momento de irse. Él la tomó del brazo y le pidió que se quedara porque no quería perderla de nuevo.
- Gracias por la cena y el vino – dijo Katy -.
Katy dejó la invitación de su matrimonio con la llave de la casa sobre la mesa y abrió la puerta. Él no quería estropear la cena pero ella estaba nuevamente a la defensiva, así que sacó de un cajón unos sobres y los puso sobre la mesa, Katy no pudo articular palabra alguna, lo miró y tímidamente tomó cada sobre que contenía las cartas que ella le había escrito en muchas ocasiones.
- Mañana es un día muy importante, inicias una nueva vida con la persona que amas y aunque no forme ya parte de tu vida, sabes que siempre estaré aquí para ti.
La lluvia se había detenido y el silencio en la sala era sepulcral. Katy cogió su casaca y tomó la invitación que había dejado sobre la mesa y la rompió.
Si en algún momento Joaquín pensó que recuperaría a su hija, aquella posibilidad la veía remota, sintió que la brecha que los separaba se había prolongado. Katy se acercó a Joaquín, sonrió y le dijo:
- Mi padre no necesita de una invitación para llevarme al altar