miércoles, septiembre 12 |

MOTIVOS PARA VIVIR


La sensación de asfixia la empujaba al abismo de la indecisión y las náuseas le impedían probar bocado porque el temor a vomitar podría despertar sospechas de que algo raro pasaba en la vida de Amelia. Quería gritar, llorar y tirar todo al piso sin motivo alguno. ¿Por qué no podía llevar una vida normal como las otras chicas?, lucían tranquilas, felices y completas, mientras que ella se derrumbaba sin una razón aparente y el vacío que sentía solo la debilitaba más, y la pregunta era por qué.

Aparentemente lo tenía todo, era una adolescente de dieciocho años con una hermosa familia, grandes amigos, un novio popular, una carrera universitaria en proceso; sin embargo, aquello que le faltaba solo había conseguido matarla lentamente. Probablemente la búsqueda de lo desconocido que ansiaba tanto sería el detonante que cambiaría la dirección de su monótona vida.

Despertó una mañana con deseos de liberarse para siempre de una atadura invisible que la detenía a hacer lo que anhelaba pero a la vez no conocía. Se cambió y fue hasta la playa, aún la neblina opacaba el camino y el frio le traspasaba la ropa.

Observó el mar detenidamente, como intentando descifrar algún código dibujado en la arena luego que el mar se retiraba, pero la huella era la misma. En una fracción de segundo la voz de una mujer la incitó a seguir el horizonte y lo hizo sin temor a ser devorada por las olas.

Una y otra vez sintió el sabor salino en los labios pero eso no la detuvo, solo un fuerte oleaje la tumbó. Amelia luchó con todas sus fuerzas pero el mar no la soltaba. Supo en ese instante que había muchas cosas que le faltaban hacer. Amar con locura, abrazar a quienes más quería, exponer en una galería sus cuadros, viajar a Europa, aprender italiano, escribir un libro, cantar en un escenario, tomar clases de teatro, pero nada se concretaría.

Amelia abrió los ojos, aún seguía en su cama pero ya no era la adolescente del sueño. Estaba al lado de un desconocido, trabajaba hace diez años en lo mismo, nunca viajó, jamás expresó sus sentimientos y todo trascurría al compás del reloj, siempre igual.

Esa mañana de agosto le dejó una carta de despedida al hombre que nunca amó, visitó a sus padres y los abrazó como cuando era una niña, renunció a su trabajo y viajó sin boleto de regreso. En Venecia se ganó la vida como pintora, escribió un libro autobiográfico que se vendió poco, aprendió italiano con la ayuda de un diccionario, cantó en algunos bares como pago de un cuarto pequeño pero acogedor, y por primera y única vez sintió que un hombre puede ser capaz de desnudarla con la mirada, seducirla con su voz y enamorarla con sus palabras. Supo que tenía muchos motivos para no morir viendo la vida pasar.

1 comentarios:

Emilio Espinal dijo...

siempre hay motivos para aprender otro idioma, para salir al mar y para vivir queriendo morir incluso...