domingo, septiembre 9 |

INVISIBLE


Desperté y había mucha gente en mi cuarto, todos desordenaban mi habitación, se llevaban objetos personales y traían escritorios, sillas, computadoras, convertían el único espacio que es solo mío en lo que más odio, una oficina. Mi pared lila fue opacada por un ecran y los escritorios estaban llenos de pilas de oficios hipócritas con saludos cordiales a personas desconocidas. A lo lejos en una esquina mi mesita de noche, se veía tan gris, solitaria, ahí si que habían hojas con escritos sinceros, cálidos, verdaderos, sin máscaras.

Desmantelaban mi habitación y la transformaban en algo tan ajeno a mí, salí indignada de ese lugar y busqué a la persona encargada de todo este alboroto.  Inmediatamente una señora de edad con mirada pausada me dijo que mantuviera la calma, que no debía enojarme que por favor no despertara esa ira, no le dije nada y di media vuelta.

Buscaba un rostro conocido hasta que lo encontré sonriendo en una esquina, me abrazó y calmó ese incendio que se había desatado, nos miramos sin decirnos nada, él ya tenía que irse, nos despedimos con esos besos que dejan el sello de cariño en la mejilla, y no de aquellos roces superficiales cuando dicen chau.
Salí nuevamente de la habitación, ya no la sentía mía, era cualquier lugar menos el espacio donde podía charlar con el espejo. Miré la sala y ya no tenía el color verde que tanto me gusta, tres desconocidos cambiando el color de las paredes, ¿por qué? Todo era distinto, la gente hacía y deshacía a su antojo, pasaban por mi lado casi rozándome sin mirarme a los ojos.

Vi mi mamá y la señora amable salir de mi casa, las seguí. Mi madre no pronunciaba palabra alguna, estaba muy seria, su miraba opaca, sin embargo la mujer amable me decía que todo estaría bien.
Después de algunos minutos llegamos al hospital, creí que algo andaba mal. Un hombre vestido de blanco le dejó unos papeles sobre una mesa, mi madre los vio y se retiró, yo los tomé y se los quise entregar, pero la mujer octogenaria me detuvo y me dijo: no te preocupes, yo se los daré.

Inmediatamente todo se oscureció, caminé sola por un callejón que me aterraba, tenía frío y el miedo era el único abrigo que tenía esa noche. Escuché pasos acelerados y regresé a mirar, al frente tenía a una mujer parada frente a mí, su mirada destellaba odio, me empujó y la pelea comenzó. Caímos al suelo, era una lucha que no se detenía, no sabía cuando tiempo más soportaría, logré ponerme de pie cuando escuché la sirena de un patrullero o ambulancia, no lo sé. La mujer sacó un arma y poco a poco las imágenes perdieron color y nitidez, los gritos eran cada vez más lejanos, intenté abrir los ojos y vi como los disparos impactaron como dardos en el cuerpo de mi asesina.

A mi lado estaba aquel amigo de los abrazos sinceros, me sonreía. Entendí recién en ese momento, porqué nadie me veía.

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