lunes, octubre 8 |

PUNTO FINAL


El timbre del teléfono obliga a Manuel a dejar su cómoda cama para contestar, pero él simplemente lo ignora, no tiene fuerzas, no tiene ganas, lo único que quiere es quedarse y arroparse con la colcha, dejar el tiempo pasar. Sabe que su jefe debe odiarlo por no presentarse a la exposición y aparente cierre de contrato, ¡al diablo!, estaba harto de recibir órdenes.

Cinco años de carrera, dos de maestría y continuaba en una oficina más pequeña que el baño de visitas, veía las mismas caras, escuchaba las mismas quejas del personal, pero todos continuaban fieles a un trabajo que les daba de comer, ¿de ves en cuando es bueno ayunar?, se preguntó.

Aún la recordaba, no entendía por qué nunca la extirpó de su cabeza, era un tumor que se incrustó en su vida desde la universidad. Ella era un ángel, la única mujer que pudo enloquecerlo, desorientarlo, enamorarlo, una adolescente distinta a las que se cruzaron en su camino, la idolatró, la idealizó, simplemente era perfecta para él.

Manuel imaginó una familia junto a ella, se proyectó a la época senil, los dos en una casa de campo viendo el atardecer y recitándole versos otoñales, sin embargo ella no pensaba igual. Alicia nunca lo amó como él a ella, al día siguiente se sintió mal porque le tenía un gran estima y verlo derrumbado la afligía, pero no podía cambiar el curso de su decisión, era lo mejor y él tenía que entenderlo, continuar fingiendo algo inexistente no era justo para ninguno de los dos.

Lloró, le rogó que volvieran, no soportaba vivir lejos de ella, se sentía el ser más insignificante del mundo. Ella no quería regresar, le pidió que la dejara tranquila, no volvería a retomar el tema, solo podía ofrecerle su amistad, pero algo más no estaba en discusión.

Por varios años se mantuvo lejos de ella, pero nunca perdiéndola de vista. Un día Alicia se fue, y él se enteró muy tarde, nunca le dijo adiós. No tuvo más alternativa que continuar con su vida, y es así como una historia termina.

Una vida tan monótona, escribió hasta tener las manos adormecidas y los ojos rojos, era su único desfogue a la realidad que lo encarcelaba. El alcohol y el cigarro lo acompañaban en las noches, lo anestesiaban, lo tranquilizaban y le impedían pensar con claridad.

Ese periodo pasó y no le quedó alternativa que regresar a la vida común y corriente que todos llevan. Debía pasar la página y continuar. Se estableció en una empresa y pasó algunos años trabajando para otros. Guardó su cuaderno de notas, era para adolescentes, ya no para él.

Se levantó de su cama, no se peinó, tomó las llaves y salió sin destino. Caminó por horas sin un rumbo definido, solo necesitaba pensar y encaminar su vida, había perdido mucho tiempo y era momento de pensar en él.

Pasó por una iglesia, unas monjas reunían donaciones para una causa, le dio curiosidad, hace mucho tiempo que no pisaba el templo, se apartó de Dios desde que ella se fue.

Un niño corría por las escaleras, tropezó y cayó, Manuel se acercó e intentó ayudarlo y lo cargó para llevarlo donde se encontraban las hermanas, tenía la rodilla con sangre y no dejaba de llorar.
Las mujeres con hábito le agradecieron el gesto, él sonrió y se alejó lentamente. Inesperadamente una voz angelical pronunció tímidamente su nombre. Esa melodía infantil, inocente y dulce lo acarició. Manuel – dijo -.

No había cambiado mucho, sus ojos avellana y sus labios cereza en forma de corazón quedaron grabados en su memoria desde que tenía 17. La única diferencia era ese traje negro y blanco.

Después de mucho tiempo todas esas ideas absurdas y odios se desvanecieron, sintió paz. Sonrió, dejó su donación y se fue.

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