lunes, octubre 29 |

DE VISITA


El tiempo se detuvo fuera de esa puerta. Ingresó y los años comenzaron la cuenta regresiva sin llegar a cero, después de muchas lunas llenas se sintió en casa, todo a su alrededor le era conocido y cómodo.

Hace diez años la magia pintó las paredes de ese lugar y la inocencia patinó en los alrededores.  Su niñez y adolescencia dejaron huella en cada esquina. 

Mientras la capilla dormía la siesta, una vieja amiga, coleccionista de libros y lectores, la invitó a sentarse y leer el último ejemplar. Conocía cada pasadizo y ambiente solitario. Respiró la frescura de un pasado que aún perfumaba su presente confuso.

Rostros marchitos por el tiempo la reconocieron y le regalaron una sonrisa cansada pero cálida. Las miradas no la incomodaron, por el contrario, le recordaron que siempre que ella quisiera podía regresar, las puertas estarían abiertas, no necesitaba de una llave porque su colegio era su segundo hogar.

Se despidió de la pequeña que corría en el patio. Todo era menos complicado en ese entonces. Sintió un poco de nostalgia y se fue. 

Las puertas se abrieron y el muro de la realidad le recordó que el tiempo no necesita de un reloj. 

1 comentarios:

Agustín Francisco Pinillos Sosa dijo...

Noto otro ritmo en tu narración... como si hubieras encontrado el descanso de la protagonista de esta historia...