jueves, octubre 4 |

BRUJA VESTIDA DE PRINCESA


Bajó de un auto vestido con smoking negro, el mismo que la esperaría un par de horas. Una puerta enorme la recibió con los brazos abiertos y el vaivén de las campanas anunciaba su llegada. El camino rojo era largo y su andar lento al compás de la marcha nupcial. Todos de pie la miraban sonrientes y ella correspondía fríamente a las muestras de afecto que recibía, se decía a sí misma “estoy nerviosa, solo es eso, cálmate”.

Caminaba sobre cemento húmedo que se secaba rápidamente con el transcurso de los segundos. “¿Qué sucede?, ¿por qué algo me detiene a continuar?” Observó el vestido blanco satinado que usaba y el auto cuestionamiento no se detuvo. “He dormido en tantas camas y él no lo sabe, ¿por qué diablos uso este trapo que demuestra pureza?”

A sus treinta años debía formar una familia y establecerse en un lugar. Como decían sus amigas “se te va el tren, si no te casas ahora te quedarás solterona”. A ella le encantaba caminar, no necesitaba de un tren, podía viajar en bus, lancha, o lo que fuera, el transporte era lo menos cuando se quiere llegar lejos.

Siguió caminando pese a la dificultad de proseguir, sus piernas ya no le respondían como antes. La vio en la décima banca al lado de su esposo, en brazos cargaba a su primogénito que dormía plácidamente. Su hermana le sonrió y limpió sus lágrimas con un pañuelo.

¿Hijos? ¿realmente quería tenerlos? No, la respuesta siempre fue la misma. Él si adoraba los niños, deseaba que la mujer a la que amó por tantos años le diera el sí y se convirtiera en la madre de sus hijos, pero ella ¿pensaba lo mismo?, en el fondo se sentía en una obra de teatro interpretando a la protagonista de una vida ajena.

Regresaba después de dos décadas al templo donde hizo su primera comunión, de niña todo era algo más fácil, ya de adolescente no logró que sus padres la convencieran de hacer la confirmación, era absurdo decía. Elisa era de aquellas chicas rebeldes que no seguían los esquemas establecidos, hacía lo que se le venía en gana y jamás le importó el qué dirán, entonces ¿qué hacía en ese lugar?

“No eres una adolescente, es momento que sientes cabeza y pienses en tu futuro”, las palabras de su madre le taladraban la cabeza. Cerró los ojos y suspiró profundamente, esperaba ansiosa despertar de esa pesadilla que esta viviendo. Fue en ese momento cuando la tuvo frente a frente, usaba esos pantalones jeans rotos, un polo sin mucho adorno, el cabello recogido con una liga y en sus manos una cámara, su fiel amiga y compañera de aventuras. Juntas retrataron tantos lugares, personas, momentos, emociones, no podía describir el sentimiento que las unía.

Cambiará su guitarra por una cuna, noches bohemias por noches de llanto infantil, una botella de cerveza por un café cargado, una buena conversación con sus amigos, por la rutina diaria frente al televisor junto a él, ¿era lo que quería?, las noches casuales con extraños que no le eran indiferentes quedarían en el recuerdo. Ese anillo en su dedo anular la encadenaba a un matrimonio que no quería.

Se detuvo, lo miró con lástima, acarició su rostro y le dio un beso en la mejilla, en su mano dejó el anillo de compromiso que hace algunos meses le dio. Él pensó que Elisa cambiaría, la esperó por muchos años, soportó sus desplantes. Mendigó amor cuando lo único que ella podía ofrecerle era cariño; sin embargo él guardaba la esperanza de algún día llevarla al altar y formar una familia. Le pintó un paisaje de promesas que estaba dispuesto a cumplir con tal de verla feliz y tenerla a su lado, pero ella no quería nada de eso y él en el fondo lo sabía pero esperaba que ella se moldeara a como la idealizó en su adolescencia.

Retuvo las lágrimas y miró el anillo, el único recuerdo que le quedaría de la bella dama que lo hechizó desde el primer día que la vio tomando fotografías en el parque. La princesa se convirtió en bruja y lo apuñaló cuando dio la media vuelta y dejó el altar.

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