martes, agosto 23 |

EQUILIBRIO

Mis pensamientos parecían niños en el kindergarden a la hora del recreo, saltaban, corrían y jugaban en mi cabeza sin que pudiera detenerlos. Necesitaba que se sentaran y me escucharan, o por lo menos se quedaran quietos para que al fin la tranquilidad que tanta falta me hacía me permitiera tomar decisiones postergadas.

¿El mar?, ¿Por qué no los llevo a la playa?, sé que después de gastar energía, terminarán cansados y cerrarán sus ojos para dormir. Tomé el bus más cercano y me dirigí al lugar que sabía podría despejar mi mente. La melodía del vaivén de las olas al rozar entre sí, y el aroma salino equilibraban mis pensamientos y clarificaban las respuestas.

No era un día cualquiera, era especial, las paredes blancas ya no eran mi cárcel, ahora tenía pinceles y una paleta de colores, sólo tenía que elegir qué hacer y cómo hacerlo. Me dije: ¡manos a la obra!, y lo primero que dibujé fue una puerta para salir de ahí.

Caminé admirando los colores que veía alrededor, matices que fotografié con mis pupilas para llenar el tintero de la inspiración que se encontraba vacío. El sonido ambiental era la mejor sinfonía que acompañaba cada paso que daba.

Todo el peso que llevaba sobre mis hombros se redujo considerablemente, y podía respirar sin sentir que me asfixiaba. Ahora veía el cielo nítido y los rayos del sol me acariciaban, a lo que yo correspondía con una sonrisa, aquella que el espejo hace mucho no me devolvía.

1 comentarios:

GiorgiTo dijo...

linda inspiracion,talvez un paseo en playa sea un poko similar,gracias por esas letras.