miércoles, junio 11 |

CÁLIDO INVIERNO

Llegó diez minutos antes de la hora, pidió un cappuccino y se sentó cerca a la ventana. Mientras tomaba a sorbos el café recordaba la última vez que se vieron, ¿cuánto tiempo había pasado?, ¿cuatro?, ¿cinco años?, todo fue perfecto hasta aquella noche. 

Un mensaje de texto interrumpió sus pensamientos, ya estaba por llegar, el tráfico lo había retrasado, pero dentro de poco lo tendría frente a frente.

El invierno pintaba el cielo de gris y las gotas de lluvia resbalaban sobre el vidrio. Algunas parejas caminaban por aquel viejo boulevard, el frío abrazaba con fuerza y lo más próximo a un abrigo era la cafetería de la esquina.

Sus miradas se encontraron, el tiempo se congeló y el asombro por parte de los dos fue evidente. Esa historia literalmente quedó enterrada en el pasado, sin embargo, el destino los puso nuevamente en el mismo camino.

Conversaron como si aquel incidente que marcó sus vidas no hubiera existido y poco a poco el hielo se fue quebrando. Ya no eran dos desconocidos con recuerdos en común, sino dos conocidos con una historia inconclusa.

La charla se tornaba cada vez más interesante y la invitación de una cena no se hizo de esperar. Llegaron al departamento y ella dejó su maleta en la sala, pensaba en quedarse a comer porque solo estaba de paso en la ciudad.

Había olvidado lo bueno que era en la cocina y sobre todo lo bien que la pasaban juntos. Era un chico muy divertido, tierno y tímido, combinación letal que la enamoró. No había cambiado en todos estos años. Era casi media noche, no había carruaje, caballo o zapatito de cristal, pero el príncipe estaba ahí pidiéndole sin hablar que se quede, la luz tenue del poste iluminaba su rostro, resaltando el brillo de sus ojos. Miraba las manecillas del reloj de pared, y sabía que no podía quedarse aunque una fuerza interna la impulsara a hacerlo.


El taxi la esperaba y los recuerdos de aquella noche cambiaron el rumbo de sus pensamientos. Jamás se ha arrepentido de las decisiones que tomó en su vida y no tenía por qué voltear páginas. No era la misma de hace cinco años, había cambiado desde que él la dejó partir aquella noche de mayo. Se dieron un fuerte abrazo antes de subir al auto. 

Alzó la mano para despedirse, el auto avanzó hasta la esquina donde se detuvo con el semáforo en verde, ella bajó y el carro partió. El joven sonrió y le dio el alcance, la lluvia no cesaba, por el contrario los había empapado en tan solo unos segundos. Ella lo deseaba y él también. Lo jaló de la chalina hasta tenerlo a tan solo unos centímetros de distancia...





2 comentarios:

Berenice La Rosa Gonzales dijo...

Que interesantes post tienes Maju ;)

Maju Fernández dijo...

Gracias Bere!! :D