jueves, abril 26 |

MI MEJOR AMIGO


Caminaron sin pronunciar palabra alguna. Se limitaron a mojar sus pies en la orilla de una playa desconocida pero tan familiar. El ulular del viento, la brisa que empañaba sus lentes, la danza de las olas y el resplandor del sol como espejo en el mar, eran el escenario que esa tarde de mayo los acompañaba.

Ella se detuvo y se sentó en la arena, miró el horizonte por algunos segundos esperando encontrar las palabras precisas, pero lo único que veía era a las aves surfear en un cielo despejado. Él continuaba de pie observando el muelle iluminado tenuemente con la luz de los faroles. Algunas parejas caminaban de la mano y otras permanecían de pie esperando el sunset.

Alguien tenía que romper el hielo que se había formado entre los dos. Leonardo se sentó y la abrazó, Jazmín le correspondió y la calidez de ese momento derritió el iceberg que se encontraba en medio. Sabían que callados no encontrarían respuestas y lo mejor era compartir lo que sentían y dejar de lado ese silencio que los separaba cada vez más.

Eran los mejores amigos. Peleaban, se reconciliaban, volvían a discutir, pero siempre se buscaban porque el cariño era muy fuerte. La química que había entre ellos no la sentían por nadie más, pese a estar cada uno con pareja durante algún tiempo. Esa conexión no sólo física, sino emocional con el transcurso de los años se había intensificado. Y aunque quisieran engañar al resto, lo que sentían era más fuerte que aquellas olas chocando contra las peñas.

Leonardo y Jazmín se reencontraron hace quince días en una fiesta. Ella había llegado a pasar sus vacaciones y por travesuras del destino se topó con Leo. Bailaron toda la noche, conversaron hasta el cansancio. Después de un año de no saber casi nada el uno del otro, sus caminos nuevamente se intersectaron y está vez traspasaron el línea fronteriza entre el deseo y la razón.

Cayó la noche y ambos continuaban disfrutando del momento. Ella estaba recostada en una hamaca y él sentado bajo una palmera. Sólo escuchaban el sonido del mar y el bullicio de la gente en la fiesta. Las chicas gritaban, los chicos reían exageradamente y la música era ensordecedora. Sin embargo eso no importaba para ellos  porque con tan solo mirarse, lograban esquivar todo el ruido.

Era tarde y Leo la acompañó a la casa de playa donde se hospedaba. Estaban a punto de despedirse y una invitación involuntaria cambió de dirección sus caminos. ¿No quieres pasar?, y se quedó en silencio. Esperaba un sí por respuesta, pero a la vez quería que fuera un no porque sabía que la razón estaba amordazada y era su corazón el guiaba todos sus pasos.

La casa era rústica pero acogedora. La amiga de Jaz estaba segura que le gustaría, y no dudó en darle las llaves para que disfrutara sus vacaciones lejos de la ciudad en una playa paradisiaca, y con gente nueva. Pero ella escogió a un viejo amigo como acompañante esa noche y en el fondo no se arrepentía de nada, al diablo las reglas.

Subieron las escaleras de madera y se sentaron en el primer escalón. Ella tragó saliva y sonrió tímidamente. Leo le acomodó el cabello detrás de la oreja y la tomó de la mano. Hasta ese momento ninguno de los dos decía algo. Jaz lo miró fijamente y Leo le acarició el rostro, y luego sintió como si un pétalo le recorriera la curvatura de los labios. En su mente todo estaba en blanco, y frente a ella Leo, el único, el chico que a pesar del tiempo no había olvidado. Su confidente, su paño de lágrimas, su saco de box, su oso de peluche: su mejor amigo.

El frio los obligó a entrar y abrazarse en el mueble. El otoño unió a dos corazones solitarios que de una u otra forma siempre estuvieron unidos. Ahora la gran interrogante era: ¿valdrá la pena remover sentimientos del pasado?. Pero si Leo estaba con ella era por algo, y su actitud lo confirmaba. 

-          Dame tu mano – dijo ella –

-          ¿Para qué?

-          Tú dame no más y no preguntes

-          Si hubiera sabido que te pondrías así de agresiva no me quedaba – él rio - 

-          ¿Te quieres ir?

-          Le dio un beso en la mejilla – Claro que no Jaz – 

-          Interesante lo que veo – señaló las líneas de su mano - 

-          ¿Según tú qué dicen? – preguntó incrédulo – 

-          Que laboralmente te irá muy bien. El dinero llegará más rápido de lo que te imaginas.

-          Eso ya lo sabía – sonrió - . ¿Y en el amor?

-          Bueno… hay una chica… - hizo una larga pausa -.

Leo cogió la mano de Jazmín y la puso en su pecho. Ella sintió los latidos acelerados del corazón del hombre que tenía en frente.

-          Eso también lo sé, y es la única que logra acelerar mis latidos como ahora.

En ese momento todo se apagó: la música que se escuchaba a lo lejos y las luces que alumbraban el muelle. Solo el resplandor de la luna ingresaba por la ventana. Jazmín lo miró atónita, no sabía qué decir, era lo que había esperado escuchar por tanto tiempo y ahora que Leo lo había dicho parecía irreal, un sueño del que no quería despertar. Sus labios estaban tan cerca, podían sentir sus respiraciones aceleradas y sus miradas reflejaban el deseo que sentían y que ya no podían ocultar.

Se besaron y dejaron que una melodía interior los acompañara. Era sublime cada segundo que compartían juntos, y Jaz no necesitó estar tendida sobre la arena para ver las estrellas, porque bastaba que él acariciara lentamente su piel para sentirse a tres metros sobre el cielo. Era el nirvana que había bloqueado cualquier pensamiento racional y la elevaba cada vez más alto. Ella sabía que no se trataba de un sueño y cada parte de su cuerpo le recalcaba que era real.

Cuando Jazmín despertó no lo vio, se cambió y salió a buscarlo. Pero algo la detuvo, miró el piso y un camino de piedras la indicaban una dirección. Ella no vaciló y siguió la ruta que se mostraba y fuera de la casa encontró dibujado un corazón con conchas de abanico en la arena, en medio escritos sus nombres. Inmediatamente Leo le tapó los ojos y ella volteó tiernamente y le dio un beso.

Los días otoñales eran perfectos. Disfrutaban de cada momento que la vida les regalaba y no querían que la semana se termine porque comenzaría la cuenta regresiva para volver a la realidad. Cada uno tenía una vida que seguir en dos ciudades distintas. El trabajo era uno de ellos. Sin embargo, un día antes de partir una noticia los regresó nuevamente a tierra.

Era el atardecer más largo que Jaz y Leo habían vivido. Los dos abrazados hilaban todo lo sucedido esas dos semanas. Ella viajaría fuera del país por motivos laborales, pero ahora todo tenía otro matiz, y su decisión sería el punto de quiebre en sus vidas. Entrelazaron sus manos y Leo le acarició el vientre. Jaz sonrió, y sabía que a partir de ahora no sería solo ella, estaba Leonardo y alguien muy especial venía en camino, su hijo.

1 comentarios:

Agustín Francisco Pinillos Sosa dijo...

Ya! llegaste al Nirvana... mándale saludos a Cobain de mi parte...