lunes, mayo 17 |

PASIONES QUE NO SE OLVIDAN

Leticia era una adolescente alegre, carismática y amigable; era difícil no ser amigo de ella porque contagiaba su buen sentido del humor. Ella adoraba trabajar con cerámica, le gustaba pintar y elaboraba pequeños adornos, pero con el paso del tiempo el trabajo era más arduo ya que debía elaborar adornos más complejos, pero Leticia se detuvo, creyó que no podría hacerlo, se rindió antes de intentarlo y optó por dedicarse a escribir cuentos, le gustaba mucho escribir pequeñas historias y luego contárselas a sus amigos y creyó que sería interesante aprovechar esa habilidad que tenía.
Se inscribió en una academia de arte, pero no sólo dictaban un curso, el de guión, sino actuación, teatro, canto, etc. Leticia creyó que podría adaptarse a la situación y aprender. Con el tiempo pensó que le llegaría a gustar las artes escénicas. Anidó en su mente la idea de que podría con todo, era un desafío para ella. Sin embargo el tiempo pasó y el cien por ciento de su energía disminuía, los ánimos de asistir a las clases no eran los mismos pero ella no podía dar marcha atrás porque se había prometido a si misma que podía manejar la situación y que era cuestión de tiempo para adaptarse.
Los años pasaron y Leticia continuó en la academia de arte, destacando siempre en guión pero el resto de cursos eran por cumplir, no sentía pasión por lo que hacía, no la llenaba… siempre había un vacío que sólo el recuerdo de aquella época en la que fabricaba sus adornos la hacían sonreír, suspirar y extrañar esos momentos. Se decía a sí misma si existiría la oportunidad de continuar lo que dejó por toparse con un pequeño obstáculo. Tomó una decisión rápida sin análisis, no se detuvo a pensar en las ventajas y desventajas, en las consecuencias que traería su decisión… pero ahora era muy tarde para retroceder. Si antes Leticia sintió que se ahogaba en un vaso con agua, ahora sentía que estaba en el mar.
Una tarde mientras caminaba por el parque más concurrido de la ciudad vio a un señor de aproximadamente setenta años, lucía la ropa algo sucia, sin embargo tenía una gran sonrisa en el rostro y un brillo en los ojos cuando explicaba al público que lo rodeaba sobre cómo convertía la arcilla en bellos adornos navideños. Leticia lo observaba absorta, podía sentir la esencia de aquel hombre en sus trabajos, eran inéditos, únicos, estaban hechos con amor, amor a su trabajo, aquel amor y pasión que ella sentía cuando cogía un pincel y lo pasaba sutilmente sobre las piezas cuasi terminadas. Estaba olvidando como se sentía el hacer lo que a uno le gusta. En ese momento caminó a toda velocidad, llegó a su casa y subió a su taller que estaba en el tercer piso, lo limpió, sacó sus materiales y comenzó a trabajar. Era un molde de una orquesta con duendes, esa fue la pieza que hace algunos años atrás no pudo hacer. Puso alma, corazón y vida, una parte de ella estaba impregnada en esa maravillosa pieza. No comió, no durmió, pero lo disfrutó, se sintió realizada, sintió que aquel vacío en su corazón, que ni el canto ni el teatro habían podido llenar, por fin estaba completo.
Dejó la academia de arte y continuó trabajando en lo que le gustaba: la cerámica, su pasión, el motor que la incentivaba a mejorar cada día, amaba su trabajo, amaba lo que hacía. Implementó su taller y los pedidos comenzaron a llegar, fue un negocio rentable. Ella se divertía trabajando.
Mientras lijaba una pieza recordó a aquel hombre en el parque, si no hubiera sido por él, posiblemente ahora seguiría en el mar, o probablemente estaría ahogada.

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