viernes, febrero 15 |

DESPUÉS DE LAS DOCE


La música se perdía entre el murmullo lejano de las olas y la brisa marina danzaba al compás del silencio. En contrapicado los diamantes plateados parecen más brillantes, diviso las nubes agrietadas y la luna en cuarto menguante, inmóvil, observándonos.

Las luces amarillas dibujan sombras cercanas, los ruidos motorizados se han desvanecido y solo la sensación de tranquilidad abarca todo el espacio. La magia existe, estaba frente a mí, sólo debía cerrar los ojos durante algunos segundos y escuchar la sinfonía de la naturaleza.

El cielo ya no parecía una tela desteñida y usada, era satinada, de un azul intenso que hipnotizaba. Profundo, cóncavo, misterioso y atractivo para la imaginación. La noche seducía a todo aquel que quedara prendado de su belleza, así como las sirenas mitológicas con su cántico.

Entre la noche y el amanecer el tiempo parece más largo, las horas se dilatan como elástico, aplazando la despedida de la luna. Los personajes de los sueños dejan el mundo abstracto para visitar temporalmente la realidad. Juegan a su antojo, dejan huellas por doquier, escriben frases y dibujan escenarios imaginarios. La eternidad y la inmortalidad existen mientras la mente camine sin fronteras.

El filo dorado entre el cielo y el mar anuncia la despedida de la oscuridad. La marea se ha tranquilizado y sólo queda una marca ondulante sobre la arena, que con el transcurso de las horas se desvanecerá. Es momento de despertar.

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