jueves, marzo 22 |

TRABAJO DE OFICINA


“¿Qué tal el trabajo?”, una pregunta tan simple, pero que dibujó una pícara sonrisa en el rostro de Paula y Natalia. Mientras el mozo traía nuestros pedidos, mis dos amigas intercambiaban miradas cómplices, ¿de qué me había perdido?.

Habían pasado algunos meses, pero al parecer era tiempo suficiente para alejarme de las últimas noticias. Sin embargo la lluvia de novedades pronto inundaría la mesa donde nos encontrábamos. Los tragos ya estaban servidos y Paula tomó la palabra.

“Brindo por los compañeros de trabajo”, alzó la copa, a lo que Natalia respondió, “salud por ellos”. Imité el gesto y pregunté, ¿a qué se debía el brindis dedicado a los amigos de la oficina?. Paula, sincera como siempre, no dudó en ponerme al día. Y recién comprendí el contexto de la situación.
Pao era ingeniera en una planta industrial y por el constante trabajo no podía salir a divertirse. La mayor parte de su tiempo lo dedicaba a sus labores. Esto había sido uno de los factores para terminar con Alejandro. Una relación que ya hace algunos meses iba en picada, pero que ambos trataban de sostener, pero ya no podía continuar a flote y se hundió.

Él aún la buscaba pero Pao estaba dedicada cien por ciento a su trabajo, tanto así que hacía horas extras para ganar bonos y pronto ascender. Era una de sus metas a mediano plazo y comenzar una relación en esos momentos no estaba en sus planes. Pero la oficina se convirtió en el mejor lugar para despertar emociones que rompieron su rutina y le sellaron una sonrisa en el rostro.

El idilio era perfecto. Y el mejor ingrediente era la clandestinidad. Nadie sabía del romance de Paula y Cristian. Sin embargo aquellas marcas en su cuello pronto revelarían la verdad. Pero por el momento todos estaban muy ocupados con sus trabajos como para detenerse en la nueva parejita.
Juntamos nuestras copas y brindamos nuevamente. La conversación se ponía interesante conforme ella relataba los “encontrones”. Nadie estaba en almacén a la hora de almuerzo, y que mejor lugar para disfrutar del postre. Los mensajes, las llamadas, viajes, trabajos nocturnos. “Todo sea por el bien de la empresa”, dijo Pao entre risas, a lo que Natalia contestó, “sí claro, la empresa, ahora eres la empleada del mes”.

Paula nos mostró una foto que tenía en el celular. Natalia y yo nos miramos asombradas. ¿Cuántos años tiene?, preguntamos al mismo tiempo. Mi amiga solo atinó a sonreír y respondió: “tiene cuatro hijos”. Esa respuesta nos dejó en silencio por algunos segundos, el licor se sintió más fuerte en la garganta. “¿Cuatro hijos?, ¿estás loca?”, fue lo salió casi como un grito. “Me engríe, me compra todo lo que quiero, soy su princesa, y ya veremos que pasa más adelante, mientras tanto a disfrutar la dulzura de la buena vida”. Nuevamente las copas en alto.

Y ahora fue el turno de Natalia: “¿A quién no le gustan los masajes inesperados luego de las 6 de la tarde?, sentir sus manos recorrer tu cuello, primero presionando suavemente para quitar la tensión y luego acariciarlo cual seda en los dedos. Y cuando has olvidado lo que tienes en el monitor, sus labios han remplazado sus manos y su respiración entrecortada estremece cada parte de tu cuerpo. Su lengua juega con el lóbulo de tu oreja y solo atinas a cerrar los ojos. La silla giratoria los tiene cara a cara, y si algo tenías pendiente, no era el texto de la computadora, sino el vampiro que no te quita los ojos de enfrente”.

Definitivamente Natalia también se había divertido en sus horas extras. Su nuevo asistente se había tomado muy en serio el dejar satisfecha a la jefa. Ella le llevaba tres años, pero no era impedimento para que ambos la pasen bien. Rodrigo la llenaba de atenciones y detalles. Completamente diferente a Miguel, quien solo la llamaba para reclamarle el poco tiempo que le dedicaba y de atento no tenía nada.

Ella estaba cansada de esa situación. Hablar con él, significaba tener un muro en frente. El cómo se sentía, no estaba en discusión. Y el pasado regresaba como una bala perdida. Los reclamos se volvieron parte del menú cuando se encontraban. Ella no había olvidado lo que Rodrigo le hizo años atrás y el esfuerzo por maquillar el dolor en su corazón no fue suficiente.

“¿Y cómo va tu trabajo?”, dijo sarcásticamente Paula. A lo que respondí: “no me he involucrado con mi compañero de área  y mucho menos con mi asistente”. “¿Y tu jefe?”, preguntó Natalia.
Ambas me habían encontrado con él en un almuerzo de negocios y les había gustado lo que vieron aquella tarde. “¡Qué bueno está!”, exclamaron en coro. A lo que respondí: “más interesante es el anillo que lleva en su dedo anular”. Paula y Natalia suspiraron. Pero ya habían transcurrido seis meses desde aquel incidente y los cambios eran notorios.

El galán de Paula tenía un amigo abogado que estaba llevando el divorcio de mi jefe. Natalia me guiñó el ojo, dándome a entender que ahora la presa estaba lista y sólo tenía que ir al ataque. Le sonreí y pedí la cuenta.

Salimos del bar y mientras esperábamos el taxi, una voz conocida pronunció mi nombre, miré al frente y ahí estaba, con la corbata algo desajustada, pero sexy como siempre. Me saludó y le presenté a mis amigas. Nos comentó que hace buen rato esperaba en su carro a un amigo que nunca llegó y cuando se disponía a irse, me vio y bajó a saludarme.

Conversamos algunos minutos y cuando llegó el taxi, mis amigas se despidieron de Ricardo y subieron al auto. Yo hice lo mismo, pero una pregunta inesperada me retuvo: “¿me acompañas?”. Le sonreí, miré a mis amigas y ellas lo entendieron. Antes de irse, Natalia me susurró al oído: “querida, pórtate mal esta noche”, a lo que respondí: “con él, ya perdí la cuenta”.

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